¿Acabando o empezando?

El mal hábito de fumar puede afectar a las familia desde edades muy tempranas

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Pocos meses faltan para que cumpla cuatro años y ya sabe encender un cigarro. Es la broma familiar, es la hazaña que engendra orgullo. «Mira, mira, le digo que lo encienda y toma la fosforera, sin quemarse, y me lo da. Después se queda mirando y sopla con su boca, como si echara humo. ¡Este niño está acabando!».

¿Acabando? ¡Qué va! Ese niño está empezando a aprender cómo destruir su vida. Ve al padre fumar, oye cómo todos se ríen y aplauden su «proeza», y con certeza crecerá creyendo que fumar es algo bueno y que lo respetarán tanto como a su padre.

Ahora disfruta ver cómo su papá hace círculos de humo y escucha cuando le dice a su madre: «No me pelees más, eso es cosa normal de los hombres», cuando aquella se disgusta por encontrar cenizas en el piso o en las macetas de la terraza. Él también lo asumirá como algo normal.

Luego vendrán, lamentablemente, otros ejemplos que querrá imitar. El maestro o la maestra que sale del aula y ahí, en el pasillo, enciende un cigarro y conversa mientras sus alumnos realizan una tarea orientada... El médico que prende el tabaco justo allí, frente a la consulta, mientras la madre del chico le pregunta sobre el resultado de sus análisis. El chofer de la guagua que mantiene la firmeza del timón solo con la mano izquierda, pues sostiene el cigarro con la derecha. Y su padre, siempre su padre.

Cuando crezca, ese niño será uno de los adolescentes que incite a sus compañeros de clase a fumar. «Dale, yo le cojo una caja a mi papá y te enseño cómo hacerlo». Y los otros asentirán y probarán.

La madre le reprochará el vicio, le pedirá que no lo haga, «porque vas a mancharte los dientes, siempre vas a tener mal olor en la ropa, gastarás mucho dinero en eso, a las muchachitas no les gusta». Él la ignorará. «¿Por qué armas tanto lío si mi papá fuma y estás casada con él?», y ella no encontrará respuesta a la pregunta.

Posiblemente él será de los que no soporte estar más de media hora sin fumar y será incapaz de controlar su ansiedad en un espacio cerrado. Tal vez no tome en cuenta el daño a su futuro bebé, al fumar cerca de su esposa embarazada ni cerca de la cuna cuando ya haya nacido.

Sucumbirá al hábito de fumar una y otra vez porque lo aprendió desde niño y vio en su padre un ejemplo, como en tantas otras cosas. Repetirá tal vez el esquema de aprendizaje con su hijo y se enorgullecerá con los amigos de la familia cuando les demuestre que «¡este niño está acabando!».

Si al cabo del tiempo su estado de salud le emite señales de alerta, quizá las ignore. «De algo hay que morirse», le dirá al médico, y tratará de justificar sus síntomas y su malestar. «Podía haberlo evitado. Puede intentarlo aún», le dirá el galeno. ¿Cómo?, pensará, si desde que apenas tenía cuatro años aprendió a encender un cigarro sin quemarse.

Es difícil encontrar la dosis exacta de voluntad que necesita para abandonar el mal hábito que lo ha acompañado durante décadas. «Notará el cambio», insistirá el doctor.

¿Cambio? Habría que cambiar la broma familiar, la hazaña que enorgullece, el ejemplo del padre. Entonces, la cadena de sucesos sería otra.

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