Guardianes de piedra

Autor:

Randol Peresalas

Creo oportuno hablar ya de El guardián de la piedra, la serie que transmite Tele Rebelde. Y es que a pesar de la sana insistencia de muchos lectores, era prudente dejar que dicha propuesta avanzara, resolviera.

Desde estas mismas páginas aplaudí el esfuerzo de su equipo por renovar el espacio de Aventuras y retomarlo con la perspectiva adecuada —o sea: una buena historia, llena de acción y con un mensaje trascendental—, a la vez que cruzaba los dedos para que fuera consecuente con productos anteriores del mismo corte —aquellos de mayor éxito—, más allá de mitificaciones inevitables. Sobre lo primero, no he variado mi criterio; sobre lo segundo, sí.

En favor de la serie es importante señalar un valor cardinal: entretiene. Y eso no sabe hacerlo cualquiera. Su director y guionista, José Víctor Herrera, no temió recurrir a fórmulas probadas, donde es esencial mantener la dinámica del relato, mediante la inserción de múltiples puntos de giro. Si de algo puede vanagloriarse este realizador —y lo digo con entera responsabilidad—, es de una imaginación poderosísima; porque también, si de algo carecen muchos guiones similares, es precisamente de capacidad de fabulación.

Sin embargo, la producción sepultó ese valor.

La falta de rigor en todos sus reglones es pasmosa, y particularmente deficiente en el trabajo con los actores. ¿Cómo se argumenta el hecho de que confluyan tantos improvisados en un elenco? Es penoso decirlo, pero algunos de los seleccionados, por no decir la mayoría, carecen de las más elementales condiciones para actuar frente a una cámara. Tal así es, que solo me arriesgo a darle crédito a Mariela Bejerano, quien, a mi juicio, es la única que está a la altura de su papel.

Este problema se evidencia desde la escritura misma. El diseño de personajes es un tanto esquemático, muy inclinado a lo físico y prácticamente nada a lo psicológico. Dada la prominencia que tienen en la trama, Sandor y Urana resultan las víctimas más lamentables de ese trazado. Hacía tiempo no se veía una pareja de villanos tan desabrida, tan falta de objetivos más elevados, aunque estos provengan del mal.

Otro elemento que echa por tierra cualquier tipo de identificación con el público, es el relacionado con la probabilidad. Toda obra de ficción, por muy lejana de la realidad, debe respetar la verosimilitud, que, en absoluto, es sinónimo de veracidad. Toda ficción inventa un mundo posible, como dirían algunos teóricos, en el cual fluctúan, se entrecruzan los hechos, y donde los personajes cumplen roles de acuerdo con las posibilidades «reales» de ese universo. Pero imaginación no quiere decir desmesura; la cuestión no radica en que «todo es legítimo», porque no, no todo lo es.

El guardián... es una historia donde la abundante imaginación quedó completamente estropeada. Locaciones improbables, falsas, minadas por una publicidad chata y en extremo reconocible, dan la medida de una invalidez intelectual que asusta. No hubo seriedad en cuanto a fundar un espacio geocultural lógico, con sus atributos e identidad definida. Saimanda es un lugar insólito, que ni en el mejor relato de J.R. Tolkien, es posible.

Por otro lado, no porque la TVC carezca de tecnología avanzada, es conveniente justificar manifestaciones de mal gusto. El trabajo de trucaje es muy primitivo, y para colmo, chapucero. ¿Recuerdan ese lamentable efecto «especial» cuando Sandor recrimina a Urana por lo que esta le hizo a Madame Lulú, y la reina monta en cólera? Ese es tan solo un ejemplo de cuán regresiva ha significado esta serie en un espacio tan sensible, cuyo mal uso pone al borde del ridículo.

Además, las escenas de lucha —imprescindibles en este tipo de producto—, requerían no tanto de entrenamiento, como de pericia a la hora de grabarlas. Resultan demasiado encartonadas, poco creíbles y excesivas. En un solo capítulo, más de la mitad puede pertenecer a una trifulca menor, intercalada torpemente con otras situaciones. Todo parece indicar que se busca dinamismo a ultranza, sin tener en cuenta que una edición fragosa, como la que muestra El guardián..., no es capaz por sí sola de conseguir ritmo. Este proviene del interior de las escenas, no de su fragmentación.

Estoy convencido de que de buenas intenciones estuvo lleno este proyecto. Y es una pena, porque a la larga su ineficacia no solo repercute en el prestigio de sus realizadores, sino también en el del maltratado espacio de Aventuras. La piedra que mostraron sus creadores, cual símbolo de reverdecimiento y lucidez, se vio sola y abandonada. Quienes debieron protegerla, terminaron siendo más rígidos e inexpertos que ella.

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