Vidas paralelas (I)

La oportunidad del empleo estudiantil, aprobada en 2009 como parte de la ampliación del régimen laboral del país, reclama del conocimiento de jóvenes y empleadores, y también de flexibilidades de parte de estos últimos, reveló un sondeo de este diario

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Necesitaba independizarse, aliviar un poco económicamente a la mamá de su pesada carga, pues ella tenía que mantener a un hermano suyo y la casa completa. No era que con el salario de la escuela donde trabajó le fuera suficiente, pero al menos era una ayuda.

Rachel Pereda Puñales aprovechó entonces el horario flexible de la carrera de Periodismo, en la Universidad de La Habana, para realizar un trabajo a tiempo parcial como profesora de Español-Literatura en un preuniversitario capitalino.

Se sintió preparada y asumió «el desafío de trabajar, con todas las responsabilidades que implica». Sus tres grupos de más de 30 estudiantes cada uno, compartidos con otra profesora, y con varias frecuencias de clases, resultaron a veces estresantes, pero no se dio por vencida. Hasta que «le fueron cortando las alas» y decidió no seguir.

«Puse mucha voluntad para que mis alumnos aprendieran y creo que el saldo fue positivo. Pero muchos directivos a veces no tienen en cuenta que uno es estudiante y procuran que estés las ocho horas como el resto de los trabajadores, como le pasó a colegas míos, sin considerar variantes en las que pudiéramos cumplir con lo que de nosotros demandaba realmente la escuela.

«Otros no compartían del todo que sin estar graduados impartiéramos clases, y subvaloraban nuestra juventud y las ideas renovadoras y ganas de hacer que nos acompañan, sin pensar que, en realidad, éramos un apoyo para el colectivo, ante las plazas vacantes que existen».

No olvida a quienes se le acercaban para decirle que la clase les había gustado mucho o para que les grabara algún libro digital o les hablara de algún tema. Y es que Rachel los motivaba con videos, fotos, anécdotas…, que hicieron el aprendizaje más ameno.

Luego de trabajar en el preuniversitario, lo hizo en una emisora radial, porque era afín a su perfil profesional, y lo aprendido en ambos lugares jamás lo deja atrás. «Esa combinación del estudio y trabajo fue fuerte, complicada, intensa» —como mismo sucede ahora en medio de su tesis—, pero «me dio una lección para mi formación personal y profesional».

Esas vivencias que Rachel contó y que son las de otros jóvenes entrevistados por el Equipo de Investigaciones Sociales de JR, las tuvo gracias al empleo estudiantil, esa puerta abierta en junio de 2009, cuando el Consejo de Estado puso en vigor el Decreto-Ley 268, que flexibilizó el régimen laboral en el país y legalizó el contrato de trabajo adicional.

No pocos jóvenes la vieron como una norma atrayente, pues facilita que los estudiantes con 17 o más años de edad, sin vínculo laboral, de cursos regulares de los niveles medio superior y superior, puedan incorporarse mediante contrato por tiempo determinado al trabajo y recibir el salario que les corresponde, sin afectar o limitar su rendimiento docente.

Datos del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) indicaban al cierre de diciembre de 2013 que unos 17 488 cubanos ejercían el llamado pluriempleo en su entidad o en otras del sector no estatal, y adicionalmente, otros 81 193 trabajadores estatales estaban enrolados en el trabajo por cuenta propia.

En el caso de los estudiantes, solo se consignaban en las estadísticas oficiales 105 en el sector estatal, lo que representa el 0,6 por ciento de los trabajadores que ejercen pluriempleo en ese sector. Al decir de los funcionarios del MTSS resulta una cifra insignificante, y una situación muy distinta a la que ocurre con el trabajo por cuenta propia.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué no se emplean los estudiantes o no declaran que lo hacen? ¿Existen ofertas atractivas para ellos? ¿Tienen que ver esas opciones con sus carreras? ¿Aprueban la academia y los padres esta oportunidad?

¿Legislación escondida?

Con esas incógnitas, el sondeo realizado entre alumnos del curso regular diurno de la Educación Superior en La Habana, sacó a la luz que la falta de información de ambas partes, de los empleadores, tanto estatales como privados, y de los estudiantes, sobre la legislación que los ampara, es un factor importante para que no se haga un uso correcto del contrato por tiempo determinado.

Casi la totalidad de los entrevistados —de las carreras de Ingeniería Industrial, Telecomunicaciones, Eléctrica y Civil (Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, Cujae), de las facultades de Derecho, Lenguas Extranjeras, Matemática y Computación, Comunicación, Contabilidad y Finanzas (Universidad de La Habana), de la Universidad de las Ciencias de la Cultura Física y el Deporte y del Instituto Superior de Diseño (ISDi)— desconocían la existencia de la norma.

«¿Estudiar en el curso diurno y trabajar al mismo tiempo? ¿Dónde salió eso?», preguntó un estudiante de la Cujae, y añadió que es válida la propuesta, pues genera ingresos e independencia, pero se conoce poco al respecto.

Jesús Oz González, de Ciencias de la Computación, supo de una figura jurídica en Internet conocida como part time, que se utiliza en universidades del mundo donde hay proyectos de autofinanciamiento a los cuales se vinculan los alumnos. «No sabía que existía también en Cuba. Aquí privilegiamos los estudios».

Con él coincidió Yoan Muñiz, también de la Cujae. «Ahora muchos trabajamos en algunas cosas “por la izquierda”, pero es algo eventual para conseguir un dinerito. Otros lo hacen por las noches en algún negocio particular, pero casi nadie sabe que está formalizado».

Aun con ese desconocimiento, un gran número de estudiantes calificaron la legislación como positiva, reconociendo la necesidad de empleos que satisfagan algunas expectativas, como recibir un aporte económico suficiente, que según ellos se corresponda con el esfuerzo invertido.

Gabriela Domenech, de Lengua Inglesa, apuntó que algunas empresas dicen no tener ofertas porque ahí quedaron trabajadores disponibles o se escudan detrás de esa razón. «Entonces, ¿dónde vamos a trabajar si no existen lugares o no se da publicidad para que uno conozca quién dice donde hay ofertas?».

«Cuando uno va a una entidad en busca de trabajo no existen horarios que se ajusten a los de nosotros. No hay media jornada o contrato por horas», apuntó Kiara González, de Comunicación, quien luego de emplearse en el sector estatal pasó a ser dependiente de una cafetería en el sector privado.

Además, contó que en muchos centros «cuando pedimos ofertas hay recelo, debido a nuestra condición de estudiantes, pese a que no pocas veces se requieren especialistas en determinadas áreas».

Algunos se cuestionan cómo es posible que se pueda  contratar a estudiantes, si el país está inmerso en el proceso de depuración de las plantillas infladas. Esa «contradicción» les hace pensar que no queda espacio para los universitarios.

Fernando Riveaux, del ISDi, contó que se precisa conocer el Decreto-Ley. «Estoy contratado en el ICRT como asistente de animación y no querían aceptarme por ser estudiante universitario. Lo logré, pues tengo el grado 12 vencido. Esto requiere esfuerzos, la suerte es que algunas cosas puedo hacerlas en la casa».

Otros jóvenes como Neivis Otero, de Derecho, confesaron que no les gusta la opción, pues «el tiempo que hay que dedicarle a la vida estudiantil hace difícil vincularlo con el trabajo»; no obstante, Neivis asegura que es una magnífica oportunidad.

«He estado en tantas cosas, que el trabajo es algo inseparable de mi vida», dijo Andrés Cabrera, a punto de graduarse de Cultura Física, y confesó que antes de entrar en la carrera laboró en cafeterías, en una fregadora de carros, vendiendo ropa… siempre en el sector no estatal.

Los interrogados reiteraron que las ofertas estatales que se les brindan en la mayoría de los casos son como custodios o personal de servicio, aunque algunos ejercen como docentes, impartiendo las asignaturas de Español, Historia, Cultura Política e Inglés.

La pesquisa muestra además, que la tendencia a emplearse es de quienes cursan carreras de Ciencias Sociales y Humanísticas, en comparación con los que se forman en las Ciencias Exactas, Naturales y Económicas, lo que puede deberse a facilidades en los planes de estudio y de horarios en el primer grupo de especialidades.

Buscar «el menudo»

La primera impresión que ha generado en los educandos la existencia del Decreto-Ley es de mayor libertad y posibilidades económicas; una alternativa para apoyar a sus familias, que siempre los han auxiliado en el desarrollo de sus estudios.

Buscar «el menudo» para su independencia fue el principal móvil que llevó a Juan Pérez, de la Cujae, a trabajar. Ahora él logra ingresos legales «sin esconderse». «Los estudiantes tienen mayor motivación para ejercer el pluriempleo y cubrir algunas de sus necesidades», expresó.

Casarse y tener un hogar independiente, contribuir con la economía familiar, lograr responsabilidad mientras se preparan profesionalmente o solo invertir el tiempo en algo útil son razones que han llevado a los jóvenes del curso regular diurno a trabajar, como dijo Julio César Almeida, estudiante de Cultura Física.

«Estoy en quinto año. Hace dos cursos empecé a trabajar porque me casé y nació mi niña. Ello supone gastos inevitables, así que ahora hago guardia en el Hospital Fructuoso Rodríguez, trabajo que me consiguió un compañero de aula que laboraba allí», aseveró.

Julio César afirmó que ello requiere sacrificio, pues muchas veces sale de la guardia directo para la escuela. «Mi familia me ha apoyado en todo; quiere que me dedique solo a la carrera, pero no hay nada mejor que lo de uno, aunque el desvelo no se corresponde con lo que gano».

Como él, no son pocos los jóvenes dispuestos a aceptar un empleo, en la mayoría de los casos por situaciones económicas específicas. Mas la indagación de JR reveló que esa razón para optar por el empleo estudiantil no es la única, incluso cuando ocupa el primer lugar como motivación.

Otros igualemnte refieren que desempeñar un trabajo en la etapa estudiantil les permite ampliar y poner en práctica las nociones que adquieren en la carrera, siempre y cuando el empleo esté vinculado con la profesión en que se forman. Sin embargo, pocos logran combinar su perfil con la opción de trabajo que encuentran.

«Si me empleo, debiera ser en algo de lo que estudio. Fuera de la carrera no tendría sentido, pues te puedes alejar del estudio o requiere de una entrega mayor», apuntó Abel Ramos, estudiante de Ciencias de la Computación, y añadió que muchos de sus colegas laboran en cafeterías, discotecas, barberías, o son taxistas.

«El estipendio que recibimos en la Universidad es una ayuda mínima y mis padres solo me pueden dar 50 pesos semanales para transporte y alimentación, porque no alcanza para más. Para salir a divertirme tengo que “inventármela” como pueda», cuenta Niurka Fernández, de Contabilidad y Finanzas.

Ernesto Martínez, estudiante de la Cujae, dijo que solo puede ir dos veces al año a su casa y siempre es en la semana de receso, pues los cien pesos que recibe mensualmente de sus padres no le alcanzan para estar viajando a Oriente y lo utiliza para equilibrar las condiciones de la beca.

Aunque en Cuba los educandos no pagan sus estudios, la Universidad les garantiza residencias a quienes provienen de otras provincias, así como un estipendio (50 pesos en los dos primeros años, 75 en tercero y cuarto, y cien en el quinto), y existen préstamos, subvenciones monetarias y resoluciones vinculadas al pago del transporte y de los espectáculos culturales, estas condiciones no son consideradas suficientes, y los padres no siempre pueden asumir la totalidad de los gastos ante los reconocidos problemas salariales del país.

Fuentes del Ministerio de Educación Superior precisan que el curso regular diurno es el más costoso para el Estado, en relación con el de para trabajadores y la educación a distancia. Para formar un universitario el país gasta, como promedio, entre 15 000 y 30 000 pesos durante la carrera; el gasto anual asciende a 4 186 pesos. Medicina, Veterinaria, Biología e Ingeniería son de las más caras, y las de Humanidades las que menos cuestan.

Entonces resulta bastante caro formar profesionales, cuya educación no está basada únicamente en la docencia. No se deja a un lado lo que necesita esa formación: laboratorios equipados, alimentación, uso de las tecnologías de la Informática, bibliografía actualizada —la mayoría impresa—, y todo ello sin costo para la economía familiar.

Empleo privado VS. empleo estatal

«El Estado no posee opciones atractivas y siempre te piden experiencia cuando buscas trabajo, mientras los empleadores privados valoran mucho si eres estudiante —sea para una oferta u otra— y te abren más posibilidades», comentó Mariet González, de Lengua Inglesa.

Rafael García, del ISDI, detalló que deciden trabajar con los cuentapropistas pues ellos «nos pagan directo y valoran mucho lo que hacemos».

Todo indica que por esas y otras condiciones privilegian el sector privado, una variante ampliada en 2011, pues muchas de las actividades autorizadas tienen un ritmo de trabajo que permite ser combinado con las demandas de los estudios universitarios.

Los jóvenes hacen mención a la fórmula esfuerzo-ganancia, como una evidencia de que en ese sector «se trabaja muchísimo, pero el pago está en sintonía con ello». Al menos sienten que pueden cubrir con él una parte de sus expectativas.

Cifras ofrecidas también  por el MTSS en diciembre de 2013 mostraban que hasta esa fecha, de los más de 400 000 cubanos registrados como trabajadores por cuenta propia, 133 278 eran jóvenes y de estos últimos 1 074 declararon ser estudiantes.

No obstante, los datos resultan «inciertos» al determinar el número real de universitarios que escogen esta modalidad, pues el sistema estadístico del MTSS no incluye una categoría específica para identificar el nivel de enseñanza, y muchas de esas inscripciones ni siquiera se efectúan.

Fernando Alarcón, estudiante de Contabilidad y Finanzas, dijo que en el sector no estatal los estudiantes son muy cotizados por su profesionalidad, imagen y emprendimiento. «Algunos empleadores buscan que dominen idiomas y tengan respaldo familiar. El sacrificio es por el horario, que casi siempre es hasta altas horas de la noche».

Según mostró el sondeo, un aspecto interesante es la facilidad que tiene el sector no estatal para aceptar a los estudiantes. Los jóvenes refieren que es más rápido, lleva «menos papeleo», pues solo basta con cumplir las obligaciones de la ONAT, que a veces ejecuta el empleador.

Pero también existen dudas, como manifestó Erick León, estudiante de Ciencias de la Computación. Su novia está en quinto año, labora en una cafetería particular dos veces a la semana y tiene que pagar los tributos igual que un trabajador que lo hace a tiempo completo.

«Los estudiantes debieran pagar menos en la ONAT, o tarifas diferenciadas, y el valor de la licencia debe disminuir si trabaja menos horas. El estudiante que labora es porque lo necesita y el dinero casi se le va pagando la licencia», opinó.

«En mi caso trabajé como botero en las noches. ¿Te imaginas como debía “jugar” con el tiempo y la escuela? Muchas veces salía directo a recoger el almendrón sin pasar por la casa. Cuando acababa, dejaba el carro en el Cerro y de ahí por mi cuenta, me iba para Arroyo, donde vivo», ilustró Daniel Gutiérrez, de la Cujae.

La familia: factor esencial

Rachel recordó que cuando conversó con su mamá sobre la decisión de comenzar a trabajar, ella se mostró un poco reacia y alarmada, pues no entendía su «urgencia». Sin embargo, la muchacha le explicó las razones, y la madre aceptó «aunque siempre me decía que si me robaba mucho tiempo de estudio no debía seguir».

«Mis padres tuvieron miedo de que mi rendimiento bajara y que no tuviera espacio para realizar otras cosas. Seguí mis estudios y no me lamento de la decisión que tomé hace unos años», narró Andrés Cabrera, de Cultura Física.

Danay Carrera, de Ciencias de la Computación, expresó que «existen padres muy exigentes con los estudios; por eso no quieren que sus hijos trabajen y los apoyan a pesar de no tener condiciones. Otros los protegen para que se desempeñen bien en ambas cosas».

La situación familiar para aceptar o no el empleo estudiantil cambia en cada caso. De cualquier manera, los interrogados argumentaron que ganar un ingreso permite liberar a sus padres de gastos extra. Sin embargo expusieron que sus progenitores, bajo cualquier circunstancia, les dicen que lo primero es el estudio.

Olivia Fernández, del ISDI, señaló que algunos estudiantes tienen necesidades por estar becados y han sacado licencias afines con sus profesiones. «A veces trabajan en algo que les aporta un dinerito y cuando se lo comentan a sus padres estos siempre dicen que lo primero es el estudio».

Otro punto punto de vista sobre el apoyo familiar, lo aportó Noralis García, de Cultura Física. «Combinar ambas cosas es esencial para crecer y ver la vida de una manera distinta. Muchas familias exigen mayor dedicación al estudio a sus hijos y no estimulan el amor por el trabajo».

Casi todos los jóvenes coincidieron en que resulta difícil mantener un buen rendimiento académico una vez que se emplean. Solo algunas carreras consideradas «creativas» permiten desarrollar trabajo por encargo en la casa, con libertad de horarios, pero no sin sacrificar horas de sueño y estudio.

Francis Cruz, de la carrera de Matemática, comentó que a veces existe rechazo de la academia, pues las condiciones en los horarios no están creadas para ello.

Es cierto que el Decreto-Ley es una buena oportunidad, pero el hecho de que los estudiantes se acojan a ella no justifica que se alejen de su rol principal, el estudio.

Con estos y otros muchos criterios en la agenda fuimos en busca de otras fuentes y especialistas que puedan ofrecer luces con las cuales confirmar o contradecir nuestra percepción de que el empleo estudiantil reclama del conocimiento por parte de jóvenes y empleadores, y también de flexibilidades por parte de estos últimos.

(Participaron en este reportaje Sara Cotarelo y Nelly Osorio, del Equipo de Investigaciones Sociales de Juventud Rebelde.)

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