El hombre que come vidrios - Cuba

El hombre que come vidrios

Un singular personaje, mediatizado en los últimos tiempos, consume vidrios para complacer a la gente y «refrescarse el cuerpo»

Autor:

Dorelys Canivell Canal

SAN JUAN Y MARTÍNEZ, Pinar del Río.— «El Dirra» come vidrios, así, sin más; por supuesto, no cualquier tipo de vidrio, sino el de los tubos de luz fría, esos que, según él, parecen granizado y le enfrían la garganta.

«Los otros son muy duros y no me gustan. Yo como estos, a veces algún que otro bombillo; prefiero el cristal fino y no como todo el tiempo, sino cuando me entran deseos, estoy sofocado y tengo sed, o si alguien me lo pide.

«Últimamente me han visto varios periodistas», dice, mientras agarra el tubo por un extremo y lo rompe contra el codo. Una pequeña gota de sangre brota de su antebrazo, pero él no lo percibe.

Empieza a morder diminutos pedazos, cada uno con tamaño suficiente para hacer una herida profunda en la palma de la mano o en la planta del pie. El sonido es semejante al crujir de unas chicharritas de plátano.

Continúa hablando y mordiendo el tubo. «¿Así, periodista, o sigo comiendo? Si usted quiere, me trago la lámpara completa». Le digo que es suficiente, que ya tengo bastantes fotos, pero él insiste: «Unos trocitos más y ya, para que después vea cómo pelo el coco con los dientes y lo rompo con la cabeza».

Hace un tiempo de nuestra visita a Disraelis Acosta Vento, quien ha llegado a los 48 años escribiendo pequeños poemas, y pasando su tiempo libre cerca de las actividades de la Casa de Cultura del pueblo.

En 1983 sufrió un accidente al caer de lo alto de un árbol. Las atenciones médicas le salvaron la vida, y desde entonces come vidrios con la misma naturalidad con la que se ingiere un pan.

«Antes yo rompía botellas con la cabeza y no me dolía, como tampoco me duele partir el coco. La gente dice que es porque tengo un platino desde la operación, pero no es verdad, mira». Y con el puño cerrado da unos golpecitos un poco más atrás de la frente para que compruebe el sonido.

De buenas a primeras «El Dirra», como lo conocen en el barrio, saca un coco verde de su mochilita de nailon. Viene preparado a las entrevistas, no sea que a esa hora no aparezcan los tubos y los cocos.

Sin avisar comienza a pelarlo con los dientes, a una velocidad que ni el más sagaz de los guajiros tendría con una guataca para realizar la misma tarea.

En unos segundos el coco está listo, y más rápido aún le da un golpe seco y contundente contra su cabeza. «Apúrate si quieres recoger el agua», exclama, como si una atinara a algo más que a abrir la boca y ahogar un grito ante semejante situación. ¿Acaso no le duele?

Este hombre trabaja desde hace varios años en Servicios Comunales, barre los alrededores del parque de San Juan y Martínez y recorre una buena distancia. A veces le corresponden otros tramos, pero siempre cumple con su deber.

Con mirada noble y humilde afirma que estaría dispuesto a que le realizaran análisis, pues nunca ha tenido que ir al médico por consecuencias para la salud, a causa de su «hábito alimenticio».

Con el interés de conocer sobre otros casos similares al de «El Dirra», JR dialogó con varios especialistas en Gastroenterología del hospital provincial Abel Santamaría, de Pinar del Río.

Todos coincidieron en no tener experiencia con casos de este tipo, ni haber conocido nunca a un paciente que consuma vidrios, aunque refirieron haber escuchado de un señor que en estado de embriaguez mordió el extremo de un tubo de luz fría y que expresó, al igual que nuestro entrevistado, que lo refrescaba.

Por el camino de la ciencia

Haciendo una búsqueda en internet sobre el consumo de sustancias que no son alimentos, encontramos que bajo el nombre de Pica, existe un trastorno que se manifiesta a través de extrañas conductas alimenticias.

Las personas que lo padecen sienten la necesidad de comer cualquier tipo de cosas como madera (xilofagia), tierra (geofagia), heces fecales (coprofagia), papel (foliofagia) y vidrio (hyalofagia), por citar algunos.

Al respecto, Omar López Costales, sicólogo forense del Departamento Provincial de Medicina Legal de Pinar del Río, afirma que la Pica puede estar asociada con diagnósticos como esquizofrenias y enfermedades cerebrovasculares que afectan el sistema nervioso central.

«También se puede encontrar en las embarazadas (los llamados antojos) y en los niños, en estos últimos por costumbre, pues un día comienzan a comer papeles, por ejemplo, y por repetición aprenden a que no es malo, que no les pasa nada y les gusta. En este caso, como no se trata de un trastorno mental, es más fácil de eliminar tal conducta.

«Con las embarazadas ocurre igual. Como mismo tienen el deseo de comer determinado alimento, pueden sentir ansias de llevarse a la boca la pasta dental, pedacitos de jabón, papel, tierra, las flores plásticas de los búcaros…».

El especialista destaca que muchas veces en el caso de los individuos con discapacidad intelectual, esta práctica se encuentra asociada con el factor social, pues la gente, los vecinos, pueden pedirle a la persona que ingiera esas sustancias, y ella entonces lo hace por ganancia.

«Convierte la acción de comer en una sicopatía, y la ganancia pudiera ser reconocimiento, que le presten atención, que sea conocida, que la gente la salude; considera que con ello alcanza determinado estatus en su entorno».

López Costales refiere que quienes padecen de esquizofrenia y tienen Pica, por ejemplo, ingieren las sustancias ante una necesidad imperiosa de hacerlo, o porque le atribuyen poderes y beneficios para la salud.

Mientras la ciencia investiga la Pica sin determinar una causa expresa para ella, los expertos se inclinan por los déficits de hierro y minerales en el organismo, el estrés, y algunos casos pudieran estar condicionados por tradiciones y costumbres de antiguas culturas.

Pero seguro cuando Eduardo Galeano en El libro de los abrazos afirmó: «La realidad es una loca de remate», después de entrevistarse con Trígimo Suárez, machetero ejemplar que sentía pasión por el vidrio y al que después este mismo diario le dedicara una página, no imaginó que en el otro extremo de la Isla, 40 años más tarde, otro hombre tuviera la misma inclinación.

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