La gatica de María Ramos

En los preparativos, la superioridad técnica de los medios y las acciones militares del enemigo en Girón, estuvo bien comprometida la CIA y el gobierno de Estados Unidos que, como en tantas ocasiones, asumió el bochornoso y despreciable papel de actuar «tirando la piedra y escondiendo la mano»

Autor:

Luis Hernández Serrano

Nunca como en Girón se vio escondida en la penumbra de los documentos confidenciales de las oficinas de Langley, en Virginia, Estados Unidos, la mano ensangrentada de los imperialistas yanquis.

Entrenaron a un ejército mercenario con un elevado rigor y hasta con medios sofisticados, como el sombrero-mosquitero, para protegerse el rostro de las molestas picadas de estos y de otros insectos, pero bajo la divisa de que todo era una cuestión entre cubanos, donde no se supiera que ellos estarían detrás de la invasión.

Tenían a su disposición, para cuando fuera necesario, buques, portaviones, aviones de guerra, blindados y hasta marines regulares de Estados Unidos.

El desembarco estaba inspirado en la operación anfibia más compleja de toda la guerra del Pacífico: el famoso asalto de Okinawa y el de Inchón, en Corea del Norte. Allí los norteamericanos se habían tenido que enfrentar a costas sin puertos, donde los puntos de desembarco eran playas. Pero a diferencia de las playas de Okinawa, infectadas de los siempre temidos «nidos de ametralladoras», Bahía de Cochinos se encontraba prácticamente desguarnecida.

De acuerdo con otros artículos publicados con anterioridad en estas mismas páginas por este autor, la flotilla que condujo al ejército invasor mercenario estaba compuesta por cinco buques mercantes que llevaban 36 lanchas de aluminio de 18 pies de eslora y motor fuera de borda. Además, dos buques de desembarco de infantería LCI como escoltas, tres barcazas de desembarco para múltiples usos LCU y cuatro para el desembarco de personas y vehículos LCVP, además de cinco tanques de guerra Walter M-42, trasladados hasta cerca de la costa por el buque dique de desembarco LSD San Marcos, que llevaba mercenarios entrenados en la isla de Vieques, en Puerto Rico.

Traían 11 camiones de 2,5 toneladas, con ametralladoras de 12,7 milímetros, 30 morteros de 81 y 106,7 milímetros, 18 cañones sin retroceso de 57 milímetros y cuatro de 75, 50 bazucas, nueve lanzallamas, 46 ametralladoras 50 y 30, 3 000 fusiles y subametralladoras M-1, ocho toneladas de altos explosivos, 38 000 galones de combustible para los vehículos, 17 000 galones para aviones, 150 toneladas de municiones, y 24 000 libras de alimentos y suficiente agua potable.

Portaban además 700 cohetes aire-tierra, 500 bombas de fragmentación, 300 galones de aceite para avión, 20 toneladas de municiones calibre 50, diez jeeps de un cuarto de tonelada, un camión cisterna de cinco toneladas, un tractor, una grúa tractor, 13 remolques y otros medios.

El coronel Jack Hawkins informó al director de Planes de la CIA, Richard Bisell, que la Brigada estaba bien organizada; su armamento era más pesado y sus equipos superiores en algunos aspectos a los de las unidades de infantería de Estados Unidos. «Los hombres han recibido un entrenamiento intensivo en el uso de las armas, que abarca una experiencia en el tiro, superior a la que normalmente adquieren las tropas estadounidenses».

La Fuerza Aérea Táctica de la Brigada 2506 poseía 16 bombarderos de ataque B-26, seis C-46 y seis C-54 para arrojar a los paracaidistas. Esa Fuerza Aérea contaba con 61 pilotos de origen cubano, al frente de los cuales estaba el coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Stanley W. Beerli.

 Precisamente, para acudir de inmediato en ayuda del gobierno provisional, encabezado por José Miró Cardona, había una agrupación naval yanqui en las aguas de Islas Caimán, al sur de la zona del desembarco mercenario, compuesta por estas unidades: el portahelicópteros de asalto anfibio LPH-4 Boxer, que transportaría a un batallón de infantería de la Segunda División de Infantería de Marina; el portaviones CVS-0 Essex, con 40 aviones de combate; los destructores DD-507 Conway, DD-756 Murray, USS-Wailer, USS-Cony; DD-701 Eaton, que encabezó la flotilla de la invasión desde Puerto Cabezas hasta Bahía de Cochinos, y el portaviones CVA Shangri La, con capacidad para 70 aviones.

Como si fuera poco, en los mares de la Florida, cerca de la isla de Bimini, estaba fondeado el buque de mando GCI Northampton, a bordo del cual se hallaba el comando de la Segunda Flota del Atlántico. Desde él se había dirigido el empleo de los destructores y submarinos en misión de protección y escolta de la flota invasora desde Nicaragua hasta la zona de desembarco.

Todo lo que tenía que hacer la brigada mercenaria era ocupar y mantener una cabeza de playa. El resto lo ponía también la CIA, a nombre del Gobierno de Estados Unidos, aunque este quisiera «tirar la piedra y esconder la mano».

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