Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

¿Que cómo fue 1965?

Desde la necesidad más íntima y sentida, la periodista Elsa Claro, fundadora de Juventud Rebelde, compartió recientemente en el sitio web Cubadebate una emotiva remembranza de aquellos primeros años en esta Casa del periodismo cubano, que el próximo 21 de octubre arribará a sus cinco décadas y media. Justamente, por estos días de celebración, hacemos nuestras tan conmovedoras líneas

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Juventud Rebelde

Lo registro como uno de esos años que dejan huella. Comenzó un viernes aunque pronto trajo lunes, miércoles y jueves notables. Cuando el  21 de octubre Fidel anuncia la creación de un nuevo diario y en el mismo acto la muchedumbre opta por el nombre de Juventud Rebelde, modificando las dos propuestas que el Comandante en Jefe trajo al acto, quedaban detrás diez meses múltiples y vigorosos.

Los registros de eventos internacionales notables colocan al 22 de junio como el primer bombardeo de Estados Unidos sobre el norte de Hanói durante el episodio más violento de aquella etapa. Así se comprueba el 15 de octubre cuando ocurre una gran manifestación de estudiantes que luchó por concluir la guerra en Vietnam. Introdujeron ese día la quema de la tarjeta de reclutamiento, acto repetido a partir de este hecho en las más significativas protestas ocurridas en todos los anales de Estados Unidos.

«En aquella etapa se experimentó de forma inusual. Hubo aciertos y pifias», cuenta una de las fundadoras de la gran casa azul. Foto: Roberto Garaicoa

Aquí, poco antes, la zafra de los 6 millones de toneladas de azúcar, (se concluyeron a «las 12 horas, 16 minutos y seis segundos del día de hoy», precisó Fidel en el acto pertinente el 7 de junio en Las Tunas, donde terminó aquel hito exitoso en la vida productiva nacional). En su lapso se perfeccionaban las alzadoras y combinadas cañeras. Una novedad que daba inicio a otras transformaciones tecnológicas para ayudar a los trabajadores y aumentar las capacidades productivas en esa agroindustria.

A tales efectos vinieron a Cuba 40 ingenieros soviéticos y 250 komsomoles. Los vi en pleno mediodía, sentados en la tierra, buscando amparo en las frágiles gramíneas mientras almorzaban abrumados por el intenso calor. «Nosotros no les pagaremos a los soviéticos la ayuda que ellos nos dan. La cadena de la historia es larga y continua. Nosotros lo que hemos recibido de ayuda técnica, se lo pagaremos a otros pueblos; la deuda de gratitud que tenemos con la humanidad, nosotros la saldaremos también algún día en la medida de nuestras posibilidades y nuestras fuerzas ayudando a otros. Y así, los que hoy nos han ayudado, han ayudado también a otros pueblos. Es como el que siembra una semilla, que fructifica…». Avanzadas ideas, absolutamente cumplidas por el Jefe de la Revolución Cubana, dichas al despedir a ese pequeño contingente amigo.

Dando saltos sobre muchos sucesos llega al 3 de octubre con su múltiple valor histórico al anunciarse el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba, la emocionante carta del Che leída en esa velada, y el anuncio de la creación del diario Granma, que reuniría a partir de ese momento a periodistas y demás trabajadores de los periódicos Hoy y Revolución. El nuevo rotativo se instaló en el edificio de Territorial y General Suárez, construido especialmente para ese fin entre 1957 y 1958, ocupado desde entonces y hasta 1965 por La Tarde y Revolución.

El personal de La Tarde, incluyendo su equipo administrativo, se uniría a los de la revista Mella unos 18 días más tarde, dando inicio a la existencia del medio representativo de la juventud, pero con alcance y contenido variado, integrador. Hereda el carácter de vespertino que tuvo La Tarde.

Fue un tabloide, después en gran formato (o sábana se le decía) como los restantes. Pasaría tiempo antes de volver a ser tabloide. Recuerdo a Juan Ayús, jefe de Diseño, explicando las bondades del tamaño original, pues con él sería factible leer una parte de su contenido por personas en el transporte colectivo, al regreso de sus labores. Pensaba, supongo, en el desplazamiento en un metro, posible y deseado en la Isla, pero nunca materializado. Demasiada hostilidad externa y circunstancias naturales de un proceso transformador lo impidieron.

El diseño, precisamente, fue uno de los factores distintivos de Juventud Rebelde. Desenfado y formalidad se unieron para ofrecer una fachada visual infrecuente para la prensa plana de entonces. Esa característica llevó en algunos momentos a usar titulares que tomaban casi la mitad de la primera página y, con el tiempo, a usar perfume, mezclado con la tinta de impresión, por motivos como el Día de las Madres.

La primera etapa de JR fue muy interesante, pero algo desajustada. Los integrantes de esta Redacción provenían de pautas muy distintas (un periódico y una revista) y además, se adoptó en ese tránsito, a informadores ocasionales, que no pasaron la prueba del tiempo. Por fortuna teníamos a profesionales  experimentados, como Enrique Lagarde y Orestes Cabrera, que, con otros, tenían la pericia del oficio y una destreza organizativa, avalada por una larga práctica. Fueron sustituidos pronto por otros, con mayor o menor ventura.

En aquella etapa se experimentó de forma inusual. Hubo aciertos y pifias. Para ilustrarlo, valga recordar que en una primera etapa se eliminó el cierre (algo sagrado en cualquier publicación) y se declaró a JR en alerta permanente. Una idea bonita pero poco conveniente que no tardó en perecer.

Entre los varios directores de la publicación se destaca el segundo en asumir esa responsabilidad, Félix Sautié Mederos, quien se hace cargo de disciplinar el desempeño de la publicación y da vía ancha a los temas de diseño (JR llega a convertirse prácticamente en una escuela de esa especialidad) en sintonía con Ayús. Entre sus múltiples aciertos estuvo coadyuvar a la creación de El Caimán Barbudo, en su origen con carácter de suplemento cultural.

En las páginas de JR y los humorísticos El Sable o el DDT, (ambos con propia y muy destacada talla), se hicieron trabajos críticos relevantes. Igual ocurre con El Caimán..., donde desde su perfil acomodó lidias no menos importantes.

La más sonada fue a partir de una encuesta hecha por el mensuario preguntando a distintos escritores su criterio sobre el éxito de La pasión de Urbino, novela de Lisandro Otero agotada con inusual rapidez en las librerías. La respuesta del poeta Heberto Padilla dio pie a una riposta no exenta de precisiones ideológicas, pues el encartado utilizó la oportunidad para exponer controvertidas opiniones alejadas del tema sujeto a examen.

Como miembro del equipo encargado de los temas culturales (página 5) viví con intensidad inolvidable ese tiempo, sus fuertes contextos y el ímpetu modificante y creativo —no exento de errores— suscitados en la etapa. Fui miembro del primer consejo de redacción de El Caimán Barbudo, por lo cual me precio de tener la doble condición de fundadora de JR y de ese órgano cultural que tuvo, en su origen, una tirada de 80 000 ejemplares y constituyó tanto en ideas como en imágenes (las ilustraciones de José Luis Posada, por ejemplo), un recurso expresivo para jóvenes talentos y una de las vasijas donde se conserva la vida intelectual de un tiempo azaroso y entusiasta. Estuvieron en esa brega voces muy autorizadas. Algunas —todavía muy jóvenes en aquel momento— se dieron a conocer a través de este medio que después se asume en estado independiente.

Trabajé durante 21 años en JR y decir que fue una escuela para mí, resulta una expresión demasiado trillada para aquilatar su valía. Si en La Tarde fui reportera en temas económicos (por eso las experiencias con la zafra del 65) desde ese año comencé a desempeñarme en temas que solo conocía como espectadora. Convertirme en crítica de temas culturales fue transformante y retador. Me dio la posibilidad de entrevistar a destacadísimas personalidades cubanas, de habla hispana en general o representantes de otras latitudes.

A través de los concursos organizados por la Uneac o los eventos tutelados por la Casa de las Américas, (festivales de teatro, certámenes de literatura o plástica) tomé contacto con escritores, cineastas o pintores destacados. Hubo eventos de relieve señalado, como el Congreso Cultural de La Habana. Tan significativo que guardo mi credencial todavía. Y se explica porque pocas veces se reunieron en un mismo sitio tantos afamados intelectuales del mundo y los cubanos. Lástima que tan bella y apasionada conjunción de opiniones se quedara en la epidermis de los propósitos.

Siempre digo que el trabajo reporteril aporta riquísimas experiencias útiles en esta profesión, pero adentrarse en una especialidad foguea de modo sobresaliente. Lo supe sobre todo después, al entrar en el análisis de temas internacionales, una de las esferas más exigentes del periodismo.

Pero no me pesa haber transitado hasta por una columna sobre educación infantil, Mini-Siquis, pues me procuró satisfacciones que no se logran en este ir y venir, dejando anotados pedazos de vida propia y ajena. La cantidad de cartas enviadas por los lectores, ver los recortes con algunas crónicas pegados en la pared junto a teléfonos públicos, fueron un estímulo hermoso.

Pero encontrarme en medio de desafíos tan extraordinarios como las últimas elecciones de la RDA, meses antes de la anexión (se están cumpliendo 30 años ahora) o el curso de la Perestroika a finales o inicios de los 90 o las elecciones en la Rusia en el 96, cuando estuvo a punto de ganar el Partido Comunista; participar como apasionado espectador y testigo de esas y tantas impactantes realidades, avizorar su influjo sobre la humanidad, dando criterio público, fue, es, de esos acontecimientos imborrables que reconfirman la especialidad elegida.

Al cabo, cuando se cumplen cinco décadas y media de aquellos instantes fundacionales, se hace necesidad íntima significativa un repaso a medias de ese transcurso y lo mucho que dentro de una nos dejó.

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