Cabalgata hacia el ocaso

Si a Rafa y a Roger no les hubieran parido en Manacor y Basilea, podría decirse que nacieron en alguna de aquellas singulares localidades del Oeste norteamericano, donde el mayor espectáculo consistía en ver cómo los dos tipos más duros del lugar se debatían pragmáticamente y a balazos

Autor:

Enio Echezábal Acosta

Como dos viejos contrarios, que han nacido para pelearse a servicio limpio, net mediante y raqueta en mano, Rafa Nadal y Roger Federer juegan finales desde hace más tiempo del que pudieran recordar algunos. Veintiuna veces cruzaron remates para decidir un campeonato; la veintidós fue el pasado domingo en Melbourne, con victoria para Federer en tres horas y 37 minutos, para obtener el decimoctavo Grand Slam de su carrera. Veintidós puede parecer así, a la ligera, un número feo, del montón. Dos veces once, u once veces dos, veintidós era un número carente de significado hasta ayer, porque guste o no, lo cierto es que esta vez puede haber sido la última en que se vieran las caras en una final dos colosos del tenis.

Cada vez que chocaron la precisión quirúrgica del suizo y la fuerza de la naturaleza que representa el juego del español, lo hicieron dos personajes que por encima de una superlativa rivalidad, representan la esencia (casi) olvidada de un deporte, y hasta de un mundo, que a ratos se antoja como paralelo.

Si a Rafa y a Roger no les hubieran parido en Manacor y Basilea, igual podría decirse que nacieron uno y el otro en alguna de aquellas escuálidas y singulares localidades del Oeste norteamericano, en donde el mayor espectáculo consistía en ver cómo los dos tipos más duros del lugar debatían pragmáticamente y a balazos, acerca de la insoportable levedad del ser.

Tal vez podrían ambos encajar perfectamente en uno de aquellos sitios, en donde pasarían sus vidas entre atardeceres, fogonazos de pólvora y últimas campanadas, y regresarían cada día de entre los muertos para de nuevo enzarzarse en una lucha sin final, y así seguir hasta que no fueran capaces de reconocer el yo sin la existencia del otro.

También pudiera darse el caso de que un día la escrutadora multitud circundante, cansada de la rutina, y tras percibir en manos de sus campeones los primeros síntomas de flaqueza, se aprestara a retirarse, y dejarlos allí para morir solos de aburrimiento, sembrados en medio de la polvorienta calle principal.

Y justo en ese momento, tal vez se gestara otra vez el milagro —como ocurrió el pasado domingo— de que en esta ocasión, de solo mirarse, Roger y Rafa decidan poner todas sus bazas en la que probablemente sea la última apuesta. Así, al sonar las doce, o la una o las seis del reloj, deslizarán su dedo por el gatillo, y volverán a hacer lo mismo que siempre en la cancha: historia.

Imposible saber que pasará luego de que no se les vea más intentar un revés de fantasía a una mano, o un sprint improbable para salvar alguna de esas diabólicas pelotas al hueco. Yo soy de los que prefieren la idea de quedarme mirando hacia el horizonte, solo para ver allá, al final de la línea, un par de siluetas que se marchan, como Butch y Sundance, cabalgando hacia el ocaso.

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