La Universidad miliciana durante Girón

En 1960 los milicianos universitarios eran ya 2 000, y poco antes del ataque mercenario se unificaron a las Milicias Nacionales Revolucionarias como el Batallón 154. JR conversó con protagonistas de aquellas heroicas jornadas

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Juventud Rebelde

Sus ojos parecen robados al mar y sus cabellos se han tornado color de nieve. Los observo con detenimiento, se les nota el orgullo cuando dialogan sobre sus hazañas.

Son parte de la Brigada Universitaria José Antonio Echeverría, devenida Milicias Universitarias. Esas que durante los días de Girón resultaron también decisivas en la derrota de los invasores, hace 51 años.

Surgida en la Universidad de La Habana, por iniciativa de Fidel, como unidades de milicias de ese centro de estudios, la Brigada fue un valladar frente a la contrarrevolución y los planes agresivos y terroristas del imperialismo contra la patria.

En 1960 los milicianos universitarios eran ya 2 000, y poco antes del ataque mercenario se unificaron a las Milicias Nacionales Revolucionarias como el Batallón 154.

Mujeres de acero

Ha pasado más de medio siglo y Mercedes Mendiola Figueroa no olvida los instantes cuando, como parte del Batallón Femenino Lidia Doce, cumplió trascendentales misiones durante la agresión al suelo patrio.

Rememora con emoción aquellos días en que, inquieta, dio el paso para integrarse junto a otras 49 féminas de la Universidad, a su querido Batallón de milicias. Tenía entonces 20 años de edad. La alegría y la conmoción asoman otra vez de su rostro.

«En la Escuela de Responsables de Milicias nos preparamos durante seis meses para la defensa. Cuando Girón, habíamos vencido el entrenamiento y teníamos la experiencia de haber cuidado los principales inmuebles de La Habana, durante la movilización por el cambio de poderes en Estados Unidos.

«Desde el Estadio Universitario, donde estaba de guardia junto a otras compañeras, sentimos los estruendos de los bombardeos a nuestros aeropuertos, en horas de la madrugada del 15 de abril. Fue cuando todo cambió y comenzó nuestro ajetreo».

El 16, los milicianos universitarios estuvieron en la custodia de los féretros y en la despedida de duelo. No faltaron las mujeres, quienes al amanecer del 17, iniciado el de-sembarco, comienzan a trasladarse hacia los edificios más importantes de la capital: embajadas, iglesias, empresas telefónicas y eléctricas, emisoras de radio y canales de televisión, ministerios y hasta el cementerio.

«Junto con algunos hombres la Revolución nos asignó el cuidado de la ciudad. Se sustituyó a la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que estuvo en otras operaciones en Girón. Muchas fueron comunicadoras, otras asumieron el ordenamiento del tránsito y también se nos preparó como oficiales de carpeta.

«En plena contienda se nos ordenó la custodia del recinto universitario y sus dependencias. Lo primero que aseguramos fueron los valores de la actual Casa Estudiantil de la FEU, que se convirtió en una guarnición de la Milicia. Allí nos alojábamos para controlar la seguridad de la Universidad.

«Era preciso cuidar todo para evitar que causaran daño los grupos contrarrevolucionarios que se iban formando con apoyo de Estados Unidos y los elementos batistianos que aún quedaban. Allí estuvimos como parte de ese pueblo que escribió un capítulo heroico en defensa de su soberanía».

La noticia de la liquidación de los mercenarios en menos de 72 horas fue para Mercedes algo sorprendente. «Estaba en la Universidad cuando nos dijeron que no debíamos partir, que se había triunfado.

«Cuánta alegría y abrazos. Esperábamos lo peor, pensamos que la capital volaría. Pero la unidad de todo el pueblo lo impidió. Existía el dolor de los que murieron, pero su sangre no fue en vano. Le habíamos propinado una gran paliza al imperialismo».

Tras la victoria los prisioneros fueron trasladados a La Habana, donde se les permitió la visita de sus familiares. En esa labor también estuvieron las Lidia Doce. Rememora Mendiola Figueroa que eran bien atendidos y podían ver a sus visitantes.

«Hubo compañeras nuestras en la Ciudad Deportiva y en el Hospital Naval, aún en construcción. Allí fueron ubicados los mercenarios para impedir que pudieran organizarse o llevar a cabo alguna provocación. Éramos las encargadas de recibir a los familiares, asumir todo el proceso de verificación de a quiénes iban a ver, y de escoltarlos hasta los cubículos».

Pertenecer a este Batallón fue un cambio muy grande en la vida de  Mercedes. «No solo representó un salto a la firmeza, sino también a la madurez, al tener que enfrentarme con un arma y saber que si era necesario emplearla, lo haríamos por una causa justa».

La Revolución, como hoy, confió en las mujeres. Con el paso del tiempo Mercedes y sus compañeras sienten el gozo de haber cumplido una misión que contribuyó a preservar el orden durante y después de la invasión. Ellas dejaron huellas por su incondicionalidad al socialismo.

Un lugar en la defensa

A mi lado, un hombre que ha dejado de ser el muchacho a quien era imposible seguir en aquellos primeros años de Revolución. Ahora es mucho más grueso y lo acompañan unos espejuelos con los que lee documentos de entonces.

Con la sonrisa simpática se vistió de coraje y con la firmeza que lo caracteriza como fundador del Directorio Revolucionario, Adalberto Pérez Sierra echó a andar su memoria y conversó sobre Playa Girón. Él no estuvo en el campo de batalla, pero ocupó un lugar en la defensa del país.

Si hay un momento en el que se expresa con fuerza una sucesión de hechos, minutos realmente importantes en su vida, los del 16 de abril de 1961 están entre ellos. Narra que los días de Girón jamás han salido de su mente y menos ese, cuando como miembro del Batallón 154 de las milicias universitarias, participó en el sepelio de las víctimas de los bombardeos que dieron inicio a la invasión enemiga.

«Fue una tarea difícil. En el Rectorado de la Universidad de La Habana, donde se hizo la velada, le rendimos guardia de honor. Allí presenciamos la nostalgia de sus familiares, la tabla donde Eduardo escribió con su sangre el nombre de Fidel… Poco después acompañamos la despedida del duelo, íbamos detrás de los féretros, haciendo un gran cordón.

«Custodiamos a la dirección de la Revolución hasta la esquina de 23 y 12, y alrededor de la tribuna desde donde Fidel proclamó el carácter Socialista de la Revolución hicimos también un cordón. Con nuestra presencia y armas refrendamos ese hecho que hoy deslumbra a la humanidad».

De ese mismo acto, los jóvenes, como anunció Fidel poco después de concluir su discurso, se dirigieron a su centro de estudios a prepararse para las acciones más peligrosas. «Dormimos en los jardines, en el piso o donde pudimos, porque éramos muchos y no cabíamos en la Casa Estudiantil. A mí me tocó el Salón de los Mártires. Esa noche nadie podía conciliar el sueño. Las palabras de Fidel resonaban en nuestros oídos. Estábamos dispuestos a combatir».

Al amanecer del 17 una falsa noticia llegó a donde dormía Adalberto. Relata que un compañero tocó y llamó sin cesar a la puerta diciendo que había un desembarco de 15 000 hombres por la costa norte del Mariel, en La Habana.

«Fue un resorte lo que se levantó. Si así era, el enemigo estaba cerca. En ese minuto nos mandaron para la Plaza Cadenas, hoy Ignacio Agramonte, y nos dieron la orden de reforzar todas las postas.

«Después supimos que no era cierto, que se trataba de una maniobra de distracción. No obstante, los mercenarios, al desembarcar por Playa Girón, encontraron a los estudiantes en pie de lucha, dispuestos a enfrentar cualquier patraña».

Los milicianos continuaron en la universidad hasta la victoria final. «Cada vez que se derribaba un avión, se hundía un barco o había una baja enemiga, era un soplo de alegría que cubría nuestra alma. Estos sucesos de hace 50 años encontraron un pueblo con las armas en las manos», recuerda Adalberto.

La noticia que estremeció

Numerosas noticias llegaban a diario sobre los sucesos en Playa Girón. Unas reafirmaban la confianza en la victoria. Otras venían con la nostalgia y la tristeza. Una de estas últimas estremeció al pueblo, en especial a los miembros del Batallón 154. La muerte de Pedro Borrás Astorga, el 20 de abril, dejaba a los universitarios conmovidos; sería el único miembro de la FEU en caer durante aquellos días.

«Aún custodiábamos el centro universitario cuando conocimos la fatal noticia. El pecho se encogió, las lágrimas corrieron y el alma se conmovió», así evocan Mercedes y Adalberto aquellos instantes.

Tras la victoria se asignó la limpia de invasores en toda la zona del desembarco. Pedro fue uno de los voluntarios que se ofreció para ayudar a la captura de los mercenarios. Ese día, internado en la maleza y separado un poco de su grupo, seis enemigos que estaban emboscados lo asesinaron.

Sus compañeros sintieron un intenso tiroteo y cuando llegaron al lugar lo encontraron muerto, agujereado el cuerpo por balas de ametralladora y fragmentos de granada. Había caído el primer estudiante de Medicina en defensa del socialismo.

Los universitarios fueron héroes de aquel tiempo. Muchos, llenos de ilusiones, lo olvidaron todo para preservar lo mejor de los sueños de su patria. Tuvieron el privilegio de ver cómo los que habían asesinado a sus compañeros y bombardeado parte del territorio nacional, respondieron ante la justicia. Otros mercenarios huyeron como ratas al ver el avance incontenible del pueblo.

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