Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Sacudidas en Andorra

Las historias de un médico cubano que salva vidas en el Principado europeo estremecen y dibujan perfiles humanos de nuestros profesionales de la salud

Autor:

Osviel Castro Medel

Cuando solo tenía nueve años, Obilagilio Mendoza Acosta sintió una punzada terrible en el centro del alma: su madre había fallecido.

Tal episodio, que apenas desea pincelar hoy, lo impulsaría a la postre a convertirse en un gladiador contra las enfermedades.

«Ella se llamaba Gilberta Acosta Lora. Padeció muchos problemas de salud, y al ver cómo fue su final dije que me dedicaría a la Medicina», relata 26 años después de aquel suceso tremendo.

«Pero fue un camino difícil: era el sexto de siete hermanos, vivíamos en pleno campo, en Papi Lastre, municipio granmense de Cauto Cristo. Mi papá, Armando, que trabajaba bien duro la tierra, tuvo que luchar para educarme y hacerme crecer».

Tal vez ahora mismo, en medio de la nostalgia que gravita en su corazón por saberse en el lejano Principado de Andorra, precisamente salvando latidos de mujeres y hombres, pasen por su mente en rápida retrospectiva los malabares que debió hacer su progenitor para asegurarle modestamente la logística cuando estudiaba en el Instituto Preuniversitario Vocacional Silberto Álvarez Aroche, de Bayamo; las noches quemándose pestañas en la Filial de Ciencias Médicas de la Ciudad Monumento; los rostros tiernos de Yaniuvis y Hadassa, sus hijas amadas.

En la distancia, los recuerdos suelen aguijonear con mayor fuerza y los seres adorados arrancan más fácilmente las lágrimas. Por eso no es difícil adivinarle la conmoción interior a este especialista en Medicina Interna, cuando dice que Yaniuvis, la mayor de sus nenas, cumplió 15 años el 30 de marzo, «dos días después de yo llegar aquí», una razón que acrecienta el deseo de abrazarla.

Hadassa apenas tiene dos meses, y si algo extraña el padre en las obligadas horas de meditación es el llanto de ella en la madrugada o su olor de princesita que comienza a espigar.

Desde la parroquia de Andorra la Vella (Andorra la Vieja, una de las siete de esta pequeña nación de unos 77 000 habitantes que hablan el catalán y el castellano), ha recapitulado los dilemas que originó la partida de su hogar, situado en el reparto bayamés Siboney; y se ha visto lidiando contra tristezas lógicas y preocupaciones familiares que no recompensa ningún posible incentivo material.

Es cierto que ya vivió casi cuatro años lejos de los suyos, cuando cumplió misión internacionalista en Venezuela (2013-2017), pero los riesgos de entonces y la situación doméstica no tienen comparación con el presente.

Sin la determinación de su esposa, Rosali Sánchez, horcón de la familia, quien ha sabido campear las necesidades cotidianas, probablemente hubiera sido imposible este viaje a un país europeo «desconocido», situado en la cordillera de los Pirineos, entre España y Francia.

En su primera llamada, emocionado, contó la escena que dio la vuelta al mundo: «Al salir del aeropuerto de Madrid todos los taxistas comenzaron a aplaudirnos y a sonar el claxon de los autos para mostrarnos su apoyo y admiración».

Obilagilio también habló, sin esconder la sorpresa, de la pareja de compatriotas residente en Andorra que a las 2:00 de la mañana esperaba a los 39 integrantes de la brigada médica cubana en el lugar donde se alojarían, con la bandera de la estrella solitaria en las manos.

Tres días después le narró a su familia otro episodio estremecedor: Alrededor de las 8:00 p.m., una hora antes del anochecer —porque en aquella latitud oscurece sobre las 9:00 p.m.—, unos vecinos colocaron altavoces en los balcones para amplificar el Himno Nacional de Cuba y «fue como si me inyectaran una dosis de adrenalina, un cúmulo de emociones que me hizo sentir el cubano más orgulloso de su tierra», confiesa.

Ha tenido, por supuesto, conversaciones telefónicas más tensas, vinculadas con el miedo —humano al fin— que siempre surge en situaciones de peligro. «Es verdad que uno piensa en la posibilidad de contagiarse; eso nunca desaparece, y la única manera de enfrentarte a esto es cumpliendo estrictamente todas las medidas de bioseguridad».

Una de las vivencias que lo sacudió estuvo relacionada con un paciente «que no se cansó de apretar mis manos enguantadas y agradecer nuestra presencia aquí». La vibración interna aumentó cuando esa persona se recuperó y recibió el alta médica.

No menos impactante fue la historia de Felisa, quien pasó 25 jornadas hospitalizada, muchas de esas con diagnóstico reservado, hasta que empezó a mejorar clínicamente.

«Todos los días pasamos visita desde las 8:00 de la mañana hasta el mediodía, y en la tarde nos dedicamos a llamar a cada familia e informarle sobre la evolución del paciente. Cuando le dije a la hija de Felisa que su mamá comenzaba a recuperarse me respondió con la voz entrecortada que tenía que conocerme cuanto antes y debía agradecerme en persona lo que estábamos haciendo por su familiar».

No han faltado, en estos días complejos, las miradas a través de las ventanas para contemplar las elevadas montañas de Andorra, que le hacen evocar de algún modo su primer viaje al Pico Turquino, cuando tenía 17 primaveras. Tampoco han sobrado las sesiones de ejercicios en el gimnasio después de las 6:00 p.m. —hora en que regularmente concluye su jornada—, porque ante la COVID-19, «una enfermedad que algunos vencen en muchos días y otros no», es necesario relajar mente y cuerpo.

«Nuestra brigada presta servicios principalmente en dos centros y dependiendo de las necesidades asistenciales acudo a uno u otro. Ahora estamos atendiendo a pacientes longevos», comenta mediante la red social Facebook.

«La situación epidemiológica ha mejorado muchísimo en comparación con el primer día. Había muchos contagios al principio. Los pobladores y los médicos locales han hecho un esfuerzo enorme y nosotros hemos tratado de estar a la altura del momento», expone con modestia.

Tal vez en el ardor de la satisfacción que provoca apartar de la muerte a incontables personas, Obilagilio dedique muchos de sus pensamientos y gratitudes a sus queridos padres, que lamentablemente no pueden ver su obra porque Armando se despidió de este mundo hace dos años, pero en cualquier lugar en que se encuentren palpitarán llenos de orgullo y amor por el humanismo y la virtud que ha sabido cultivar su hijo.

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