Nada peor que parar

Autor:

Juventud Rebelde

Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974) nos es conocido, sobre todo, por sus cuadernos de ciencia ficción, lo que en cualquier caso es una evidencia de nuestra parcialidad al percibir a un escritor. No obstante, sus estancias en ese género han dejado libros como para tener en cuenta. Tal es el caso de Dioses de neón, su más reciente colección de relatos. Así dialogamos:

—En el año 2001 publicaste un libro en la editorial Extramuros y otro en Letras Cubanas, a saber Sol negro y Niños de neón, respectivamente. En 2006 te permites esa misma simetría, pues publicas Veredas, en Extramuros, y Dioses de neón, en Letras Cubanas. ¿Tiene ello que ver con tu ritmo de creación, o son cuestiones editoriales solamente? ¿Qué hay en ese lapso en que no publicaste libros?

—Puras cuestiones editoriales. Veredas pudo haber salido un par de años antes, pero con menos páginas y cubierta en blanco y negro. Preferí esperar. Durante esos cinco años no dejé de escribir, ¡no, hombre! Tengo otro libro esperando en Ediciones Unión —no es de ciencia ficción—, y otro par que estoy poniendo a prueba en premios y concursos diversos. Si de aquí a un rato no triunfan, pues los pongo en gestión editorial, donde pueda y como pueda, y a otra cosa, mariposa. Sin parar de escribir, claro está. Nada peor que parar, mientras esperas a que salga un libro, o den los resultados de un premio. Así no se llega a nada.

—Isaac Asimov ha repetido que la ciencia ficción consiste, sobre todo, en especulación científica. Ray Bradbury añade que esa especulación debe ser también filosófica. ¿Qué opinas tú?

—Científica, filosófica... Sí, y también sociológica, económica, política, ideológica, sexológica... La ciencia ficción especula con todo, se mete con todo, lo desmonta y lo recicla todo. Esa es su esencia. Su verdadera sensación de maravilla. Alterar la realidad, suplantarla con alternativas plausibles, transgredir los planos consensuales de existencia humana. La ficción «sencilla», aun el realismo sucio, no es más que eso, al final. Pero la ciencia ficción, como ningún otro género, aleja más el lente, abarca más —en sus mejores exponentes—, y nos habla de un ser humano colectivo más radical en sus ansias de transformarse a sí mismo, de alcanzar un ideal de «funcionamiento» como individuo múltiple. De cualquier forma, incluso hoy, y escribiendo dentro del hoy, del aquí y ahora, el «¿qué somos?» es, inevitablemente, una atrevida especulación.

—¿La profesión de editor te ha inclinado a una idea diferente sobre la condición de escritor?, o puesto en otros términos, ¿autorizado a manejar libros ajenos, no ha variado algo tu percepción sobre los propios?

—En realidad, no. Siempre he sido escritor, metafóricamente hablando, delante del teclado. Fuera de él, soy otro gestor, otra pieza del juego, muy consciente de su papel de pieza, otro señor con un producto en mano que trata de vender. Te aclaro que estar al teclado significa también, por supuesto, andar por ahí, ver cosas, hablar, tener vivencias... sin estar generando palabras en ese justo momento. Un libro puede ser extraordinariamente original, creativo, lleno de imaginación y, a la vez, un somnífero absoluto. Tu creatividad no llega a nada si no logras abrir en el lector un apetito por ella. Y para eso hace falta lo que se llama «maldad» del escritor. Otros le dicen «oficio». Es algo inherente a todas las manifestaciones del arte, incluido el culinario. La gente al final termina prefiriendo lo que sabe bien, aunque luzca mal, que lo inverso.

«Los escritores somos manipuladores, como todo artista. Manipuladores de la emoción, de la ética y la moral del lector, de la interpretación que hace de su propia experiencia... y de su propia historia. Sigo escribiendo y, espero, mejorando, como escritor. Trato de escribir sin ser editor. Escribir es un momento de éxtasis o de catarsis, pero no de análisis. Eso viene después, en la revisión, y aun así... Ser editor no me hace desconfiar de quienes editan mis libros. En todo caso, tal vez me ayuda a ser un mejor negociador».

—¿Qué opinas sobre el género de la ciencia ficción en Cuba? ¿Cómo es su relación con el campo editorial?

—La ciencia ficción nacional tiene muchos altibajos. Hay pocos escritores. Algunos aficionados y promotores entusiastas. Eso es todo. No digo que debe haber más. Siempre hay lo que debe haber, según las circunstancias, o las coyunturas. ¿Cómo pueden surgir escritores dedicados a un género específico en un medio en el que no se publican, a precios asequibles para el lector común, los exponentes más contemporáneos y valiosos, por no hablar de la limitada selección de clásicos tradicionales? Primero bebes, luego produces. No basta con las películas o los dibujos animados. Hay que leer. Esa es la base, también el abono.

«Suele existir, entre varios escritores y aficionados, y escritores aficionados también, la opinión de que el género es discriminado en nuestra industria editorial. Hay algo de verdad ahí. Pero se publican algunos libros. Eso también es verdad. A la pasada edición de los Premios Calendario llegaron solo cinco o seis —creo recordar— obras en la categoría de ciencia ficción. ¿Para qué pedir otros premios, o una colección en una editorial, dedicada a los autores cubanos del género, si la participación en un premio que solo pide un máximo de 40 cuartillas es tan débil? Algo similar ocurrió a finales de los ‘90, con el Premio Luis Rogelio Nogueras de ciencia ficción. “No le veo el sentido a que yo lleve mi libro a una editorial”, oigo decir a algunos. Eh, bien, yo tengo mis libros publicados. Otros tienen los suyos. Sencillamente, elegimos verle el sentido».

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