Otra vez fiesta de letras y palabras

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Autor:

Juventud Rebelde

Como hacía con mi padre, mi madre me escucha pacientemente detalles y comentarios, y con su manera lapidaria, remata: «Siempre que llueve, escampa, menos en este país». Otra vez tiene razón. En buena lid, debiera suceder que escampara, que viniese la calma, que las aguas volviesen a su nivel, que se recuperara el resuello, tras el mes de continuas romerías en que se nos va convirtiendo la Feria del Libro al moverse de una punta a otra de la Isla. Debiera ser que tanto esfuerzo (¡y tanto!) reclamara un asiento desde donde, al menos, echar cuentas de las centenas de títulos, presentaciones, lecturas y parrafadas, de las millonadas de personas y ejemplares, con que le hemos añadido un nuevo capítulo a Il Miglione de Marco Polo: ni que fuéramos chinos. Debiera ser. Quizá. Pero no.

Todavía anda la gente leyendo su botín de feria (yo, que soy de aquí, también me asombro ante la ferocidad con que en ocasiones se reclama un título). Como si hubiese sido poco, ya se nos aviene otro mes, menos intenso pero igual de florido, en que la letra impresa y la palabra volatinera acompañen el camino de cada hijo de vecino y sus hijos. Pues entre el 21 de marzo y el 23 (y de ñapa, el 27) de abril en cada provincia ocurrirán continuos chubascos literarios que implican a los hacedores de libros (no faltaba más).

Claro que no hace falta pretexto alguno, pero como somos de aquí nos encanta esgrimir alguno. Ahora son varios: los Días Mundiales de la Poesía (21 de marzo), del Idioma y del Libro (23 de abril), el Día del Libro Cubano (31 de marzo), y el Día del libro para niños (2 de abril), además del aniversario 40 del Instituto Cubano del Libro (27 de abril).

Y en consecuencia, siguiendo además esta idea nacional de que una feria del libro es ante todo una fiesta literaria y no una acción de marketing, no solo habrá «miniferias» en los municipios que no fueron sedes de la FIL, sino que volverán a añadirse lecturas públicas y recitales de poesía en centros laborales y estudiantiles, con la obvia participación de los autores en procura del deseado diálogo con los lectores.

Los libros infantiles, para el 2 de abril, serán llevados a las escuelas mismas, para regocijo de niños (y benigna angustia de padres). Para el 23, en universidades de todas las provincias se presentarán los primeros nueve títulos de la Colección del Fondo Cultural del ALBA, con ofertas que van desde Todo Caliban, de Roberto Fernández Retamar, hasta Mark Twain, cronista de su época, entre otras joyas que llegarán a las librerías de los 169 municipios de Cuba entre los meses de marzo y abril.

Y finalmente, algo que no tiene mucho que ver con la literatura pero sí con la vida literaria y la salud del libro mismo: el reconocimiento público, necesario e imprescindible a los trabajadores del sector; sin ellos no vieran su luz los libros y clamaría el poeta solo, en los estrechos confines de su conuco...

Como hacía con mi padre, mi madre me mira de soslayo y sin decir palabra me reclama el libro que no le traje a casa. Ahora ya no estoy muy seguro de que con los libros, en este país, siempre que llueva, escampe: después de esto, seguramente, algo se le ocurrirá a alguien. Menos mal.

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