Peleando por los pobres

En los apuntes de sus compañeros de guerilla se descubre al hombre asesinado en La Higuera, el que este 14 de junio hubiera cumplido 84 años

Autor:

Luis Hernández Serrano

El Che dijo en carta a sus padres que algunos lo creían «aventurero», pero «de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades». Ese hombre se descubre en sus acciones y en los apuntes de sus compañeros de la guerrilla boliviana.

En los diarios de Eliseo Reyes Rodríguez (Rolando), Alberto Montes de Oca (Pacho), Israel Reyes Zayas (Braulio), Octavio de la Concepción y de la Pedraja (Moro) y en el libro Mi campaña con el Che, de Guido Álvaro Peredo Leigue (Inti), se descubre a ese hombre.

Durante su etapa en tierras bolivianas se enfermó en 36 ocasiones, 29 con fuertes ataques de asma. Durante más de cinco meses buscó al grupo de Joaquín (Comandante Vilo Acuña). Estuvo con su tropa 22 días esporádicos sin probar alimento, y todos dependieron de cacerías en casi 30 ocasiones.

Se empapó en 25 jornadas de torrenciales aguaceros, algunos de 18 horas. Resistió nueve días de intensa frialdad, que congeló el agua de los ríos, y permaneció otros 38 días aislado sin tomar agua, lo que los obligó a él y sus compañeros a ingerir la propia orina. Enfrentó la enfermedad de 14 combatientes. En 79 oportunidades padeció fiebres muy altas, diarreas constantes, imposibilidad de caminar y ataques de asma, sin tener ya medicinas.

Sufrió la pérdida de contactos con Cuba y con la tropa de Joaquín y la caída de las cuevas en poder del enemigo, con todos sus medios y recursos militares, por delaciones de los desertores. Lo golpearon el aislamiento, la imposibilidad de reponer las bajas y la falta de incorporación de los campesinos. El enemigo desató una intensa campaña de desinformación y métodos coercitivos para convertir a estos en delatores e impedir su apoyo a la guerrilla. A lo anterior se sumó el bloqueo de los caminos, la ocupación de los caseríos, el férreo control de las mercancías en bodegas y almacenes, y de los medicamentos en las farmacias y postas médicas.

Su guerrilla permaneció cercada durante 11 días en una proporción de 217 soldados por cada guerrillero. En una ocasión vieron pasar —sin ser detectados— a 236 militares. Cuando eran solo 17 guerrilleros exhaustos, sedientos, hambrientos y enfermos en su mayoría. El enemigo los perseguía con casi 4 000 militares en un cerco reducido.

Por modestia no anotó en su Diario otros aportes suyos, pero algunos compañeros sí: Impartió clases en los campamentos, en grandes marchas y hasta en los cercos. Preparó desayuno, probó proyectiles antitanques, dedicó un día entero a la cocina, hizo guardias, fue ayudante de cocinero, leyó un libro a la tropa, realizó exploraciones —entre otras tareas— como un simple rebelde.

En medio de condiciones tan complejas criticó la vestimenta andrajosa, la falta de higiene personal, la comida escasa o primitiva, la carencia de utensilios domésticos y otras conductas semisalvajes. Estimuló el espíritu constructivo y creador del guerrillero.

En una libreta verde de su mochila había copiado los poemas Canto General, de Neruda; Aconcagua y Piedra de hornos, de Nicolás Guillén. Cargaba en aquella dos libros sobre el socialismo, 12 rollos fotográficos de 35 milímetros, sin revelar, tirados por él mismo, dos libros pequeños de clases, mapas actualizados también por él de diferentes zonas, dos libretas con copias de mensajes recibidos y enviados, y una con instrucciones y direcciones.

Incluía en su indumentaria dos agendas con los apuntes diarios (una del 7 de noviembre al 31 de diciembre de 1966 y la otra del 1ro. de enero al 7 de octubre de 1967), dos relojes Rolex de compañeros muertos, su pistola alemana de nueve milímetros, sin depósito, la carabina M-2 inutilizada por un disparo, y un altímetro (con este en 97 ocasiones fijó la elevación alcanzada). Más de la mitad de las veces andaba entre 600 y 980 metros, y el 72 por ciento entre esa altura y los 1 400 metros. La máxima a 2 280 metros, en el Abra del Picacho; y la mínima, de 250 metros, en la zona de Río Grande.

El 8 de octubre de 1967, en la Quebrada del Yuro —ya herido y prisionero— un soldado enemigo le dio un culatazo en el pecho, y le preguntó qué hacía allí. Con firmeza el Che le contestó: «¡Estoy aquí peleando por los pobres!».

Fuentes: Épica hazaña, Luis Neyra Madariaga, Editora Verde Olivo, 2004; Archivo de Juventud Rebelde y del autor.

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