Al ritmo de tope… se baila mejor

Ante la difícil situación de la agricultura villaclareña tras las lluvias del pasado mayo, se recurrió al tope de los precios en los mercados de oferta y demanda. JR investigó sobre el tema y comparte su parecer

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— La gran cola para adquirir viandas, hortalizas, granos y carnes en los mercados agropecuarios, y los de oferta y demanda, todos rebosantes de clientes, retratan la buena y menguada ventura de los bolsillos: unos tienen para sufragar los altísimos precios y otros están necesitados de estirar al máximo sus dineritos.

Esa sencilla estampa prevalece, desde hace rato, debido a la endeble economía doméstica de muchísimos, pero tampoco  se abandonó a la gente a la pura suerte de tener mucho o poco en las billeteras, sino que el sector estatal ha mantenido ofertas más asequibles en sus mercados agrícolas, un alivio salvador.

Ahora, ante la difícil circunstancia de la agricultura por los fenómenos atmosféricos, se recurrió al tope de los precios en los mercados de oferta y demanda, nombre inexacto, de arriba abajo, porque todos los concurrentes coinciden con los mismos precios en las diversas mercancías. En última instancia deberían llamarse mercados de precios de monopolio.

Habla la calle

Resulta obvia la satisfacción de los consumidores por el frenazo a la desmedida alza de los precios de los productos. En realidad hoy los mercados de oferta y demanda, puntos de venta y carretilleros comercializan, con sus bajas y altas, viandas, granos y condimentos; los más escasos resultan los vegetales y las frutas.

Para la jubilada Laura Martínez constituye un respirito, «porque, ¿sabes?, para mi chequera no vaya a creerse nadie que son tan bajos. Pero, bueno, ahora hay más consideración».

«Nunca debieron autorizar que los vendedores pusieran los precios a su antojo. ¿Por qué no se los establecieron sobre un margen razonable de ganancia? —enfatiza Julio Díaz. Y remata: No aseguro que sean todos, pero a muchos lo que les interesa es solo el enriquecimiento a como dé lugar».

De otra manera piensa Beatriz Rodríguez, quien alega que las tarimas están bastantes desoladas de mercancías y la carne de cerdo desaparecida. Siempre que topan pasa lo mismo. Entonces, ¿qué se resuelve, si faltan los productos o duran muy poco?

Tampoco es así exactamente. Según Miguel Valgas Arrechabaleta, administrador en funciones del mercado de oferta y demanda de Buen viaje, aunque han mermado los productos se mantiene un nivel de oferta.

Cuando indagamos de cuáles precios topados se quejan más los concurrentes, mencionan los de la malanga, el boniato, el plátano fruta, la yuca, la harina de maíz y el cerdo. Y, consecuentemente, afirma este redactor, son los que más escasean, mientras el cerdo desapareció de las tarimas.

Muchos concurrentes opinan que no se deben bajar a tal extremo los precios, que provoquen la desaparición de las mercancías. Esgrimen, como ejemplo cimero, que las cuantías a que pueden comercializar el cerdo no les darían utilidades. Aquí se puede esgrimir aquello de «¡Eso habría que verlo, compay!».

Porque resulta que la concepción que asumen, por lo general los negocios particulares, se basa en lograr amplias ganancias, mientras más, mejor. Y como no existe ninguna regulación oficial para fijarles un margen, ¡allá va eso!

En el caso específico de los mercados de oferta y demanda, las mercancías antes de llegar al mostrador pasan por más de un intermediario. Los hay que compran al por mayor y luego venden a los que van a comercializar. Y esa armazón de un escalón a otro se mueve a golpe de pesos contantes y sonantes, que luego paga el consumidor.

Bajo presión

Para tratar de evitar la violación de los precios topados, decretado por el Consejo de la Administración Provincial, lo primero fue explicarles a los vendedores el porqué y las medidas que se aplicarían ante los quebrantamientos.

Se reforzó también el andamiaje para el control, en el que participan la Dirección de Inspección y Supervisión Integral, los ministerios del Interior, Comercio, Trabajo y Seguridad Social y la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, que cubre todos los municipios.

Bienvenido todo lo que ayude a detener la impunidad, pero un papel esencial deben desempeñar las administraciones de los mercados de oferta y demanda para evitar las transgresiones.

El control en esos lugares sí funciona como debe ser, y se logra de manera expedita en comparación con los carretilleros que deambulan a cualquier hora por diferentes zonas, por lo que la verificación sobre cómo actúan se hace más complicada.

No obstante esa realidad, desde que se toparon los precios se les ha ocupado la licencia a 25 de aquellos por violaciones de precios y no tener el listado de estos expuesto como se exige, confirmó Reynaldo Oms Pairol, jefe de la Dirección de Inspección y Supervisión Integral en Villa Clara.

A estos eslabones sueltos que andan, por aquí o por allá, piensa el redactor, se les debió otorgar una patente para vender solo en punto fijo. Así se podía tener un mayor control sobre esa forma de comercialización, pues hablando en plata tienen fama, y bien ganada, de ser, por los general, los más abusivos en los precios.

Siempre hay quienes quieren «meter el pie», y en ocasiones lo logran, pero lo trascedente resulta que sean excepciones y nunca regla, como por lo general ocurre.

En definitiva, al ritmo de tope… bailan mejor los consumidores y también se les cierra con más ahínco el cerco a los transgresores, una experiencia que se debe tener en cuenta para cuando las aguas vuelvan a su nivel, aunque lo mejor sería legislar para establecer márgenes oficiales de ganancia de cualquier tipo de actividad comercial, una práctica, por demás, con sello internacional.

Llover sobre lo mojado 

Vuelvo sobre lo expuesto en otras oportunidades en estas mismas páginas porque, por desdicha, lo escrito nada tiene de antiguo y mantiene una lozanía relevante.

En una entrevista publicada en JR bajo el título ¿Cómo sortear los «extremos» del tiempo?, el Doctor Sergio Rodríguez Morales, director del Instituto Nacional de Investigaciones de Viandas Tropicales (Inivit), razonaba sobre qué hacer para enfrentar lo mejor posible los eventos extremos naturales en los que se mueve la agricultura: intensa sequía, excesivas lluvias y huracanes.

Tras afirmar que paradójicamente no siempre concretamos lo que sabemos, ejemplificaba: en ocasiones la yuca y el boniato se siembran en terrenos bajos, y cuando ocurren fuertes lluvias se dañan. Sin disponibilidad de suelos altos, con buen drenaje, necesariamente hay que plantarlas sobre canteros. De este modo el surco se convierte en el desagüe natural.

A la malanga la calificó como un cultivo estratégico para mitigar el efecto de los huracanes o las intensas precipitaciones. Salvo en aquellos lugares en que se encharque el agua, por mucho que llueva si posee un buen cantero nunca se pudre.

Además, resulta necesario extender más la siembra de ñame, que junto a la malanga, conservados al fresco, duran meses después de extraídos de la tierra. La yuca tiene la particularidad de que se puede conservar en el mismo terreno y el boniato dura cerca de un mes.

Sin dudas también para proteger mejor  las cosechas en terrenos bajos hay que mejorar los sistema de drenaje, y volver a proteger al plátano con las cortinas rompevientos, que en Cuba ya se utilizaron, con el empleo, incluso, de plantas frutales. ¡Entonces no estamos tan desamparados!

¿Desamparados?

Sequía aparte, que también exprime con inusitados bríos de vez en cuando, nuestra agricultura está durante casi seis meses, del 1ro. de junio al 30 de noviembre, bajo un peligro perenne del azote de huracanes o de intensas lluvias por otras situaciones meteorológicas.

En lo que respecta a la agricultura resultan peligrosísimos los meses de junio, julio y agosto, debido a que pueden originar un daño superior a si ocurrieran en septiembre, octubre y noviembre. Por lo general, en los tres primeros meses mencionados se pueden aprovechar menos las cosechas perjudicadas, porque hay mucho plátano tierno, la yuca está en desarrollo y por donde pasan los vientos y las lluvias acaban con los frutales, incluidos el aguacate y el mango.

Esa circunstancia inherente a nuestra posición geográfica presupone cavilar variantes en la estrategia de siembra y de los lugares más apropiados para determinado cultivo para, al menos, tratar de esquivar los contratiempos atmosféricos lo mejor posible.

Tampoco siempre se logra en realidad. Falta, sencillamente, aplicar lo sabido, como diversificar las variedades de plantas en las producciones agrícolas que por sus cualidades garanticen la producción en períodos de contingencias naturales.

En tal sentido se deben aprovechar las condiciones de cada lugar teniendo en cuenta las necesidades y potencialidades locales; en otras palabras, el programa de autoabastecimiento municipal.

Cada vez que viene un aluvión, el trancazo a las cosechas resulta proverbial, y muchas terminan perdidas o dañadas seriamente, como si no existiera ninguna alternativa que hiciera menguar ese efecto.

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