El horror fascista contado por las madres

Desgarradores relatos sobre lo sufrido por sus familias durante los años de la Segunda Guerra Mundial fueron develados por integrantes de la Comunidad Rusa de Camagüey

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— La mamá de Tatiana Rajarova tenía solo 13 años cuando fue trasladada, junto a sus compañeros de escuela, hacia las afueras de Moscú, para protegerse. «Mamá contaba que los educadores de las escuelas se iban con los niños, mientras que los padres se quedaban peleando. Todos marchaban en masa, y al llegar a los albergues, pobres e improvisados, se estudiaba como se podía y se trabajaba la tierra para sobrevivir al hambre, el invierno y la guerra.

Junto a otros integrantes de la Comunidad Rusa de esta ciudad, esta mujer contó las desgarradoras historias padecidas por sus familiares durante la invasión hitleriana. Las anécdotas develaron una dramática época de la humanidad bajo el azote nazifascista en Europa, que no puede ser olvidada pese a las manipulaciones.

Entre cantos alegóricos a la Patria lejana, a la gesta del pueblo ruso, que entregó más de 27 millones de vidas, y a la Cuba que los acogió como sus hijos, se desgranaron estos  testimonios de descendientes de protagonistas de la histórica y extraordinaria hazaña contra el fascismo.

«Era mucho el llanto de los más pequeños —narró Rarajova— porque las bombas caían y cualquiera podía ser el muerto. Muchos pequeños después de los bombardeos no sabían ni quienes eran.

«Los fascistas se regocijaban acribillando los trenes civiles —relató—, porque sabían que dentro iban niños, y porque para las SS los más pequeños eran la continuidad de vida, a la que había que exterminar.

«Mami nos dijo cómo al regresar los niños más grandecitos a sus hogares, los que podían encontrarlos, se incorporaban a la guerra o a las fábricas para producir todo lo necesario para lograr la victoria.

«Mami retornó a su casa, pero como estaba tan flaca, fea y sucia, mi abuela no la reconoció. Justo después de mirarla fijamente, la abrazo enternecida. Mami nunca supo cuánto tiempo duró el abrazo de abuela, solo recuerda que ella estaba viva».

Mujeres de hierro

No menos desgarradoras fueron los recuerdos de Natasha Cómava, quien aseguró que familias completas fueron exterminadas. «Mamá contaba sus historias, pero solo a veces, pues era muy duro recordarlas. Una que nunca olvido fue la de dos mujeres vecinas que al terminar la guerra estaban solas, pues todos los hombres, como el resto de la numerosa familia, fueron aniquilados.

«Ellas se hicieron cargo de todos los niños de la familia y de otros vecinos, que criaron en medio de la devastación. Esas muchachas nunca claudicaron, subsistieron y perduraron».

Aleftina Primelles cierra sus ojos mientras sus palabras cortan el alma por el espanto que describen. «Nací nueve meses antes de la victoria, y aunque no conocí la guerra, las vivencias de mi familia no las olvido.

«Mi padre, mis tíos y mis abuelos no sobrevivieron a la guerra, pero abuela sí, pues ella estaba hecha de hierro puro, de ese que ni los fascistas pudieron quemar.

«La aldea donde vivía mi familia fue arrasada por los hitlerianos, y muchas mujeres fueron sus esclavas, y abuela fue una de ellas.

«Mami nos contó que para matarlos de hambre llegaron a destruir hasta los panales de abejas que se protegían en los sótanos del frío invierno. Pero abuela se las ingenió y escondió una vaca en el bosque durante meses, y con esa vaquita subsistieron muchas familias al invierno. Por eso nunca más se vio botar ni siquiera una migaja de pan, pues sabían el valor de esa migaja.

«Ella salvó vidas, lo que no pudo hacer por su esposo e hijos, quienes nunca aparecieron. Los restos de abuelo se encontraron hace solo tres años y fueron enterrados con todos los honores en el panteón de los Héroes de la Patria. No hubo en toda la nación una familia sin héroe, sin mártir, sin un soldado desconocido».

Para Tatiana Sheleg su mamá fue una mujer de acero. «Mami era enfermera, estaba embaraza y fue hecha prisionera junto a su esposo, que era un político antifascista.

«Mami salvó su vida gracias a su marido, quien la tiró del tren andando, y se arrastró y caminó más de 800 kilómetros bajo las bombas, hasta que encontró quien la ayudara. Al año de nacido mi hermano mayor murió de hambre.

«Ella perdió a toda su familia. Durante 25 años mami iba sin descanso al cementerio para encontrarlos, hasta que un día los halló y pudo vivir con un poquitín de tranquilida».

Tres cubanos en la II Guerra Mundial

Tatiana Morales agradeció la hospitalidad de Cuba durante años y rindió homenaje a la sangre cubana derramada durante la Segunda Guerra Mundial. Ella recordó a los tres cubanos que lucharon, junto a la bandera del Ejército Rojo: Enrique Vilar, y los hermanos Aldo y Jorge Vivó.

Enrique cayó en combate durante la toma de la entonces ciudad de Fürstenau, en Prusia Oriental, en las noches del 29 y 30 de enero de 1944, y sus restos reposan en el Cementerio Militar Ruso de Braniewo, en Polonia.

Aldo sufrió igual destino que Enrique, no así su hermano Jorge. Aldo pereció en 1943 durante un ataque aéreo, mientras cumplía una misión como miembro del Departamento Político del 53 Ejército en la región de Nevá.

Años después el Soviet Supremo de la entonces Unión Soviética les concedió a los dos cubanos caídos la Orden de la Gran Guerra Patria y el Consejo de Estado de Cuba les otorgó la Orden Ernesto Che Guevara de Primer Grado.

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