Mientras el país duerme

Cuando fenecen las últimas luces del día, muchos protagonistas anónimos comienzan el jornal

Autor:

Mayra García Cardentey

Apenas el crepúsculo anuncia su llegada y las sombras del ajetreado día se recogen. Los pasos se esconden tras el bullicio de carros que se reparten en una ciudad que poco a poco se vuelve calmosa.

El horario pareciera dormitar a ratos, el silencio nocturno usurpado por algún sonido de televisor anuncia la llegada del descanso hogareño; la moldura del tiempo convierte a las callejuelas en versiones fantasmagóricas donde solo repica el sonido vacío de las pisadas en el asfalto.

A las ocho de la noche la versión bulliciosa de la urbe aparenta quedar muda, fenece poco a poco, nadie sale de casa, la ciudad se apresta a dormir.

Pero Luis Alberto Campos Borrego, Dagoberto Monterrey Parra y Julio César Pérez comienzan el jornal.

6:00 P.M. Destino de torrero

Luis Alberto Campos Borrego, siempre soñó con ser torrero de un faro. Doce años en el de Cayo Jutías, al norte de Santa Lucía, Minas de Matahambre, no le fueron suficientes. Hoy custodia el litoral cubano y orienta al navegante desde el faro Roncali, en el mismísimo Cabo de San Antonio.

«¿Mi trabajo? Mantener los 365 días del año el faro apto para prestar servicios para la navegación. Si esto falla dos horas, puede naufragar un barco. ¡Imagínate qué responsabilidad!».

Nativo de la zona, se conoce cada rincón, claro de bosque y farallón. El faro no le es menos familiar. Sabe de memoria cada escalón, los sube con facilidad pasmosa en la oscuridad de la noche. «Es la práctica, pero lleva su cuidado; te puedes caer en la escalera estrecha», aclara mientras ágil descalza sus chanclas para no ensuciar el piso ni los peldaños.

«El torrero no descansa nunca», predica mientras se alista para a las seis de la tarde iniciar labores.

«Ser torrero es un privilegio, inspiración, es motivo de vida; todo el mundo no está en condiciones para eso», espeta orgulloso mientras escrudiña el horizonte como adivinando pequeños puntos cual luciérnagas en la inmensidad del océano oscuro.

«Soy la guía de los barcos; una equivocación mía es un error grande. Me place que toda la navegación que transite por estas costas lo haga con claridad, sin problemas», añade quien prefiere la tranquilidad de estos inhóspitos parajes pinareños.

«Al sueño, lo espanto; no me canso. ¿Si me aburro? ¡No! ¿Si me dan una casa en la ciudad? Claro que la cojo, soy torrero, no bobo; pero no me voy nunca de aquí. Si me muero y vuelvo a nacer, volvería para el faro».

12:00 P.M. Guapear la vida

Los mosquitos prometen una noche agitada; los jejenes no perdonan en Punta Colorada, Sandino, casi en el último confín de Cuba. Dagoberto Monterrey Parra, carbonero durante décadas, confiesa no estar cansado de alistar pilones de madera durante todo el día, y de vigilar, con los demás compañeros del Plan, las bocas de los hornos durante la noche. Es difícil creerle.

«Siempre he pensado que tenía predestinado ser carbonero, no hubiera podido hacer otra cosa», explica Monterrey Parra, ya dispuesto a asumir la hora pico en la producción de carbón: recoger en sacos.

«Comencé a trabajar con 20 años de edad como obrero en la Empresa Forestal. De ahí me fui al carbón. Lo hice una vez, me gustó y desde entonces no he dejado de hacerlo por más de dos décadas», dice quien pasa hasta un mes sin ir a su casa, haciendo cada día hornos de ocho carretas de maderos bien cortados, «sin que quede ninguna rajadura o separación de un palo con otro», tapándolos con tierra y «¡Candela con ellos!».

«¿A las 12 de la noche? Es cuando empieza la cosa: a sacar carbón hasta las tres, cuatro de la madrugada. Es cuando mejor se hace; por el día hay mucha claridad, con la oscuridad ves mejor la candela», explica mientras recoge a la redonda los pequeños trozos. «De esa manera, notas mejor cuando hay brazas; con la luz del sol no puedes definir nada. En una noche puedes sacar hasta 106 sacos. Y rezar para que no llueva, si no está frío el carbón y se moja, se desbarata, se pierde».

«¿Jejenes?», mira la oscuridad y sonríe. «Por tropas, y mosquitos, hasta para hacer dulce. Pero humo con ellos, mucho humo. No les puedes coger miedo. Para espantarlos tomamos el comején lo ponemos en una lata, con una bracita. Na’, al final te acostumbras».

«¿Lo que más me gusta? Sacar el carbón por la noche, porque veo el fruto de mi trabajo. Me encanta ver cómo hago sacos, sacos y más sacos. Me domina el carbón, y no duermo. Me tiro un ratico nada más en todo el día.

«¿Otro trabajo? Si no hubiera sido carbonero, no sabría decirte, me gusta guapear la vida así, que lleguen las 12 de la noche y sacar mis cien sacos de carbón… y deja que no duerma».

4:00 a.m. Detrás del parabán

«Todas las guardias son complicadas», esgrime Julio César Pérez, residente de tercer año de Anestesiología en el Hospital Abel Santamaría, de la capital pinareña.

Durante el día dos neurocirugías, un accidentado y dos embarazos ectópicos ocuparon la mayor parte del tiempo. El almuerzo mal digerido durante una de estas operaciones, le hacía el juego. Y la noche no había sido nada fácil.

«De pequeño siempre quise ser médico; era un poco enfermizo, y me gustaba que me curaran. Con el tiempo se convirtió en deseo el sanar a las personas», rememora en un breve descanso.

«La especialidad de Anestesia se conoce poco en la carrera de medicina. El mayor acercamiento es cuando rotamos por la parte de cirugía. Siempre me gustó esta parte de atrás del parabán (división entre el campo operatorio y el equipo de anestesia).

«¿El anestesiólogo? Quien determina si el paciente entra o no al salón de operaciones. En el caso de la cirugía electiva, en la consulta de anestesia se trata de compensar al paciente en su enfermedad de base, para que llegue con el mejor estado posible y evitar complicaciones», arguye en tanto se «disfraza» con el nasobuco, el gorro y la ropa verde; se prepara para una apendicitis.

«La sociedad le ha dado un papel fundamental al cirujano; le asocian con todo lo bueno de la operación y no toman mucho en cuenta por falta de conocimientos, al anestesiólogo y demás factores médicos», explica mientras seda al paciente.

«Es un equipo; todos desempañamos un papel importante. Nosotros no podemos abrir el abdomen del paciente y sacar el apéndice; pero sí podemos garantizar que el cirujano realice la cirugía con mayores comodidades», argumenta tras verificar la tensión arterial y la frecuencia cardiaca».

Ya termina la operación, pero «en la guardia nunca se acaba». Recién le solicitan en la sala B de Hematología, para hacer un abordaje venoso profundo. «Estos pacientes tienen pocas plaquetas y hacen hematomas con facilidad, puede ser mortal; eso aumenta la tensión tuya al trabajar con ellos», expone en el momento en que conecta a una jeringuilla la aguja de punción.

«Es un procedimiento a ciegas; solo nos guiamos por las características anatómicas del paciente. Hay algunos que no tienen muchas referencias, están inflamados o algo parecido, y hay que acudir a visualizar músculos, parte de los huesos y clavícula». Todo sale bien.

Dos pacientes de una riña callejera no hicieron menos agitada la noche. «A veces llegan con las partes intestinales fuera del abdomen; uno las puede ver ahí en la superficie, es complejo y peligroso», dice mientras acude en su auxilio.

La madrugada no escatimaba ni un segundo. Cuando los minutos parecían querer bostezar, un accidente maxilofacial les recuerda que es zona hospitalaria. Un adulto, en pleno trabajo con una motosierra, a la hora de cortar la madera, el implemento le rebota y aterriza en la cara.

Mientras le quitan el vendaje, Julio César descubre un rostro dividido en dos. «La sierra le ha picado la cara a la mitad, entre los ojos, por la nariz, el labio superior, esto está abierto completamente; se puede ver el hueso del cráneo». La situación se controla.

«¿Impresión? ¡Sí!», confiesa al rato. «Pero no le puedes tener miedo. Uno ve al paciente y con la premura de salvarle la vida, de hacer todos los procederes, te olvidas de la imagen y te concentras en hacer las cosas bien. El mismo susto te ayuda».

«¿Cansancio en la noche? Bastante; uno se agota mucho. Cuando llegan los casos, uno no lo siente; el mismo estrés no lo permite, porque estás pendiente del paciente, cómo está, que no haga parada cardiaca… No te da tiempo a cansarte.

«¿Cuando terminas la guardia? Agotado, baja el nivel intelectual, el de tensión, la fuerza muscular. Estás tan cansado que ni hambre tienes; solo quieres dormir».

7:00 a.m. La ciudad despierta

Después de descansar apenas dos horas, Dagoberto Monterrey Parra se entrega nuevamente al humo del carbón; los sacos aún tibios de la noche anterior le dan ánimo.

Julio César Pérez, revisa el estado de sus pacientes y todo marcha normal, afortunadamente; reza porque sea un día tranquilo en la consulta de anestesiología y poder ir a casa temprano.

Luis Alberto Campos Borrego aquieta la linterna, que somnolienta deja de girar. El faro destella las últimas luces. La alborada le sacude la modorra al litoral norte. Se despierta la ciudad. Amanece.

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