Pablo Armando Fernández cuenta sobre sus influencias en la escritura

Autor:

Juventud Rebelde

En mi casa la literatura, sobre todo la poesía, contaba con un acogedor albergue. Mi hermano mayor, Alfredo, poeta, reunía a sus amigos los sábados por la tarde y durante horas, lecturas y comentarios los mantenían entrelazados en zonas donde intelecto, imaginación, tradición y cultura configuran un universo que nutre mente-corazón y les anima a la creación.

Esas lecturas y conversaciones, a veces, llegaban a mis oídos, cuando andaba de paso entre ellos. A veces, me asentaban en un rinconcito hasta hacerme presente y les atendía fervorosamente. Allí se leía y se hablaba de Antonio Machado, los poetas de la Generación del 27: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, los poemas de amor de Pablo Neruda, Martí, que yo había leído con fruición. Mi presencia en aquel encuentro hizo que mi hermano pusiese mayor atención en mí y de sus manos recibí Corazón, de Edmundo de Amicis.

Con frecuencia comento entre amigos algo que expuse en el prólogo a la primera edición de Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë. Aún permanece en mi mente-corazón la noche que "ya se me había otorgado la bendición y en unos minutos estaría en cama, cuando un accidente menor, que ya no recuerdo, me retuvo en el comedor donde mi madre, atenta a la radio, descansaba sus fatigas cotidianas. Las primeras palabras del narrador me sobrecogieron: iniciaban el primer capítulo de una serie novelada. Supe arreglármelas para oír el texto recitado por Enriqueta Sierra, Marcelo Agudo, Ernesto Galindo y demás intérpretes de aquel programa radial; sin embargo, no supe esa y las demás noches en que seguí el relato de Emily Brontë, como hacérmelas para dormir. Tan pronto terminó aquel primer capítulo, corrí a la cama y al levantarme casi de madrugada, llovía».

...«Leí Cumbres Borrascosas mucho antes de que la serie novelada concluyera y, solo por fidelidad a las voces que sin proponérmelo habían decidido mi futuro destino, seguí cada capitulo radial, hasta su fin. Nunca más he vuelto a leer con igual pasión e impaciencia. Pasión e impaciencia que me consumieron igualmente cuando, años después, perplejo, tuve ante mis ojos el original inglés. Me entregué a sus páginas tan pronto como mis conocimientos de esa lengua me lo permitieron».

Han transcurrido 40 años desde que escribí el texto que os entrego.

Recuperarlo me devuelve «el momento en que me asomé por primera vez a las páginas de Emily Brontë. Repasarlas es sentirme acompañado por la imaginación y el espíritu de la criatura genial del presbiterio de Haworth y ser el muchacho alucinado de un central azucarero en la provincia de Oriente». Allí enfrenté el destino que acogí al reconocerme como alguien muy vinculado a esa familia de escritores. Influido por ellos hice del inglés la lengua para la escritura que me acogía noblemente.

El traslado a Nueva York en 1945 y la intención de alcanzar una educación en la lengua inglesa que me permitiría expresar sentimientos e ideas, influyó tan poderosamente en mí que me entregué a escribir unos textos que di por llamar «Gestos». Sucesivos encuentros con Manila Hartman, Carson McCullers y Eduardo Fajardo me condujeron a la poesía. Mi primer poema lo escribí en castellano y de ahí recuperé mi propio ser en esta existencia: país natal, familia, hogar, ancestros, tradición, cultura, cubanía.

Recobrar la lengua castellana me impuso una dedicación tenaz, continua, a la lectura de los clásicos españoles, de los cubanos y latinoamericanos que me precedieron y de mis contemporáneos. En 60 años la escritura ha mantenido mi espíritu alerta, activo, y de ese reconocimiento han surgido poemas, novelas, cuentos, ensayos y un poema dramático que contribuyó plenamente al desarrollo y mantenimiento de mi ser.

Señalar quiénes han influido poderosamente en ese quehacer, sería ordenar una caravana interminable de los que han contribuido a la plenitud de mi vida dedicada a la escritura. Todos están presentes en mis pasos, miradas, atención a sus voces que me acompañan. Diré que continuamente llegan otros que despiertan en mí sueños, anhelos, ilusiones. Leer —revela Martí— es crecer. Asístanos la lectura que reafirma el amor y la fe en la búsqueda de la verdad.

La Habana, 22 de junio de 2007.

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