Un derroche de estética con carencias narrativas

El filme producido por Brad Pitt es un oeste de culto, finísimo, cerebral, exquisito, pero los personajes no protagónicos carecen de calado sicológico y dramático

Autor:

Rufo Caballero

Ya se ve en Cuba El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, una película de Andrew Dominik, producida por Brad Pitt, quien encarna, desde luego, a James. Dos primeras evidencias aparecen a los ojos de los espectadores: ha vuelto el gusto por los títulos largos (y no me refiero tan solo al nombre de la película, que parece toda una página de Flaubert, sino a un metraje que dura toda la vida), y continúa la pasión por el reciclaje de los géneros tradicionales, en este caso el oeste. Ahora mismo hay otro filme en cartelera que participa de la saga contemporánea del western: Aquel tren a Yuma (3:10 to Yuma), de James Mangold, con Russell Crowe y Christian Bale.

El asesinato de Jesse James... no solo retoma lugares recurrentes en el devenir de un género, sino que echa mano a otra cara tradición cinematográfica: el espejeo de las identidades; la debilidad por el tema de un ser que emula la personalidad de otro; el retrato del sujeto que se busca, se quiere y se encuentra en el Otro, en el espejo atractivísimo que le brinda el Otro. El fantasma del doble, pero, en este caso, de un doble deseado, de una aspiración.

Incontables directores abordaron ese tema, entre ellos Bergman, Hitchcock, Losey, Brian de Palma —sobre todo en aquella recordada cinta gore, Sisters (1973). Hace unos años vimos el thriller femenino Mujer blanca, soltera, busca, donde una mimética Jennifer Jason Leigh trataba de convertirse a la fuerza (y sin necesidad) en Bridget Fonda (algo verdaderamente difícil). También en la película francesa, Backstage (2005), una joven fanática a una cantante pop no sabía si ser esta o quererla hasta hacerle daño. Son nexos, historias enfermizas de dependencia.

Dominik, apoyado en la novela de Ron Hansen, da una interesante vuelta de tuerca a la tan socorrida figura. Bob Ford, asumido por un muy notable Casey Affleck, coleccionaba desde pequeño toda imagen que tuviera que ver con la familia James. Bob admiraba sobre todo el mito, la estirpe, el arrobo del joven y apuesto Jesse. Jesse es todo un héroe para Bob, un resuelto héroe masculino, posiblemente la sustitución de la figura paterna. Vamos, que Bob diera la vida por ser Jesse. Lo mira con una intensidad deseante. Lo ve bañarse y no sabe si quiere ser Jesse en ese minuto, o él mismo, que lo baña. Tanta es la veneración que, como lo anuncia el título, debe matarlo. Bob no sabe qué hacer con Jesse, lo adora a tal nivel que solo el asesinato lo libera de la pasión. Matándolo, lo posee, lo consigue, ocupa su lugar.

En cuanto a esto, el filme recuerda vagamente aquel thriller refinado de Paul Schrader, El confort de los extraños (1991), donde la necesidad de la belleza del personaje de Rupert Everett conducía a Helen Mirren y a Christopher Walken al asesinato del joven. Solo al matarlo, lo tenían, lo hacían suyo, calmaban una sed indeclinable. En aquella película, se veía a los esposos asesinos erotizados por la muerte de Everett: este caía y ellos se iban, enardecidos, a hacer el amor.

Tal vez Bob pretendía, quién sabe, otro tanto con el bandido de Jesse James. Lo cierto es que la cinefilia de El asesinato... resulta muy sabia, muy culta, porque no únicamente aparecen los guiños temáticos bien manejados sino una vieja característica de dos géneros como el cine negro y el oeste: el estilo pesa más, importa más, que la anécdota. La exposición se guarda el tiempo moroso que permite sentir la densidad de la expresión, el peso artístico de una hermosa fotografía que pauta la historia y la registra más en función de la belleza que del relato mismo (la propia guerra civil importa nada). La historia parece narrada para la cámara más que para el espectador. La cámara y las luces dejan de ser un medio: son un fin, un fin estético. Hay composiciones de un grado de artificio que se hace verosímil solo en la licencia poética de este tipo de género fílmico. Los detalles están cuidadosamente respetados y descritos: cierta reacción de Jesse James nos es transmitida a partir de las transiciones del ritmo con que el personaje endulza el café con la cucharilla. Así es todo en semejante oeste de culto, finísimo, cerebral, exquisito, todo hay que decirlo. Las actuaciones, mesuradas y comedidas a cada minuto, son incapaces de entorpecer el fluido de ese tono menor y grácilmente artístico.

Una lástima que en el mareo estético se descuide un tanto la narración y el espectador pase algún trabajo en saber por fin quién es quién, entre tantos personajes —como no sean los protagónicos— sin el menor calado psicológico ni dramático, incluidos los simétricos hermanos de los antagonistas. Sobre todo las mujeres están descuidadas, son presentadas con trazos muy gruesos, como para respetar, vaya cosa, el acento de misoginia de todo «buen oeste».

Pero además, en la última media hora, al editor se le pierden definitivamente seis letras en el teclado de su computadora: The end. No las encuentra. Vueltas y más vueltas y no las encuentra. Esa última y ociosa media hora es la demostración del drama de un editor (o de un director que no transige) sin saber cómo ni cuándo cerrar una historia.

Una última cosa: cuando vean El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford me escriben y me explican cómo Brad Pitt pudo ganar el premio de actuación en la muestra de Venecia por esta película. Ya saben que me pongo cada vez más bruto, y hay ciertas sutilezas que verdaderamente se me escapan.

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