Todo está en la raíz

Destacados pedagogos cubanos recuerdan que los grandes próceres de nuestra independencia fueron maestros y la vocación pedagógica inestimable de la Revolución. Ambas son máximas en las cuales se debe asentar la formación de los jóvenes educadores de la nación

Autor:

Margarita Barrios

¿Quién no recuerda a esa maestra que, cuando pequeños, enjugó nuestras lágrimas cuando nos lastimamos las rodillas al caer en el patio de la escuela; o a la profesora que en los años de adolescencia nos hacía desplegar la imaginación mientras leíamos Cecilia Valdés; o aquel que nos llenaba los cuadernos de ecuaciones y nos hacía pasar la noche desentrañando números; o el jovencito que con la letra de una canción de moda nos motivaba a atender la clase de inglés?

Claro que también están aquellos profes que no quisiéramos recordar, y es que nada puede ser perfecto. Me refiero a aquellos a quienes les faltaba «arte» para comunicarse con sus alumnos, o conocimientos, o educación y sensibilidad para tratarnos o entendernos.

Pero todos dejaron algo en nosotros, y al paso del tiempo más de una vez los recordamos, o los encontramos aún por la calle, y les entregamos nuestro beso, fresco y juvenil, como si el tiempo no hubiera pasado para ambos.

Y es que, al decir de Lidia Turner, presidenta de honor de la Asociación de Pedagogos de Cuba, eso de que «cada maestro tiene su librito», es cierto; y ella lo resume así: «Lo que yo hago en el aula nadie me lo tiene que decir; eso lo tengo que hacer yo, con mi creatividad, a mi manera, empleando las herramientas que ofrecen la pedagogía y la psicología».

Al preguntarle a la doctora Margarita Mc Pherson, viceministra de Educación y con larga experiencia magisterial, cuál debe ser la principal virtud de un educador, argumentó: «Sensibilidad humana, con un alto componente de amor, de abnegación y de valores profundos revolucionarios y patrióticos.

«Y para ello tiene la amplia tradición pedagógica de nuestro pueblo, que nos acompaña desde el siglo XIX. Beber de esa savia es fundamental».

La Doctora María Dolores Ortiz, quien dedicó gran parte de su vida a enseñar, incluso a los que se formaban como maestros, asegura que una característica del magisterio cubano es el amor a la patria.

«Uno de los errores que cometimos en la educación es haber eliminado durante algún tiempo la Historia de Cuba de los estudios primarios, porque en esa etapa se forman esos valores fundamentales, que no siempre uno los ve en la sociedad actual como uno quisiera».

La Doctora Ortiz opina que se limita demasiado el aporte de los grandes en la historia de la pedagogía cubana.

«Del siglo XIX se nombra a José de la Luz y Caballero, Félix Varela y José Martí; y del siglo XX a Frank País, como si fuera el único de la etapa neocolonial. ¿Cuántos maestros hay que incluso dieron su vida luchando por la Revolución? Es imprescindible que nuestros jóvenes educadores estudien más esa historia, para que les sirva de ejemplo».

Vocación solidaria

En la etapa revolucionaria el magisterio ha dejado una impronta en un valor que es muy importante para el pueblo cubano: el de la solidaridad, que está contenido en ese concepto martiano de «Patria es humanidad».

Como ejemplo podría hablarse del Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (IPLAC) que, con 20 años de labor, ha contribuido a la superación de más de 78 000 maestros de la región y con ello a la elevación de la calidad de la docencia en sus países.

También del método cubano de alfabetización Yo, sí puedo, con el cual han aprendido a leer y escribir más de seis millones de personas de 28 países. Y gracias a este, Venezuela, Bolivia y Nicaragua fueron declarados libres de analfabetismo.

La creadora de ese método es Leonela Inés Relys Díaz, quien en entrevista concedida a esta reportera en ocasión de recibir el Yo, sí puedo el Premio de Alfabetización de la Unesco Rey Sejong, contó que su encuentro con el magisterio fue a los 14 años, cuando a escondidas de su familia se incorporó a la Campaña de Alfabetización.

«Lo más lindo que me ha sucedido en la vida es ser maestra —expresó— y mi gran sueño es que un día el analfabetismo sea erradicado totalmente del mundo».

Cadena que no puede romperse

La Doctora Lidia Turner, al reflexionar acerca de cómo debe ser el maestro de estos tiempos, contestó: «Tendríamos que pensar primero en cómo queremos que sean los cubanos de hoy. Esas mismas características tendrían que estar en sus educadores, para que las transmitan a las nuevas generaciones.

«La historia de nuestro país nos ha mostrado cómo los educadores han tenido siempre nuevos retos. Los maestros del siglo XIX tuvieron la necesidad de influir en los niños y jóvenes de su época para que fueran hombres y mujeres que estuvieran dispuestos a luchar por la independencia de su país y contra la injusticia social.

«Los de principios del siglo XX se inspiraron en el ejemplo de nuestro José Martí como síntesis de su época, e influyeron en la formación de aquellos que lucharon contra el neocolonialismo y para lograr la verdadera independencia.

«Así actuaron sobre varias generaciones hasta llegar a la del Centenario del natalicio de José Martí, que logró el anhelo de más de cien años de lucha: tener una Cuba independiente.

«El reto hoy es influir en los jóvenes que tienen que mantener la justicia social alcanzada y contribuir al desarrollo científico, económico y social de la nación.

«Los tiempos nos exigen ser educadores con una cultura integral como la que deseamos en los niños y jóvenes, en la cual confluyan armónicamente conocimientos científicos, técnicos, humanistas, artísticos, políticos, económicos y de convivencia social.

«Además, debemos tener habilidades para saber obtener por nosotros mismos los conocimientos, poseer el hábito del estudio permanente. Maestros que manejemos la ciencia y las nuevas tecnologías para incorporarlas al quehacer diario y aplicarlas a las transformaciones de la sociedad.

«Los de más experiencia tendremos que reeducarnos a nosotros mismos, y los más jóvenes continuar formándose para alcanzar las virtudes, los valores y las capacidades para preparar a nuestros niños y jóvenes, a quienes les tocará vivir un mundo de mayores desigualdades, de mayor violencia, de vertiginoso desarrollo del conocimiento, y que sean capaces de estar dispuestos a luchar por su transformación».

Con el corazón en la Patria

Para buscar más criterios sobre estos transcendentes temas conversamos con la Doctora Lesbia Cánovas, presidenta de la Asociación de Pedagogos de Cuba. Esta maestra significó que es imprescindible para ellos volver la mirada hacia la tradición pedagógica cubana, que se asienta en el pensamiento filosófico y político del siglo XIX.

«El surgimiento de la nación cubana ha dependido mucho del pensamiento pedagógico», destacó.

«Es un privilegio que nuestros grandes próceres fueran maestros. Y aunque muy poco se habla del siglo XX, esa herencia permitió enfrentar la penetración tan fuerte de Estados Unidos que, como era lógico, lo primero que hizo fue tratar de detener a los profesores, y hasta organizó cursos en la Universidad de Harvard para prepararlos.

«Sin embargo, esos maestros, especialmente los de las escuelas primarias, mantuvieron firmes las banderas de la nación, de la nacionalidad, de la independencia.

«Justamente esa labor de la escuela tuvo mucho que ver con que se hiciera la Revolución Socialista en un pueblo con una tercera parte de su población analfabeta, y cuando según el marxismo no estaban dadas las condiciones objetivas para lograrlo.

«La Historia me Absolverá, que es un extraordinario documento, colocó al magisterio en el papel que le corresponde y lo caracteriza con los rasgos que lo definen hasta la actualidad: dedicación y abnegación».

La Doctora Cánovas insiste en que al analizar cómo esas raíces existen en el momento actual, hay que tener en cuenta el contexto en que vivimos.

«La Revolución no solo abrió las puertas de la escuela y les dio empleo a todos los maestros —destacó—, sino que formó a los docentes de una manera irreverente, con movimientos generados a partir de motivar, de lo que el Comandante en Jefe Fidel Castro ha llamado la vocación de revolucionario.

«Primero fueron los maestros populares, los maestros voluntarios, la brigada Frank País, los alfabetizadores, el Plan San Lorenzo-Minas-Topes-Tarará. Y así fueron y son los profesores generales integrales y los maestros emergentes, en otro contexto y sin el apoyo que tuvimos los que fuimos movilizados en los primeros años de la Revolución.

«Justamente es esa la cultura de la resistencia que tiene nuestro pueblo, la identidad; el aferramiento a las tradiciones que mantiene el cubano en cualquier lugar donde esté; incluso aquellos que no comprenden el proyecto que hoy llevamos adelante, quieren a su patria, la añoran.

«Todo está en la raíz, porque ningún valor existe agregadamente, sino que forma parte de un conjunto. Y cuando a los maestros se los llevaron a Harvard, otros siguieron aquí, entonando las décimas del Cucalambé y recitando el poema Mi bandera».

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