Esculturas de hielo en el centro de La Habana

La artista venezolana Nilda Mijares Poyer presentó la expo sui géneris Fatum, que mostró dos mujeres gigantescas de hielo

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Todos nos arrodillamos alguna vez ante algo, dice Nilda, quien aparece retratada al lado de una de sus Mujeres de hielo. Ciudad de La Habana, viernes 27 de abril, 5:30 p.m., Cine Riviera, 23 y G, Vedado

La calle 23 a esa hora está a punto de colapsar. 4 000 personas, sin pensarlo, interrumpen el paso, se mueven nerviosas, expectantes. Saben que serán testigos excepcionales de un hecho único. Antes sus ojos dos mujeres gigantescas de hielo, creadas por la artista venezolana Nilda Mijares Poyer, se irán poco a poco desvaneciendo, irán camino hacia la nada.

Los organizadores de Fatum, título de esta exposición sui géneris, lo tienen todo planeado: un espectáculo artístico conformado por el imaginativo spot de Abraham Tornas y un video que mostrará hasta el más ínfimo detalle de todo el proceso de elaboración de estas estatuas de tres metros. A las nueve de la noche entraría triunfal la primera pieza. Todo estaba previsto, menos que el fluido eléctrico les jugara una mala trastada.

«Nadie podía prever lo que podía pasar», asegura Nilda Mijares Poyer, radicada en Cuba desde los 18 años (y ya tiene 37), y graduada de nivel medio en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro en 1999, y luego en el Instituto Superior de Arte. «Ni siquiera yo, a quien me tomó jornadas intensas construir la pieza de acero que luego sería el punto de partida de los moldes de yeso con impermeabilizante, que más tarde habría que llenar de agua para introducirlos en el frigorífico y conformar las esculturas de hielo. Esa explicación estaba recogida visualmente en el video que nunca se pudo proyectar, por tanto la gente no logró entender, de ahí su decepción cuando por fin llegaron las obras.

«En el caso de las artes plásticas, la exposición llega al público, la mayoría de las veces, después de terminada. Pero esta vez no ocurrió así. La gran sorpresa sería para todos».

Cinco minutos antes de las nueve. A esa hora, la gente estaba ya desesperada. Y fue cuando enfiló por la calle 23 una grúa Kato seguida de un gran camión que trasportaba la primera de las dos esculturas de dos toneladas de peso. Inenarrable fue el espectáculo cuando la enorme mujer de hielo se elevó casi diez metros de altura. Rompieron los aplausos, mientras Nilda lograba abrirse paso hasta el lobby del Riviera. Daba la impresión de que los allí reunidos nunca antes habían compartido con un artista una experiencia interactiva similar. Todo estaba listo.

Proceso de mujer permanece en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. «Parecía como si la tragedia fuera el signo de esta exposición que hubo que suspender en dos ocasiones anteriores», comenta la autora también de Proceso de mujer, emplazada ahora en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, y que tiene a su haber más de una decena de exposiciones colectivas y otras tantas personales. «Inicialmente se planificó para el 30 de marzo y no fue posible, porque faltó el fluido eléctrico, se paralizó el proceso de congelación dentro de la nevera y la pieza se dañó. Mas no desistimos y las trasladamos hacia otro frigorífico, que fue incapaz de ofrecer la temperatura necesaria y... 72 horas antes de la expo, se rompió. Y por supuesto, entre congelación y descongelación se dañó el molde que tiene un tiempo de vida útil, pues el agua es muy agresiva. De modo que se fusionaron el hielo y el yeso, y costó Dios y ayuda separarlos».

Al filo de la medianoche, la primera estatua estaba casi destruida, sin embargo, el yeso continuaba interponiéndose en el camino, tanto es así que Nilda se auxiliaba de diferentes instrumentos ayudada por otros tres hombres. Así y todo, los presentes disfrutaron verla descalza trabajando sin cesar sobre ella. Media hora después, apenas cien personas creían que el milagro fuera posible. La segunda propuesta de esta incansable mujer se mostró cuando faltaban 20 minutos para la una. Y el premio para los que confiaron en la artista fue admirar la obra en toda su plenitud, pero ya eran las 5:30 de la madrugada, y solo algunos curiosos transeúntes se detenían para observar cómo unos 25 «locos» se abrazaban, satisfechos de haber sido también protagonistas de un arte diferente.

UN APARTE CON NILDA

—Todo el mundo quisiera dejar una obra para la posteridad, sin embargo, decides irte esta vez por Fatum, una exposición efímera...

—Fatum en latín significa destino. La vida es así: efímera, incluso aunque vivamos 80, cien años. Yo misma tenía ayer diez. Todo transcurre rapidísimo: la felicidad, el amor, el dolor, la juventud, la vejez, la fuerza, la belleza, la alegría, la tristeza... ¿Cuál es el mensaje? Hay que vivir. Si te vas a entregar, pues entrégate, porque todo pasa. El fatum del ser humano es nacer y morir. El tiempo es un hecho básico, elemental. No obstante, cuando las piezas se van deshaciendo no significa necesariamente que les llegó la muerte. Cuando se desvanecen brota el movimiento, y con él otro modo de existencia.

—¿Sabes si esta experiencia de las escultura de hielo se ha llevado a cabo en otros lugares?

—No podría responderte con certeza. Busqué información en Internet y no hallé, quizá porque no soy muy aventajada en ese campo. Alguien me comentó que en Nueva York y Venecia se había realizado algo así, pero no me supo decir la técnica que emplearon. Generalmente se acude a productos químicos para congelar y no se elabora una pieza de metal. En mi caso podía haberme ido por esa variante, pero entonces no hubiera podido diseñar una escultura a gran escala. Tomás Lara, mi profesor, me comentó que, en Cuba, Félix Suazo hizo una escultura pequeña de hielo. Claro, yo también podía haber ideado una pieza de barro y luego hacerle un molde, pero necesito trabajar con el acero, dialogar con las cabillas y el alambrón. Eso me provoca una satisfacción indescriptible».

—Estas mujeres de hielo estaban arrodilladas, ¿alguna razón en especial?

—Es que todos nos arrodillamos alguna vez ante algo. Hay quien se entrega a una imagen religiosa, a un amor, a un hijo o una madre, al dinero, anulando en muchas ocasiones su vida por ello. En lo personal, me arrodillo ante el arte.

—¿Por qué siempre figuras femeninas?

—Desde pequeña me gustó andar contracorriente, me preguntaba por qué no podía hacer las mismas cosas que los varones. Siempre fui rebelde. Al principio pretendía hacer una réplica de mí en cualquier pieza, objeto o acción que emprendía, pero después me percaté de que no tenía que proponérmelo ni esforzarme en demasía, porque mi yo siempre surgía. La gente me dice: «ay, Nilda, las piezas son igualitas a ti». Y es que evidentemente mi obra principal soy yo misma.

«Confieso que en un inicio era feminista, y no fue hasta que comencé a estudiar, a moverme en el mundo intelectual y a beber de él que me descubrí y pude asumirme como una mujer que no tiene por qué ser igual a los hombres. Como ellos tenemos nuestras ventajes y desventajas.

«En Venezuela sufría la desigualdad, la discriminación. Decir que eres artista es que la gente suponga que eres una mujer fácil. Hoy continúo haciendo figuras femeninas, porque lo que muestro es la visión de Nilda, una visión del mundo desde mis ojos, pero bien pudieran ser de hombres, lo cual no cambiaría el significado de la obra. Es la figura humana lo que me atrae. Me interesa el ser humano, por encima de todo».

—Proceso de mujer, que estuvo ubicada en el parque de 14 y 15, en el Vedado, durante la 9na. Bienal de La Habana, y Mujeres de hielo, al igual que los otros proyectos en los que te has involucrado, son obras monumentales que exigieron mucho de ti. ¿Es que te atraen los retos?

—Pues sí. Siempre me dicen que no seré capaz de lograr las cosas que me propongo, pero eso no me detiene. De eso se trata cuando eres artista: tienes que tratar de irrumpir, de romper con lo establecido. Una persona me preguntó recién llegada a Cuba qué era lo que me proponía hacer en el arte. Y le respondí: quiero hacer revolución. Evidentemente no le complació mi respuesta, porque me volteó la cara y no me miró más. Al parecer mezcló lo que le estaba diciendo con la política. Y aunque no era eso lo que quería decir, de todos modos uno no puede andar por la vida sin tomar partido. Bueno, era su problema... Vine a Cuba porque quería aprender arte verdadero, porque, aunque suene un poco pretencioso, me gustaría revolucionar el arte a partir del conocimiento.

—¿De dónde surgió ese apego por el arte?

—Creo que nació conmigo. También influyó la crianza. Mi madre dibuja bellísimo, natural, a la manera clásica. Mi padre también lo hace, pero es médico y se graduó de Filosofía. Él siempre nos motivó para que estudiáramos. Cuando era una niña me decía: el único modo de no envejecer es estudiar, siempre estudiar. Luego, después de mucho leer, comprendí que los principales hacedores del mundo son artistas, intelectuales, así que ese tenía que ser mi camino. En fin, que tuve la suerte de vivir en el ambiente idóneo.

—¿Por qué escogiste a la Isla para este proyecto?

—Ahora comprendo mejor las cosas. A los 18 años vine a Cuba, después de haber viajado por medio mundo y haber estado tanto en los lugares más caros como en los más humildes y pobres, lo que ciertamente agradezco, porque aprendemos y reconocemos mucho del ser humano cuando puedes compararlos. Y esta Isla me encantó inmediatamente. Me embrujó. Recuerdo que le dije a mi padre: «Ay, papi, qué Malecón más hermoso», y eso que conocía otros como el de Niza en la ribera francesa, que es precioso, pero que no se puede comparar con el de La Habana. Y ese asombro no se me pasa. Tanto es así, que llevo 18 años en la Isla.

«Comencé a estudiar arte en San Alejandro, pero en un determinado momento empecé a preguntarme por qué no lo hacía en mi propio país, y decidí regresar. Matriculé en el Instituto Superior de Arte Armando Riverón, de Caracas, donde permanecí dos años, pero salí corriendo de vuelta, porque no aprendía absolutamente nada. Tenía la opción de encaminarme hacia Europa o Estados Unidos, mas yo, que ya conocía a Cuba, preferí el ISA, donde el nivel educacional no tiene nada que envidiarle al de una academia de Boston o a la mejor de Roma, donde también he estado y he visto.

«Mi vida aquí me hizo ver que la gran historia de rebeldía de esta nación tiene mucho que ver contigo. Los 37 años que tengo arriba los he vivido de un golpe aquí. En Cuba han tenido lugar mis encontronazos y las victorias, los errores y los aciertos. Por eso no encuentro mejor lugar para emplazar mis obras que en esta maravillosa Isla».

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