Recibe poetisa cubana Distinción por la Cultura Nacional

Mireya Piñeiro Ortigosa, confesó a JR que el reconocimiento responde al trabajo de la editorial  El Mar y la Montaña, que ella dirige

Autor:

Lisván Lescaille Durand

 

Foto: Leonel Escalona GUANTÁNAMO.— No hace falta conocerla demasiado ni haber tenido, según algunos de sus colegas, «la experiencia cautivante de trabajar con ella» para sentir que estás ante una mujer inteligente. No es, en modo alguno, fútil alabanza. Sería innecesario ante la sencillez y estilo de diálogo desprendidamente ameno de la autora del poemario En lo callado de la hoguera (Ediciones Unión, Ciudad de La Habana, 1994).

Pero cuidado, nadie que lo merezca escapa al visor crítico de Mireya Piñeiro Ortigosa (9 de mayo, 1955), una poetisa que florece plantada en sus verdades, directora de la editorial guantanamera El Mar y la Montaña. Ella accedió a conversar con JR a propósito de haber recibido la Distinción por la Cultura Nacional y de la participación de esta institución en la Feria Internacional del Libro.

—¿Es la Distinción una señal de la impronta que deja la Editorial El Mar y la Montaña?

—Imagino que así sea. De hecho, cuando te ves «sometido» al criterio evaluativo de un jurado, la intriga se queda como una compañera inevitable... Si se trata de un concurso literario, la cosa resulta más fácil: si ganas el premio, piensas que actuaron con justicia; si pierdes, lo sabido: no te comprendieron. Pero sí, no cabe duda que esta Distinción responde al trabajo comprometido y amoroso con el cual ha venido creciendo nuestra Editorial».

—Ahora atraviesan por circunstancias tecnológicas difíciles. ¿Cómo lidian con ellas sin detener los proyectos?

—En la Editorial nos decimos, medio en serio y medio en broma, que cuidamos tanto la tecnología que nos asignaron para trabajar, la fuimos explotando tan concienzuda y armónicamente, que algunos equipos se pusieron de acuerdo para tomarse, junticos, el «descanso eterno». Ciertamente estamos atravesando momentos muy complicados, en los cuales no han faltado voluntades amigas, como el Sectorial Provincial de Cultura, que nos facilita las impresiones de prueba, y los hermanos de Ediciones Santiago, donde estamos haciendo las tiradas de nuestras publicaciones.

«Sin embargo, como nos trasladamos para este nuevo local, desde julio del pasado año estamos solicitando que se nos traslade el teléfono, algo absolutamente imprescindible, y todavía ETECSA no ha encontrado “facilidades” para la única editorial de la provincia».

—¿Cuál ha sido el principal aporte de la institución que usted dirige?

—El Mar y la Montaña, como editorial, surgió en el año 2000. Antes de esa fecha las gestiones editoriales eran sumamente tortuosas, algo que este proyecto salvó por completo, porque le ha dado existencia real a tantas creaciones.

«Te diría que a casi todas las de probado valor que antes se enmohecían en poder de sus autores: poemarios, libros de cuentos, investigaciones históricas y socioculturales, literatura para niños, todos los premios de nuestro más importante evento literario, el Concurso Regino E. Boti, que tiene carácter nacional; o sea, que no solo ha permitido la publicación de más de 60 autores guantanameros (inéditos o no), sino que también integran nuestro catálogo prestigiosos escritores de muchas partes de Cuba.

—¿Por cuáles caminos, necesarios para su desarrollo, no transita aún la Editorial?

—Dentro del perfil de esta Editorial la presencia del ensayo y de la crítica ha sido sumamente escasa. Para la proliferación de estos géneros resultan imprescindibles ciertas sedimentaciones. Lo importante es que los «soportes» existen; confiemos entonces en los productos que vendrán.

—¿Considera que son suficientemente promocionados los creadores jóvenes?

—Te diría que, suficientemente, ni los jóvenes ni «los viejos»; y mi opinión es que se carece de una política coherente para hacerlo. No hay jerarquización, y las acciones promocionales no pueden concebirse como una serie de gestiones espontáneas e inconexas.

—Parece que el poemario En la ruta azarosa del velero (Ed. Oriente 1995) marcó un punto cumbre en su obra...

—Discrepo. Para mí es más logrado En lo callado de la hoguera, que publicó Letras Cubanas; pero si me obligas a «valorar» mis libros de poesía te diré que carecen de cierta organicidad motivada por una razón: fui «víctima» de empezar a escribir a finales de los 70, cuando casi era imposible que un «provinciano» accediera a las editoriales nacionales, y como entonces no existían las «Riso», no había modo de ir publicando y, por consiguiente, creciendo en el oficio.

—Un crítico y escritor local dijo que había en su quehacer lírico un signo identificado en la sencillez y transparencia del lenguaje. ¿Ese criterio articula con su obra y su manera de interpretar la poesía?

—En principio con la manera de interpretar mi poesía que, para ser exactos, no siempre fue transparente, porque tuve mis bandazos ligeros hacia la oscuridad, como cualquier hijo de Lezama, digo, de vecino. Todos somos el resultado de nuestros gustos y preferencias del momento; pero en general sí, traté de decir con claridad cosas que para mí nunca han estado muy claras.

—¿En qué medida le preocupan la crítica y los críticos?

—En la medida en que no los veo por parte alguna. Sin la crítica y sin los críticos vamos más lentos y peor.

—¿Qué hay en Mireya Piñeiro: búsqueda y experimentación, o acaso lógicas respuestas a los apremios de las circunstancias?

—Me tengo por una persona aburridoramente estable; creo que han sido, como dices «los apremios de las circunstancias» los que me condujeron por caminos inexplicables para muchos, como ser costurera, aprendiz de artesana o dueña de un merendero durante algunos años. Pero como disfruto tanto con el trabajo... menos con el hogareño, desgraciadamente... todo ha sido lo mismo: tratar de crecer, de superarme a mí misma, de sentirme útil. Alguien dijo: Florece donde estés plantado, y es una divisa muy buena, ¿no crees?

—¿Cuales proyectos están ahora en su horizonte creativo?

—Si no consigo el sosiego imprescindible que necesito para crear, ninguno; pero como ya voy entrando en edad «provecta», imprescindiblemente llegará, y con las neuronas supervivientes espero sacar algunos demonios que me quedan en el cuerpo, y dudo mucho que para ese momento las exigencias formales de la poesía me sirvan para el exorcismo.

El Mar y la Montaña en la XVI Feria Internacional del Libro

•La extraña desnudez de los espejos, de Gregoria Bollé Pineda.•Raptos a Terpsícore, de Alexis Morales Prada.•El eco de las voces. La prensa en Guantánamo de 1871 a 1902, de José Sánchez Guerra y Margarita Canseco Aparicio.•Marcas de agua, de Luisa Eneida Landín Ramos.•Turbión de luz negra, de Arnaldo Muñoz Viquillón.•El fuego sagrado. Los escritores para niños se confiesan, de Enrique Pérez Díaz.•Revista El Mar y la Montaña (que resultará homenajeada por su aniversario 20).

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