¿Qué será lo que tiene el perro?

Aunque pueden encontrarse casos loables de Casas del Perro, persisten deficiencias que muestran la involución e inconstancia de un servicio que debiéramos recuperar

Autores:

Hugo García
Enio Echezábal Acosta
Lisandra Gómez Guerra

Con las maletas listas para regresar a casa, un grupo de jóvenes becados universitarios recorre la calle 23 para comprar perros calientes. Van a 23 y K, pues alegan la rapidez del servicio y la estable calidad de los productos que allí se ofertan.

No obstante, este día la suerte parece no querer acompañarlos. Por su aspecto, los hot-dogs parecen como sacados de un filme de vampiros. Además de la palidez del «susodicho», no hay ni rastro de la mostaza. Y el tomate es un líquido irreconocible cuya pigmentación no recuerda siquiera el rojo acostumbrado.

Una muchacha del grupo señala uno de los ejemplares y diagnostica: «Este perro tiene anemia». Mientras, otro joven, ante la burla de sus compañeros, dice haber perdido las ganas de «hincarle el diente» a su desayuno-merienda-almuerzo.

Esta realidad puede repetirse en algunos establecimientos de su tipo en la capital. De acuerdo con datos aportados por el Ministerio del Comercio Interior (Mincin), en 2008, cuando se abrieron las primeras Casas del Perro, hubo centros de venta que llegaron a expender hasta 3 000 unidades al día y alrededor del doble de refrescos. Actualmente, esas cifras han disminuido en aproximadamente un 50 por ciento.

Juventud Rebelde recorrió varios establecimientos de la capital pertenecientes a la cadena Casas del Perro, con la intención de valorar la situación actual del servicio y la calidad del producto.

En esta Casa del Perro, ubicada en una transitada esquina de la ciudad del Yayabo, la mala calidad del pan y la ausencia de refrescos son problemas frecuentes. Foto: Lisandra Gómez Guerra

En el recorrido se pudo constatar que hay sitios habaneros con experiencias positivas, como la Casa del parque de Guanabacoa y la Fráncfort. Esta última instalación, la primera de su tipo en el país, ubicada en 23 y 16, se destaca por el servicio a la mesa, en donde el cliente puede agregar al pan cátsup y mostaza a gusto.

Sin embargo, otros centros no muestran la misma cara. Algunos entrevistados manifestaron inconformidad por la ausencia de refrescos u otras bebidas enlatadas, y por la intermitencia en la calidad del pan.

«A pesar de que es un servicio rápido y que facilita poder resolver la situación cuando uno está apurado, a veces el pan o el mismo tomate no están buenos», comentó Antonio Villafaña, un consumidor del establecimiento de 23 y K.

Sonia Mantrana Expósito, especialista principal de la Dirección de Gastronomía del Mincin, explicó que el abastecimiento de bebidas se complejiza en ocasiones debido a dificultades con el refresco. Por ello se ha decidido priorizar las Casas del Perro más céntricas, como es el caso de las tres situadas en la avenida 23.

Mantrana Expósito expuso que los perros calientes con los que se abastecen todas las Casas son de la marca chilena San Jorge, es decir, son importados, y tienen un peso mayor a 90 gramos.

En cuanto al pan, los administradores de varias panaderías que abastecen las Casas... expusieron que la calidad de la levadura de producción nacional que se usa hoy día dificulta elaborar un producto óptimo.

«El problema de la levadura está en que su producción depende mucho del clima, motivo por el cual no siempre sale en perfecto estado, y eso puede repercutir luego en la calidad del propio pan», apuntó Mantrana Expósito.

No obstante las limitaciones, Jennifer Vázquez, administradora de la panadería La Isla, situada en Infanta y San Miguel, afirmó que a pesar del problema con la levadura, la clave para elaborar un buen pan-perro, radica en el factor humano y en la preocupación y profesionalidad de los maestros panaderos.

Si bien la situación en la capital no deja un buen sabor, en algunas provincias donde este diario indagó el panorama de las Casas del Perro parece ser peor.

Servicio que languidece

Varios habitantes de Matanzas recuerdan las colas interminables en el momento de la aparición del servicio, debido a la aceptación del producto. Sin embargo, pasado el tiempo, todo indica que la mejor etapa quedó atrás.

En la unidad La Especial, de la empresa de gastronomía del municipio cabecera, ubicada frente al parque de La Libertad, JR intercambió con más de 20 clientes, quienes solo compraban refrescos de latica y no preguntaban siquiera por la oferta del pan. Allí, por problemas con el suministro, se cambió hace unos meses el perro por tres salchichas.

Al conversar con Marlén Díaz Alfonso, económica del referido centro, se supo que en este 2016, hasta el cierre de octubre, se habían reportado ventas muy inferiores a las de iguales períodos en años anteriores.

En Matanzas, las colas interminables para comprar panes con perro han ido decreciendo, en la misma medida en que lo ha hecho la calidad del producto. Foto: Hugo García

Marlén consideró que hay mucha competencia en el área, tanto de instituciones estatales como particulares. «En estos momentos el pan con salchichas tiene un costo de 6,55 pesos, y ganamos 3,45, en dependencia de los precios de las materias primas, que en los últimos tiempos se han elevado».

Nereida Sánchez, dependienta del establecimiento, insistió en que ha mermado mucho la calidad, que al principio vendían hasta más de 2 000 panes diarios. «Las colas llegaban a la esquina y varios dependientes no alcanzaban para atender al público», recordó.

Pedro Rivero, el administrador de esa unidad, agregó que antes el pan venía en bolsas desde Varadero y duraba varios días por su buena calidad, pero ahora lo suministra una panadería local.

«Las ventas disminuyen cada año considerablemente», recalcó Rivero, quien precisó que aunque la norma de la salchicha es mayor que cuando se vendía el perro, no gusta igual.

Si bien para fin de año se piensa que la unidad matancera volverá a recibir pintura, lo cierto es que ha perdido el esplendor, con una reja protectora y unas plantas ornamentales mustias. Son pequeños detalles que desencantan a los clientes asiduos al lugar y que se pudieran resolver con pocos recursos.

En tierras espirituanas, la situación se presenta de forma similar a la Atenas de Cuba. Alexa, una niña de siete años, al salir cada día de la escuela primaria Julio Antonio Mella de la ciudad del Yayabo, pide que le compren un pan con perro caliente y un refresco. Ante los reclamos de la niña, su madre Sahily le ha explicado que, además de ser insostenible desembolsar 20 pesos diarios, la calidad del comestible no lo amerita.

Con paciencia, también la madre le ha expuesto que no siempre el pan tiene buen sabor, y el lugar de venta, con poca limpieza y confort, no convida a degustarlo.

«Es preferible comprar otra cosa. La mostaza en ocasiones está aguada y el refresco de lata se pierde por temporadas», dice, mientras tomaba a Alexa de la mano para seguir  su camino por frente a la Casa del Perro, ubicada cerca de una de las esquinas más transitadas de la ciudad de Sancti Spíritus.

Quizá por esas razones, según Anabel Martínez Chang, segunda administradora del centro, en el turno de 7:00 a.m. a 7:00 p.m., se expenden poco más de cien panes. En el horario nocturno muy pocas veces venden más de 50 panes con perro.

«Todo está en dependencia de la presencia de refresco y de cerveza, productos con los que no se cuenta de manera frecuente», aseguró. Además, con respecto a la calidad del pan, expresó, ha sido una lucha sin tregua con la Empresa Provincial de Pan y Dulces.

«Hemos reclamado en muchas ocasiones, pues nos percatamos que no llega en óptimo estado. Incluso, los hemos devuelto, y las causas que nos exponen están asociadas a la mala calidad de la harina», prosiguió.

En torno a la situación actual de las Casas del Perro coexisten diferentes realidades en todo el país. Aunque pueden encontrarse casos loables, persisten deficiencias que muestran la involución de un servicio que debiéramos recuperar para bien de muchos.

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