Guajiro, quiero montarme en tu caballo

En la Escuela Nacional de Doma Vaquera Rancho El Vaquerito, de Artemisa, se combina el entrenamiento de los caballos con la formación de los alumnos

Autor:

Yuniel Labacena Romero

ARTEMISA.— Se monta sobre Ranchero. Como una especie de centauro, hombre y animal se funden al ejecutar todo tipo de movimientos en el terreno. Y aunque parezca imposible, con las riendas largas lo hace ir al paso, trotar, galopar, acelerar, frenar, arrancar y nuevamente partir en dirección contraria a toda velocidad…

Ranchero parece satisfecho del entrenamiento recibido. Hace apenas un año llegó cerrero al lugar y ha cambiado. El joven tiene la suerte de hacer lo que más le gusta, convertido en un gran jinete.

«Siempre quise ser domador, y ese sueño lo logré gracias a esta escuela. Desde niño vi a la gente en esas bestias y me fui enamorando de ellas. Nací en un pueblo, pero tengo alma de campesino. Ahora que soy jinete profesional ayudo a que otros también alcancen ese éxito. Nunca lograrán privarme de andar por este sitio en un caballo de trote».

Es la historia de Ranchero y de su jinete José Miguel Gil Sixto, de 30 años de edad, quien junto a otros 11 alumnos egresó el curso pasado de la Escuela Nacional de Doma Vaquera Rancho El Vaquerito, en la comunidad de Aspiro, a unos 50 kilómetros del municipio de San Cristóbal.

De ese centro, primero de su tipo creado en el país y único que funciona en el Occidente, salieron recientemente otros 33 corceles como Ranchero, y ocho estudiantes convencidos de que el caballo ha sido para los cubanos más que un simple animal de trabajo.

Roxana González Luaces, directora de la escuela, asegura que esta es una institución atípica, en la que se combina la doma de los caballos cerreros con la formación de los alumnos, quienes al completar su preparación se vinculan como domadores en entidades del Ministerio de la Agricultura (Minag).

Sin dejar a un lado el glamour, y vestida con pitusa y sombrero, Roxana, con sus 25 años de edad y bellas manos, es la que dirige desde hace tres años este interesante proyecto de la Empresa Nacional de Protección de la Flora y la Fauna, perteneciente al Minag.

«En los tres cursos que lleva abierta la escuela hemos domado unos 120 corceles y formado en el oficio a 35 hombres de la provincia, y de otras como Villa Clara y Mayabeque; esta última aportadora, además, junto a Guantánamo, Las Tunas y Santiago de Cuba, de caballos de la raza Quarter Horse y Trotador Español, para su doma.

«En 2011 celebramos nuestra primera graduación con 15 estudiantes. El curso pasado fuimos la mejor escuela de las tres que existen en Cuba. Y este año formamos a ocho estudiantes del mismo territorio de Artemisa».

Escuela adentro

Algunos hablaban del encanto y la educación que reciben en el lugar los estudiantes y de la doma. La respuesta fuimos a buscarla a los potreros, cuadras y picaderos, donde se respira un agradable ambiente de trabajo y de amor.

González Luaces explica que las instalaciones equinas incluyen 55 cuadras para caballo y un módulo pecuario de gallinas, cerdos, conejos y carneros, que destinan al autoabastecimiento. Los potros entran con edades de entre dos y cuatro años y se mantienen estabulados.

«Después de la doma están aptos para realizar cualquier tipo de trabajo en los centros, en la terapia de niños con discapacidad, como sementales, y en el turismo. También se comercializan en cooperativas de crédito y servicios o de producción agropecuaria, a unidades de Flora y Fauna y otras dependencias estatales», especifica.

En El Vaquerito el trabajo comienza cada día antes de la seis de la mañana, y se extiende hasta la tarde para garantizar que los caballos se alimenten, entrenen y preparen adecuadamente. Es una jornada muy intensa, asegura la Directora.

«Estas son bestias de mucho vigor, de belleza extraordinaria y armonía peculiar en el trote. Tenemos que lograr su doma y velar por su salud, sin descuidar el más mínimo detalle relacionado con la alimentación, limpieza y prestancia del animal».

En 1977 se realizaron las primeras construcciones del centro. Su diseño partió de una experiencia traída desde México por el Comandante Manuel «Piti» Fajardo. Antes se dedicó a la cría de equinos y, a partir de su reparación en 2011, comenzó a funcionar como Escuela Nacional de Doma Vaquera, en la que caballos y jinetes viven las cuatro etapas esenciales para el amansamiento.

Formación atractiva y necesaria

Amplios sombreros, botas, camisas, pantaloneras, espuelas… y las bestias con sus tradicionales aparejos es el paisaje que se encuentra al llegar aquí. En la escuela la docencia es cardinal, y para ello las instalaciones son espaciosas: aulas y pistas de entrenamiento, y se cuenta además con bibliografía muy actualizada.

Según Wilfredo García Suri, el profesor artemiseño que desde junio de 2011 departe con estos muchachos, los cursos duran un año y están organizados en trimestres, con evaluaciones al finalizar cada uno e incluyen las cuatro etapas para domar un caballo.

«Esas etapas son compenetración y amansamiento; doma de abajo, en la cual se les amortiguan los bríos a los caballos; riendas largas y picadero, y doma montada con jáquima (se utiliza bozal sin freno y sin embocadura, que es la adaptación al freno).

«Cada estudiante tiene de tres a cinco caballos para su domesticación. Al domador se le enseña cómo entrenar al caballo para trabajar, y a cuidarse de las patas y la boca. No pueden usar fusta ni espuelas y, en general, se garantiza el bienestar del animal».

García Suri revela que el primer curso en 2011 abarcó apenas seis meses, pero los siguientes han sido de un año. Y aunque en este comenzaron un poco atrasados, por la existencia de caballos viejos, todo salió bien y los muchachos se apropiaron rápidamente de técnica y conocimientos.

En la institución existe un gran colectivo de veterinarios, operarios, cocineros… quienes se dedican a garantizar a los jóvenes —sobre todo a los que llegan de otras provincias— una grata estancia durante el tiempo de estudio; sin embargo, existen inconvenientes.

La Directora de la Escuela afirma que los egresados, al regresar a sus unidades de producción o continuar como docentes en la instalación, no tienen un documento oficial que los acredite como obreros calificados u otra categoría que los avale de manera profesional y estimule salarialmente.

«Los responsables de organizar estos cursos de superación, por los ministerios de la Agricultura y Educación, deben buscar soluciones adecuadas dentro de la política actual que desarrolla el país por formar el joven relevo ganadero».

Historias que enamoran

Roxana, Wilfredo y José Miguel, como el resto del equipo, hacen del trabajo cotidiano, siempre duro y agotador, una jornada agradable y de plena realización personal entre bellos ejemplares equinos que protegen y constituyen su más preciado tesoro.

José Miguel recuerda que al principio su familia, sobre todo su mamá, estaba nerviosa por los golpes que podrían propinarle los caballos, pero al transitar por esta escuela ha obtenido mucha experiencia. No son los mismos métodos que se emplean en la calle para la doma.

«El caballo debe ser dócil, para que se adapte a tus métodos. Cuando lo llevas a entrenar no es como un medio de trabajo; tienes que entrenarlo con mucha paciencia, como en el deporte, para que se sienta tan contento como el mismo jinete. Ha de existir una compenetración como si tú y él fueran una misma persona, un amigo, un hermano, aunque parezca extraño», apunta orgulloso.

Como este joven, el profesor Wilfredo cuenta que cuando montó por vez primera un caballo se sintió como si viajara en el mejor de los carros. Desde entonces no se ha separado de estos ejemplares, mucho menos ahora en que ve realizado el grato sueño de formar a otros en esta labor.

«Aquí no solo enseñamos la doma vaquera, sino también preparamos a los estudiantes para la vida. Adiestrarlos y aportarles a su vida profesional es algo que me satisface. Los conocimientos los ayudan a salir adelante».

Roxana asegura que lo mismo puedes verla impartiendo una clase teórica o práctica en el terreno, mostrando cómo enlazar, ensillar… recorriendo cada espacio de la escuela. Con su carisma, jovialidad y habilidades, ha encantado a sus trabajadores; lo comprobamos el día de nuestra visita.

«La cultura ganadera comienza por los hombres, que sepan vestirse y conozcan la crianza de los animales según la raza con que trabajan, los potreros y la tecnología. Debemos lograr que nuestros hijos vuelvan a sus raíces, aunque se capaciten en politécnicos y universidades».

El camino de la escuela

Para estudiar en este centro debes tener noveno grado como mínimo, y durante el año que recibes el curso ser trabajador contratado del centro. Al finalizar puedes quedarte como jinete profesional en la escuela o en alguna entidad de la Empresa Nacional de Protección de la Flora y la Fauna. La escuela —a unos 15 kilómetros al oeste de la cabecera municipal de San Cristóbal, en la carretera a Aspiro, comunidad de Santa Cruz de los Pinos— ofrece cada año alrededor de diez matrículas. Para más información puedes llamar al teléfono (047) 36-4629.

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