Fidel en aquellos días luminosos y tristes

A 55 años de que el mundo estuviera a punto de una hecatombe nuclear, Juventud Rebelde reproduce fragmentos del libro Cien Horas con Fidel, de Ignacio Ramonet en el que el Comandante en Jefe Fidel Castro valora los acontecimientos de la Crisis de Octubre

Autor:

Juventud Rebelde

—Con Kennedy vivió usted, y el mundo entero, una de las más peligrosas crisis internacionales: la Crisis de Octubre de 1962 o Crisis de los Misiles. ¿Cómo juzga usted, 43 años después, aquella situación? 

—Fue un momento muy tenso, y las    lecciones que pueden extraerse de esa crisis son muchas. El mundo estuvo a punto de una guerra termonuclear, como consecuencia de la política agresiva y brutal del gobierno de Estados Unidos contra Cuba y un plan de invadir la isla ya con el empleo directo de las fuerzas navales, aéreas y terrestres de ese país, aprobado aproximadamente diez meses después de la desastrosa derrota que sufrieron en Girón y ocho meses aproximadamente antes de que estallara la crisis.

«(…) Se entra en una discusión bizantina y extraña entre los gobiernos de la URSS y Estados Unidos acerca del carácter ofensivo o defensivo de las armas que se estaban enviando a Cuba. Jruschov aseguró a Kennedy que las armas eran defensivas. Kennedy interpreta que en ese caso no había proyectiles de alcance medio. Pienso que creyó, a su modo, las categóricas informaciones de Jruschov, quien continuó afirmando que las armas eran defensivas, a partir no de un criterio técnico, sino de los propósitos defensivos que sustentaban su ubicación en Cuba. La URSS no tenía ninguna necesidad de entrar en esas explicaciones. Lo que Cuba y la URSS hacían era totalmente legal y con apego estricto al derecho internacional. Debió declararse desde el primer momento que Cuba dispondría del armamento requerido para su defensa. 

«No nos gustaba el curso que estaba tomando el debate público. Envié al Che, Ministro de Industrias y miembro de la Dirección Nacional de las Organizaciones Revolucionarias Integradas, a exponerle a Jruschov mis puntos de vista, incluida la necesidad de publicar de inmediato el acuerdo militar suscrito entre la URSS y Cuba. 

«No logré persuadirlo. La respuesta de Jruschov fue que él enviaría más adelante la Flota del Báltico para desalentar una reacción demasiado fuerte por parte de Estados Unidos. 

«Para nosotros, los dirigentes cubanos, la URSS era un Estado poderoso y experimentado. No teníamos otro argumento para persuadirlos de que la estrategia en el manejo del asunto debía cambiarse, y no nos quedó otra alternativa que confiar en ellos».

—¿Cómo empieza la crisis?

—Los norteamericanos detectan las instalaciones para los misiles entre el 14 y el 15 de octubre. Un avión espía U-2, que vuela a gran altura, toma fotos de unas rampas de lanzamiento. En realidad, es sabido hoy que fue un miembro de los servicios de información soviéticos, el coronel Oleg Penkovsky, quien dio a los norteamericanos el emplazamiento preciso de los misiles que luego el U-2 detecta. Kennedy es informado el 16 de octubre. Seis días después se inició la crisis. 

«(…) Al desatarse la crisis, Jruschov no tenía una idea clara de lo que debía hacer. La primera declaración fue enérgicamente condenatoria de la posición adoptada por Kennedy. 

—¿Qué hace Kennedy entonces? 

—Kennedy había actuado desde varios días antes del estallido de la crisis. El 19 de octubre consulta con el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas norteamericanas, que le aconseja un ataque aéreo masivo sobre las instalaciones de proyectiles. El 20 de octubre, aconsejado por Robert McNamara, Secretario de Defensa, Kennedy decide el bloqueo naval de la isla con 183 buques de guerra, entre los cuales había ocho portaaviones, y 40 mil infantes de marina a bordo de los transportes. 

«A su vez, son concentrados en la Florida 579 aviones de combate y tenían listas cinco divisiones del Ejército, entre ellas las divisiones élite aerotransportadas 82 y 101. La opinión pública norteamericana y mundial ignora aún lo que ocurre en ese momento. 

—¿Cuándo Kennedy informa a la opinión pública?

—Él habla por televisión el 22 de octubre a las 7:00 de la noche. Lo hace por todos los canales del país y con gran dramatismo. Es entonces cuando la opinión mundial se entera de la crisis y de que el mundo está al borde de una guerra termonuclear. Kennedy anuncia que la Unión Soviética debe retirar sus proyectiles o arriesgarse a esa guerra. Anuncia también el bloqueo naval de Cuba para impedir la llegada de nuevos misiles. Ya en ese momento, los soviéticos han arrestado al coronel Oleg Penkovsky y saben que los norteamericanos poseen toda la información. 

—¿Cuándo usted es informado de que los norteamericanos saben?

—Realmente lo adiviné cuando anunciaron ese día 22, de forma espectacular, que Kennedy hablaría a las 7:00 de la noche y observé una serie de indicios adicionales. No podía ser otra cosa que una reacción frente a la presencia de los misiles. Yo había solicitado al mando militar soviético en Cuba que acelerara al máximo la construcción de las rampas de los cohetes estratégicos. Teníamos que estar listos para combatir. Se trabajó día y noche. El 16 de octubre prácticamente ninguna rampa de lanzamiento estaba terminada; el 18 había ocho, el 20 había trece, el 21 ya había veinte. Se marchaba a toda velocidad. 

—¿Qué hicieron ustedes frente a tan gran peligro?

—Como le dije, desde antes de que hablara Kennedy anticipamos el objetivo de su comparecencia, y decidimos declarar la alarma de combate y movilizar hasta el último hombre. Fueron puestos sobre las armas alrededor de 300 mil combatientes con elevado espíritu de lucha. El 23 de octubre hablé por televisión para denunciar la política de Estados Unidos, advertir el riesgo de invasión, movilizar totalmente al pueblo y expresar nuestra disposición de combatir, cualesquiera que fueran los riesgos. 

—¿El bloqueo naval por la armada norteamericana se llegó a hacer efectivo?

—Sí. Ese bloqueo se hizo efectivo el 24 de octubre a partir de las 2:00 de la tarde. Y había en aquel momento 23 navios soviéticos que estaban en ruta hacia Cuba. 

—¿En esa situación, qué hicieron las Naciones Unidas? 

—Tuvo lugar el debate que yo calificaría de bochornoso entre el embajador norteamericano, Adlai Stevenson, y el soviético, Valerian Zorin. Stevenson presentó de manera espectacular ante el Consejo de Seguridad grandes fotos aéreas de las bases de proyectiles estratégicos. El soviético negó la evidencia, negó la autenticidad de esas pruebas. Rechazó el debate. Todo era improvisado, el hombre no estaba preparado para discutir. No ataca, no denuncia, no emplea las poderosas razones que tenía Cuba, país pequeño y agredido, amenazado por la superpotencia, para solicitar apoyo, y la URSS para ofrecerlo, fiel a sus principios y sus deberes internacionalistas.

—Entretanto me imagino que los norteamericanos seguían sobrevolando Cuba, ¿no? 

—Continuaron sobrevolando y se les permitía hacerlo impunemente, a pesar de las baterías de cohetes antiaéreos previamente instaladas para evitar precisamente eso, el espionaje abierto y descarado sobre el territorio nacional, observando cada detalle de nuestra defensa. 

«Ellos seguían enviando sus aviones espías U-2, y empezaron también a hacer vuelos de reconocimiento, incluso a baja altura. Nosotros decidimos disparar contra los aviones norteamericanos que volaban rasantes. El vuelo rasante no se podía detectar entonces, y facilitaba un ataque por sorpresa.

«(…) El 27 de octubre, una batería de cohetes antiaéreos SAM en la provincia de Oriente, manipulada por los soviéticos, dispara y derriba a un avión espía  U-2. Se produce entonces el momento de máxima tensión. Muere el oficial norteamericano Rudolph Anderson, piloto del avión espía. Ese hecho era la prueba de que prácticamente se estaba ya combatiendo. En cualquier momento podía producirse un nuevo incidente que desencadenara la guerra. Y permítame repetirle que aquí la gente estaba serena». 

—¿Usted pensó en algún momento que la guerra era inevitable?

—Mire, era un momento muy tenso. Nosotros mismos creíamos que era inevitable el conflicto y estábamos decididos a aceptar ese riesgo. No nos pasaba por la mente la idea de ceder ante las amenazas del adversario.

—Pero los soviéticos cedieron.

—En ese momento de máxima tensión, los soviéticos envían a Estados Unidos una proposición. Y Jruschov no la consulta con nosotros. Proponen retirar los misiles, si los norteamericanos retiran sus cohetes Júpiter de Turquía.     Kennedy acepta el compromiso el 28 de octubre. Y los soviéticos deciden retirar los cohetes SS-4. Aquello nos pareció absolutamente incorrecto. Ocasionó mucha indignación. 

—¿Tuvo usted la impresión de que el acuerdo se hacía a espaldas de ustedes?

—Nosotros nos enteramos por vía pública de que los soviéticos estaban haciendo esa proposición de retirar los proyectiles. ¡Y no se había discutido en absoluto con nosotros! No estábamos en contra de alguna solución, porque era importante evitar un conflicto nuclear. Pero Jruschov tenía que haber dicho a los norteamericanos: «Hay que discutir también con los cubanos».  Careció en ese instante de serenidad y firmeza. Por una cuestión de principios debieron consultar con nosotros. 

«(…) No he querido narrarle pormenorizadamente todos los pasos que dimos en aquella crisis, pero no sería posible comprenderlos en toda su magnitud política, moral y militar si no se conocen las cartas intercambiadas entre Jruschov y yo en aquellos días».

Fuente: Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet, editado por Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, Tercera edición, La Habana, 2006.

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