Revelaciones de lo insólito

Pasada la euforia por la noticia de una extraña morada tunera, abierta al público hace pocos meses, siguen sorprendiendo detalles y sutilezas de un interesante proyecto que ha puesto a la ciencia a concertar secretos en complot con la gravedad

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Cuando a inicios de 2013, en el contexto local del Proyecto Imagen, el arquitecto Domingo Alás les propuso a las autoridades tuneras construir en la ciudad una casa insólita o antigravedad, sus interlocutores pusieron semblantes graves y se mostraron escépticos ante lo insólito de la solicitud.

Domingo sacó de la manga sus argumentos. Les aseguró que sería la única instalación de su tipo en Cuba; y que, por su naturaleza misma, atraería gran número de visitantes; y que sería una magnífica opción recreativa para los tuneros; y que los jóvenes valorarían en alto grado su apertura; y que allí se podrían comprender mejor algunas leyes de la Física y de la Óptica; y que le dieran una oportunidad para demostrarlo; y ...

El arquitecto fue aun más lejos. Les dijo que si su proyecto les parecía demasiado fantasioso, que, por lo menos, le dieran la oportunidad de intentar convencerlos de lo contrario.

«Les propuse vender mi vivienda y mi carro, y, con el dinero resultante, construir una casa insólita algo más pequeña, cuya gestión comercial correría por mi cuenta y riesgo», recuerda. Luego de unos meses abierta al público, les demostraría que, además de convertirse en una atracción, la instalación sería capaz de recuperar con creces el desembolso realizado.

Por fortuna, no hubo necesidad de materializar tan extravagante propuesta. La pasión que puso Domingo en la defensa de su idea, y las expectativas creadas en torno suyo como alternativa de recreación sana, hicieron que, finalmente, los decisores dieran luz verde a la ejecución de un proyecto arquitectónico que pone a la ciencia a revelar secretos en complot con la gravedad.

Antecedentes del proyecto

Las casas insólitas son recintos en cuyo interior es posible percibir sensorialmente fenómenos que, en apariencias, se ubican en las antípodas de los principios de la gravitación universal. Existen pocas en el mundo, y no con el mismo nombre. Una de las más antiguas es la del Vórtice de Oregón, que figura entre las atracciones de carretera más divertidas de Estados Unidos.

Según se cuenta, en 1904 una compañía dedicada al comercio de oro construyó allí una cabaña que al cabo del tiempo, y por algún desperfecto original, se reclinó hacia un lado hasta quedar en posición oblicua. La casita cobró fama cuando sus primeros visitantes se percataron de que dentro de ella los cuerpos tienden a adoptar extraños ángulos con respecto al suelo, sin que la voluntad personal consiga evitarlo.

Argentina tiene la suya, auspiciada por estudiantes de la Universidad de Buenos Aires. La llaman la Casa Anti-Física de Newton y consta de tres locales con inclinaciones de 20, 30 y 35 grados, respectivamente. La fuerza de la gravedad allí provoca que la gente sienta que camina «torcida». Pero en cada sala hay un peldaño con el ángulo normal para que el visitante desconcertado se tranquilice y «descubra» el encantamiento.

El desaparecido Michael Jackson estableció una insólita pauta antigravedad. Pues sí, el Rey del Pop patentó unos zapatos cuyos tacones podían acoplarse a unos tornillos fijados sobre el escenario. El ardid, que él estrenó en su videoclip Smooth Criminal, le permitía quedarse de pie y dejarse caer hacia adelante hasta un ángulo de 45 grados con respecto al piso. Pero —¡ay!— en 1996, durante un show en Moscú, el artista se lesionó al zafarse uno de los tacones en pleno espectáculo.

La casa tunera

Se conoce que la fuerza de gravedad ejerce su influencia en las personas. Cualquier cambio suyo repercute en la orientación en el espacio y exige a los órganos del equilibrio adaptarse a las nuevas circunstancias. Cuando ese acomodo no se consuma en su totalidad, pueden sobrevenir mareos e ilusiones visuales.

Estas verdades se ratifican tan pronto se penetra en el túnel ladeado que da acceso a la casa insólita tunera. Al instante uno siente como si todo diera vueltas, y un súbito vértigo hace acto de presencia. «Aguántense bien del pasamanos», advierte la guía. Pero, a pesar de seguir a pies juntillas su exhortación, solo pasados unos minutos se consigue estabilizar el paso.

La primera sala está consagrada al científico griego Arquímedes de Siracusa, creador del principio de la hidrostática. Se le atribuye un famoso enunciado: «Un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo experimenta un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen que desaloja».

Su primera atracción es un estanque con casi 20 000 litros de agua. La superficie debía descansar en perfecta horizontalidad, pero aquí está inclinada. Uno llega a pensar que en cualquier momento se le vendrá todo el líquido encima. Pero hay más: en una pecera aledaña, goldfish y colisables nadan graciosamente con sus cabecitas más altas que sus segmentos traseros. La oportuna explicación propicia entender el curioso fenómeno. Y, como Arquímedes, exclamar ante el hallazgo: «¡Eureka!».

A Pitágoras, el gran matemático y filósofo helénico, se dedican las guirnaldas de la segunda sala insólita. De tanto repetirlo otrora, todavía se recita de carretilla su conocido teorema. Dice: «En un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos».

Pero no es la biografía del ateniense ilustre lo que sorprende en este local de 20 grados de inclinación. La sensación de sorpresa la origina la llamada «canal hidráulica trastornada», que transporta agua… ¡hacia arriba! ¿Cómo puede tolerar tamaño agravio la ley de la gravitación universal? Delante de mí, un adolescente manifiesta su incredulidad frotándose los ojos.

El sempiterno Newton, filósofo, matemático y físico inglés, monopoliza honores en la tercera sala. Su primera ley, «todo cuerpo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme mientras que sobre él no actúe ninguna fuerza que varíe su estado inicial» encuentra allí una atmósfera de realización.

El local hace gala de artefactos insólitos, como el Tragabolas y las Regletas. En ambos casos se utilizan planos inclinados donde las esferas, independientemente de su peso, ascienden, en lugar de precipitarse cuesta abajo, en una flagrante burla a los añejos principios de la fuerza de gravedad. Igual recorrido describen pequeñas bolas en tres canales superpuestas.

La cuarta sala se reclina a los pies de Leonardo da Vinci, el florentino que fue pintor, anatomista, arquitecto, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta, gastronómico y urbanista.

Lo más notable allí es la cortina líquida que se filtra a través de una pared con reminiscencias de roca. Pero, en lugar de deslizarse suavemente hacia abajo, como todo manantial que se respete, lo hace hacia adelante, buscando la perpendicular. Una estrella de madera llena de agua provoca igual efecto. Los visitantes, además, se divierten con las posturas absurdas que adoptan sus cuerpos al caminar por dentro de la casa.

La quinta sala es, en mi criterio, la más espectacular. De todo lo que allí asombra, resalta el péndulo de un reloj. Cuelga desde el techo en un ángulo nada convencional y oscila irregularmente de un lado a otro, igual que los columpios. Hay una escalera que parece como cortada a pico en la pared, y, sin embargo, es perfectamente posible bajar y subir por ella.

Los visitantes ponen los ojos como platos cuando asisten a un espectáculo increíble: una silla que apoya sus patas traseras en un saliente de la pared y deja las delanteras en el aire sin que su ocupante se venga al suelo. Y, si de patas se trata, una mesa de billar las tiene de diferentes tamaños, lo cual no impide que las bolas corran hacia uno y otro lado como si todo estuviera perfectamente horizontal. Por último, hay un sofá del que es imposible pararse sin recibir ayuda. Ante tamaña dinámica, Galileo Galilei, dignificado en esta sala, se hubiera evitado pronunciar su célebre frase: «Y sin embargo se mueve…».

Detalles complementarios

«Ninguno de los elementos de la casa puede considerarse como tecnología de punta», comenta Domingo, autor de otros diseños que combinan la Física con la ingeniería y la arquitectura, como la Plaza Martiana local y el Memorial Caimito de Hanábana, en Matanzas. Tampoco hay tomaduras de pelo con lances de magia, pues los fenómenos percibidos son ilusiones ópticas legítimas. Se trata apenas de un aporte a la divulgación de la ciencia y a fomentar su interés público de manera amena y divertida.

Desde su apertura oficial, la casa insólita tunera ha recibido la visita de centenares de personas —incluyendo varios ministros y otros dirigentes—, ávidas por apreciar de primera mano el desconcierto provocado por una propuesta considerada una gran novedad. El inmueble incluye, además, otros espacios para la cultura como una sala de proyección en 3D y un patio para la presentación de espectáculos de magia, amén de servicios de gastronomía.

«La aceptación que ha tenido la casa es espectacular —dice la joven Beatriz Acosta, especialista a cargo de la conducción de los visitantes a través de las salas—. Y la disciplina del público, inmejorable. A todos nos corresponde cuidar esta joya, que ya forma parte del patrimonio cultural de la localidad».

La casa insólita de Las Tunas continúa dejando boquiabiertos a sus visitantes de ocasión. Se trata de una manera novedosa de eludir los convencionalismos con el empleo consecuente de la originalidad y de la fantasía. En definitiva, la originalidad es la expresión más acabada del ingenio; y la fantasía, la mejor aliada para encontrar el camino de la realidad.

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