Con el abrazo de «La Grilla»

Juventud Rebelde convocó a sus lectores a relatar historias de sus encuentros con Fidel, y lo que nos llegó fue una conmovedora crónica colectiva, que dibuja el porqué ese nombre marca tan honda y tiernamente el corazón de Cuba

Autor:

Juventud Rebelde

El hermanito de París

Era el año 1962, estábamos de vacaciones mi hermano, su esposa, su niña, mi esposo, mi niña y yo (mi niña con siete años). Paseábamos por la playa de Santa María por la tarde y mi hermano dijo que estaba la escolta del Comandante. Las niñas no quisieron irse hasta que saliera del agua el Comandante para saludarlo (por supuesto identificados todos con la escolta). Cuando salió, llegó a saludarnos: a los mayores un saludo de mano, a las niñas un beso. Al momento le dice mi niña:

Te quiero pedir una cosa… El Comandante respondió: Bueno, dímelo…Que le des permiso a mi mamá para traer un hermanito de París.

La risa del Comandante fue mucha y le dijo: Pero ¿yo qué tengo que ver con ese permiso?... Pues mi mamá dice que tú tienes las divisas para traer los niños de París… Bien, dime, ¿mamá trabaja?... Sí, y papá también… Y ¿quién lo va a cuidar?... Ah, mi abuela que está en la casa… Y dime, ¿hay dónde poner una cuna?... Sí, la casa es grande.

A lo que el Comandante respondió mirándome: «Bueno, creo que hay condiciones, mamá, para dar el permiso».

Aquella niña saltaba de alegría, al tener el permiso deseado y al año siguiente, en 1963, nació «el permiso» el día 26 de julio.

Al cabo de unos años tuve la dicha de poderle hacer el cuento muy breve. Al final me dijo: «Dale un beso grande de mi parte (de esto tengo fotografías cuando estoy contándole).

Pero aquí no termina la historia, al pasar los años el «permiso» tuvo una niña que nació el 13 de agosto. Una historia irrepetible. Gracias por poderla contar a mis 84 años. (Pilar Pérez Villeta)

El abogado de La Quinta

Lo que les voy a narrar quedó bien guardado no solo en mi memoria, sino también en mi corazón. Yo era la segunda integrante de una familia de cuatro hijos. Mi madre, una mujer simple y humilde pero con grandes valores humanos, se valía día a día de todos los esfuerzos posibles para criarnos. Corría el año 1951 y en aquel entonces yo solo tenía diez años de edad.

En la calle hoy llamada Zapata, la vida no siempre transcurría tranquilamente. Mi vivienda era un pequeño cuartito que formaba parte de una ciudadela enorme, un antiguo hospital llamado La Quinta, o como era conocido por todos: El Salón. Allí vivían personas con todo tipo de formación, pero con una sola cosa en común: la pobreza. Aun así era nuestra vivienda, el único lugar en el que una madre viuda y pobre con cuatro hijos podía permanecer.

Cada noche visitaba el lugar un joven abogado... Él reunía a los vecinos y les hablaba, en compañía de Goyo, el principal encargado del lugar. Les hablaba de derechos; sí, de derechos. De derechos que tenemos todos los hombres, y de la dignidad. Era muy pequeña, pero podía ver cómo las caras de todas aquellas personas se iluminaban con cada visita suya.

Un día fuimos informados de que no podíamos seguir viviendo en aquel sitio. Nos dieron el ultimátum de que recogiéramos las pocas cosas que poseíamos y nos marcháramos. La protesta enseguida surgió, el reclamo al despojo, a algunos de forma desesperadamente triste y a otros de forma violenta, lo que enseguida fue callado con un «a golpe de policía los sacamos pa’ la calle». Recuerdo cómo fuimos citados a un juzgado en La Habana Vieja.

Conseguir un abogado para defenderse era bien difícil, y mucho más si no se tenía un centavo, como era el caso de los que allí estábamos, pero cuando se tiene entereza de carácter, sentido del humanismo y de la justicia, eso no hace ninguna falta.

Cuando teníamos perdida la esperanza, apareció aquel joven abogado que cada noche les hablaba a los vecinos de La Quinta, dio un puñetazo en la mesa del juzgado y dijo: «De aquí no se va nadie para la calle», con argumentos que evidentemente nadie pudo rechazar. Entonces logró que nos indemnizaran y con ello consiguiéramos un lugar donde vivir.

Hoy, a pesar de mis años, estos recuerdos siguen en mí. Aprendí lo que es el valor, la justicia y la lucha por lo que se quiere y todo a través de aquel joven abogado, que cada noche les hablaba a los vecinos de aquel lugar. Disculpen si no lo he mencionado, su nombre es Fidel. (Eurídice Goyes)

Aquí me tiene

Mujer negra, campesina y de pocos estudios fue Adalicia Lamorú Ramos, conocida en Cebolla Cuatro por «La Grilla», quien vivió durante 87 años, orgullosa de haber tocado las manos y besar a Fidel. El 1ro. de marzo de 1970, cuando la Zafra de los Diez Millones, justo cuando estaba tostando 20 libras de café para el campamento cañero, llegó uno de sus hijos y le dijo que allí estaba Fidel Castro.

Solo unos segundos bastaron para que Adalicia abandonara lo que estaba haciendo. Cerca del campamento estaba el yipi en el que venía Fidel. Cuando ella corroboró que allí estaba, un guardia la echó para atrás y ella le dijo: «Apártese Usted de mí, que yo no mato a nadie con un trapo en la mano, simplemente quiero ver a Fidel personalmente». En ese momento Fidel dijo: «Déjenla pasar».

En el lugar, La Grilla abrazó y besó a Fidel y él le correspondió. Ahí le manifestó su deseo de conocerlo y verlo personalmente, y Fidel le dijo: «Pues aquí me tiene». La Grilla le dijo que había tenido 26 hijos, pero le quedaban 13, «nueve varones para usted y cuatro hembras para mí», y Fidel le respondió que las hembras también podían ser para él, para que estudien: La Grilla también le dijo que de esos varones se llevara a dos para que se hicieran hombres y les diera estudios «para en el día de mañana, verlos como usted».

Seguidamente Fidel le dijo que si estaba casada, y ella le contestó que no, que estaba aplazada. Y Fidel le dijo que había que casarla. Adalicia casi en su despedida le expresó que quería una cama para dormir cómoda. Al instante, Fidel le dijo: «Y eso que no tenía cama, si llega a tener cama hubiera tenido 26 hijos más». Y todos se rieron.

En su despedida Fidel le dijo que le iba a mandar la cama, pero no quería que tuviera 26 hijos más. Días después, el 8 de marzo de 1970 esta mujer recibía en su hogar la cama y otros artículos. Fueron inscriptos sus 13 hijos y realizada la ceremonia nupcial.

Mucho dolor y sufrimiento vivió La Grilla cuando nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro enfermó, y rodilla en tierra pedía en sus oraciones que Fidel, con sus propias manos, comprara seis velas y las mandara a la Iglesia de la Virgen de la Caridad para que se las encendieran, un deseo que nunca pudo hacerle llegar.

En su testimonio Adalicia decía sentirse millonaria comparando su situación antes de 1959 a la actual, y decía: «Ahora tengo un trapo de ropa que ponerme, una casita arreglada a pobre, una sábana para taparme, salud y educación gratuita para mí y mis hijos». La Grilla murió en Moa a los 87 años, feliz de besar a Fidel y haber tocado sus manos. (Leonor Legrá)

¿Y dónde queda el río Camagüey?

Para la generación de alumnos que estudiamos en la década del 70 en la Ciudad Escolar 26 de Julio, era común recibir a los máximos dirigentes de países solidarios con Cuba, quienes siempre iban acompañados por nuestro Comandante en Jefe. En ocasión de la visita de Keneth Kaunda, presidente de Zambia, los pioneros de sexto grado de mi aula nos encontrábamos en las afueras del museo del Cuartel Moncada, cuando de pronto los líderes salieron a nuestro encuentro. Por un instante, todos nos asombramos y espontáneamente con un prolongado aplauso expresamos nuestra alegría.

Fidel se nos acercó, les explicó a los visitantes que éramos pioneros del cuartel convertido en escuela y con voz tenue comenzaron sus preguntas: en qué grado estábamos, con quién había peleado Teófilo Stevenson; al unísono respondimos, y así sucedió cuando nos preguntó dónde quedaba el río Camagüey; a la aclamada respuesta, ¡qué grande y amplia fue su sonrisa!; exclamó: ¡Los cogí, en Camagüey no hay ningún río con ese nombre!

Le preguntó a Ceballos qué le gustaba más, el helado o el coopelita y este contestó que el coopelita, porque costaba menos y podía comer más. Luego indagó qué conocíamos de la guerra naval en Santiago de Cuba; con temor respondí: «He visto barcos semihundidos cerca de la playa de Caletón». Siguieron las preguntas y la alegría en su rostro, al final nos alertó: «¡Tan importante es el deporte como la historia y la geografía. Estudien, para que en el futuro sean hombres y mujeres capaces de responder todo lo que les puedan preguntar sobre su Patria!».

Acto seguido pidió un refresco y cuando advirtió que no había para todos los pioneros, nos dijo: «No se preocupen, todos tomaremos de este refresco». Así fue, él tomó primero y aunque parezca mentira, tomamos un buchito ¡y alcanzó para todos!

Hoy Virginia, Lina, Georgelina, Nidia, Mercedes, Ceballos, Rubén, René, Omar, Daniel y el resto de aquellos pioneros, somos hombres y mujeres que transitamos los 50 años; pero sé que a ninguno se nos olvidaron las dos enseñanzas que nos legó el encuentro con Fidel. (Niurka Fournier Duharte)

La más noble de las obras

Han transcurrido 57 años. Yo tenía 22. Había triunfado la Revolución. Era maestra, pero sin aula, por lo que trabajaba en una tienda de modas. Casi terminando enero del propio año 1959 recibo la llamada de una amiga que me dice que en el hotel Habana Libre, Fidel se reuniría con los distintos colegios profesionales para pedir la colaboración en los trabajos que se presentarían a partir de los cambios que se irían desarrollando en el país.

Sin pensarlo me fui para el Habana Libre. Él salió a saludar a todos los que estábamos esperando, que ya éramos muchos, y comenzamos a decirle en voz alta: «Fidel, Fidel, nosotros también somos maestros y no tenemos aula», a lo que él nos respondió: «¿Ustedes son los maestros?, pues los maestros tienen que estar allá en Oriente, que es donde hacen falta, así que a los que estén dispuestos a ayudar, los espero el 2 de febrero en el Guayabal de Nagua, donde se va a realizar una reunión con todos los campesinos».

Algunos de los maestros nos pusimos de acuerdo, averiguamos dónde quedaba ese lugar y después cómo llegar. Primero tendríamos que ir a Bayamo y de ahí a Yara. Nos quedaba la parte más difícil que era el permiso de la familia y no fue fácil; pero vencimos y salimos para Bayamo el 31 de enero. Nos mandaron para el cuartel de Yara donde pasamos la noche. ¡Qué lugar! Las paredes aún ensangrentadas como las dejaron los esbirros batistianos, algo dantesco. Al día siguiente partimos con un guía hasta el sitio de la reunión, caminamos mucho, por momentos nos refrescábamos con el agua de los arroyitos y cuando ya habíamos recorrido una gran distancia vimos un helicóptero. El guía nos dice que era Fidel... Cuando lo tuvimos junto a nosotros, le dijimos que éramos los maestros de La Habana que le prometimos incorporarnos al primer grupo de maestros voluntarios, y que estábamos dispuestos a ir donde hiciera falta; que podía contar con nosotros. Nos separaba una cerca y yo me recosté para saludarlo. Me puso su mano en mi hombro y me dijo: «Con maestros como ustedes llenamos Oriente, seguimos por el Centro y no paramos hasta Pinar del Río, el país de una punta a la otra lleno de escuelas, ya verán». Saludó a cada uno de nosotros y nos dijo que nos esperaba en la reunión y que un compañero nos daría instrucciones para cuando llegáramos a La Habana. Asistimos así a uno de los hechos más importantes al triunfo de la Revolución: llevar la luz de la enseñanza al campesinado.

En menos de 40 días ya me encontraba en la escuelita de Rejondón de Alcalá, en Holguín, como maestra voluntaria, y allí permanecí durante los dos años siguientes. En febrero de 1961 concluí mi labor en esta escuelita, al ser nombrada una nueva maestra. Después de mi regreso a La Habana continué siendo maestra, dedicando toda mi vida a la enseñanza, inspirada en las palabras de Fidel. Luego, ya jubilada, me gradué además en la Universidad del Adulto Mayor, siguiendo sus premisas de que el estudio debe estar presente en cada etapa de la vida.

Hoy contemplo la obra de la Revolución, que comenzó con las palabras de Fidel y ha tenido como resultado una Cuba llena de escuelas. Me llena de orgullo haber podido aportar mi granito de arena. Y a pesar de tener casi 80 años, todavía recuerdo la enorme impresión que causaron en la muchacha de 22 años las palabras de Fidel. (Magaly González Ayala)

La Escapada

Fui la traductora de nuestro Comandante en Jefe durante la visita a Cuba, en 1970, del Primer Secretario del Partido Comunista Búlgaro, Todor Yivkov, y durante la visita oficial de Fidel a Bulgaria; en 1975.

La posibilidad de observarlo de cerca me permitió percatarme de esa sencillez, de esa calidad humana que lo obligaba a acercarse a aquella multitud que lo esperaba en cada ciudad, en cada pueblo, ansiosa por verlo de cerca, de darle la mano, de besarlo y abrazarlo de ser posible.

Me impactó el día que llegamos a Plovdiv, la segunda ciudad de Bulgaria, bajo un terrible aguacero, y creíamos que no lo estarían esperando. Todo lo contrario, miles y miles de búlgaros con sus niños y sus sombrillas, esperándolo con amor y alegría.

En ocasión del encuentro del Comandante en Jefe con los embajadores cubanos en el año 2006, tuve el privilegio de ser invitada a saludarlo, al igual que varios otros compañeros que habíamos tenido el honor de trabajar directamente con él por las más diversas razones.

Todos conocemos la tremenda memoria de Fidel, pero aquel día me pareció increíble que recordara lo que había sucedido en 1972, cuando con un pequeño grupo de compañeros escapó, sin escolta, para subir la montaña Vitosha, la más cercana a la capital. Era el mes de mayo y todavía había nieve en los trillos, que nos llevaron hasta el Pico Negro, el más alto de aquella zona. Cuando los vecinos, durante el trayecto, se percataban de su presencia, corrían a saludarlo cargados de sorpresa y con mucha admiración. Pero lo que me golpeó fue que, en el 2006, Fidel me preguntara: «Teresita, ¿tú recuerdas aquel día que nos escapamos a la montaña, recuerdas el té que nos brindaban y aquel queso, un poquito saladito, pero muy sabroso?». Le respondí que sí, pero les confieso que ya hacía mucho que se me había olvidado el té y el queso también.

Pero, lo que más me impactó de aquel viaje en 1972 fue el examen detallado y preciso que, durante una reunión con los dirigentes de Bulgaria, realizara Fidel sobre la situación que en aquel momento existía en Chile y el peligro que para el proyecto de Salvador Allende, y para su propia vida, él percibía. Poco tiempo después tenían lugar los acontecimientos que, en lo personal, me parecían un documental basado en los pronósticos de Fidel.

Inspirada en el respeto y el amor que nos inspira, le escribí un poema, A Fidel, en ocasión de su 60 cumpleaños. La famosa cantante búlgara y gran amiga de Cuba, Yordanka Jrístova, lo musicalizó y lo interpretó en el concierto La serenata de la fidelidad, en ocasión del 85 cumpleaños de Fidel. (Teresita Capote)

Lo que desde niña quise decir

Me encontré con Fidel al hacer justicia para los niños de Cuba que quizás, como yo, vinieron anticipadamente al mundo en aquella madrugada enlutada del 10 de marzo de 1952. Supe que mi madre lloró mucho en la víspera de mi nacimiento, en la siguiente madrugada di mi primer llanto.

Mi encuentro con Fidel fue infantil, cuando le preguntaba a mi madre para qué bordaba aquellos brazaletes rojos y negros que alguien pasaba a recoger o eran enviados secretamente. Supe que aquellos hombres barbudos que habían invadido el Aguacate de Monte Rus nombraron estratégicamente Segundo Frente al territorio donde nací y que mi padre, en encuentro con su hermano menor, le ofreció nuestra casa para acampar si era necesario, y este cuidaba de nosotros orientando que saliéramos de nuestra casa hacia lugares seguros de los bombardeos.

Me encontré con Fidel aquel día 1ro. de enero, cuando vi a mi madre llorar y al preguntarle me dijo: «Hija, es de alegría, triunfó Fidel». Con solo siete años no sabía qué significaba triunfar, pero deduje que era algo bueno. Me encontré con él en un plan de becas gratuitas, y los nueve hijos de aquella señora que lloró tanto de dolor y alegría se hicieron profesionales.

Me encontré con Fidel cuando mi padre recibió el título de propiedad de su tierra, yo no sabía qué era propiedad ni qué era Reforma Agraria, pero mi papá lo festejó. Disfruté mucho cuando en la única vía de comunicación que había en mi casa, un radio de baterías, mis padres escuchaban sus discursos llenos de esperanza y con placer cruzaban sonrisas.

Doy gracias a Fidel, que con su audacia y acertada estrategia condujo al triunfo de la Revolución, pues mi padre hubiese sido uno más de los 20 000 muertos de aquella dictadura, supe que fue encontrado su nombre en el bolsillo de uno de los torturadores y asesino de la zona.

Me encuentro con él cada día que cuento lo que me contó mi padre, que allá por el año 1952, mi hermana de solo cinco años reventó su apéndice y para salvar su vida se endeudó por años. Me encontraba con él, las mañanas en que mi madre decía: «Hoy me sucederá algo bueno, soñé con Fidel».

Me encontré con él cuando mi madre, ya sin esperanza de vida y edad avanzada, fue sometida en el Hospital Hermanos Ameijeiras a una operación a corazón abierto y solo dijimos a aquel equipo de médicos, dirigido por el doctor José Pedroso, dos palabras: «Muchas gracias».

Me encontraba con Fidel cuando cada tarde salía acompañando a la brigadista joven que vivía en mi casa para alfabetizar a los campesinos. No sabía que años después siete hijos de aquella señora que bordaba brazaletes seríamos profesores.

Me encontré con Fidel cuando en el Karl Marx como profesora, él se dirigía a los luchadores sociales venezolanos, en la graduación de la 4ta. Avanzada, en febrero de 2014, con una profunda visión de futuro, humanista y solidaria, y pude decirle entonces lo que desde niña quise decirle: Gracias, Comandante. Larga vida. (Yolanda Oliva Sánchez)

Nota: Ante el alto número de historias y lo revelador de las mismas, JR publica solo fragmentos de algunas por razones de espacio.

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