Leer, esa felicidad - Cultura

Leer, esa felicidad

Autor:

Juventud Rebelde

Foto: Angelito Baldrich En una ocasión el gran escritor argentino Jorge Luis Borges, al hablar a un grupo de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, les decía que la escritura tenía que producir una especie de felicidad.

Esa felicidad la he sentido también en mi ya larga vida, y algunas experiencias de mi infancia y juventud son las que quiero compartir hoy con quienes lean estas líneas.

Tal vez ese proceso empezó antes de que aprendiera a leer, cuando mi madre me enseñó algunos de los Versos Sencillos de José Martí para que los recitara en una conmemoración patriótica en el kindergarten, lo que hice con tanta frecuencia que hasta la maestra se aburrió y me pidió que me aprendiera otros. Esto, que podría haber sido un desengaño, sirvió para aumentar mi deseo de ir a la escuela para aprender a leer, con lo que comenzó para mi esa aventura fascinante, enriquecedora e interminable de leer libros, lo que, como a Borges, me ha producido muchas horas de felicidad.

Con frecuencia me han preguntado —periodistas, alumnos— por qué me gusta leer, qué libros prefiero, cuántas horas dedico a la lectura. Quizá bastaría decir que leo todo cuanto puedo, lo nuevo, lo viejo, aunque hay libros y autores que me acompañan siempre.

Recuerdo ahora libros que en mi infancia holguinera me causaron y aún me causan incontables momentos de felicidad, la que deja profunda huella. Así está La Edad de Oro, Corazón, algunas obras de Mark Twain, los cuentos de hadas que alimentaban mi niñez, y tantos otros que llegaban a mis ávidas manos en obligados obsequios en festivales y como premios.

Pero estas lecturas infantiles, y las que nutrieron mi adolescencia, no hubieran sido posibles sin el entorno familiar y social, ni sin la influencia formadora de la escuela. Es verdad que en aquel Holguín no había —como las hay en la actualidad— ni bibliotecas públicas ni librerías. Había, eso sí, muchas personas cultas, generalmente universitarias, poseedoras de pequeñas bibliotecas que se intercambiaban entre los lectores y se discutían a veces cuando se iba de visita, esa agradable costumbre que casi se ha perdido, y donde los niños no podíamos hablar pero sí oíamos nombres de autores y libros que despertaban profunda curiosidad.

En mi caso recordaré siempre al Dr. Jorge Elósegui, amigo de mi familia, en la cual todos eran buenos lectores, quien me permitía leer —raro privilegio concedido a pocos— esa inolvidable colección de El Tesoro de la juventud, en cuyos tomos había historia, arte, ciencia, literatura, todo un mundo que se abría ante mi imaginación, y donde me parecía que estaba encerrada toda la sabiduría posible. Después, las propias lecturas y la vida misma, me enseñarían que la sabiduría es inalcanzable, aunque hay que estudiar y trabajar cada día para subir un peldaño en esa escala infinita.

Como es natural, las lecturas van cambiando con la edad, y si la infancia es la edad de las hadas y las aventuras, la adolescencia fue para mí el encuentro con la poesía y la novela, incluyendo aquellas que leía a escondidas, porque los mayores consideraban «inadecuadas», obras como la Naná, de Zola, algunas de Eça de Queirós, Ana Karénina, de Tolstoi y tantas otras que aún recuerdo, no solo por ser buenas novelas, sino por lo que disfruté las absurdas prohibiciones, lo que me demostró, además, que no vale prohibir libros que la curiosidad intelectual leerá de todas maneras. En este sentido recuerdo, por ejemplo, a aquella profesora que decidió no estudiar a Pablo Neruda, del cual solo estaba en el programa de Literatura Hispanoamericana su poemario Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada, porque ese poeta «era comunista». Lo que solo sirvió para que buscara ansiosamente no únicamente ese libro, sino todo cuanto encontrara de Neruda, desde entonces uno de mis poetas amados.

En mis años de adolescente, bueno es recordarlo, las damas leían libros como La amada inmóvil, de Amado Nervo, las novelas de Víctor Hugo, las encantadoras aventuras de los dos Dumas, y una interminable relación de narraciones rosa o góticas, algunas verdaderos clásicos del género, aunque en estos casos fueron apareciendo otras que prefiero ni nombrar.

En el colegio donde me eduqué y tuve excelentes maestros y maestras, había una biblioteca, pero siempre cerrada, y para leer sus fondos, que solo llegaban hasta principios del siglo, había que pedir la llave en la dirección. Siempre recuerdo aquella biblioteca silenciosa de oscura madera pulida e incómodas sillas vienesas, y altos libreros con puerta de cristal, donde pude leer por primera vez los poemas homéricos y otras obras de la antigüedad clásica, la gran literatura española de los siglos de oro, los escritores cubanos del siglo XIX, y tantos otros, José Martí, en primer lugar, a cuyo contacto sentí un estremecedor deslumbramiento que aún experimento hoy.

Y después... la Universidad. Nunca será suficiente lo que diga o haga para seguir el ejemplo o intentar conquistar la sabiduría de algunos de aquellos profesores y profesoras: Vicentina Antuña, que nos descubrió el mundo romano, como Manuel Bisbé hizo con el griego; los libros leídos de la literatura española, francesa, inglesa, esta con los inolvidables seminarios sobre Shakespeare que daba la Doctora Pogollotti; el arte en sus manifestaciones como nos lo enseñó a ver la mente alerta y ágil de la Doctora Novoa; la literatura de Nuestra América, vista con la mirada joven de Roberto Fernández Retamar, y una especie de héroe intelectual a nuestros ojos juveniles, porque Lezama lo publicaba en Orígenes, y Cintio Vitier había incluido las Décimas por un tomeguín en su obra Cincuenta años de poesía cubana. Y, ¿qué decir de la visión nueva, revolucionaria, de la historia de Cuba, que nos enseñaba Elías Entralgo, en sus clases dadas con puntualidad absoluta a las siete en punto en la mañana? Ellos, y otros, nos enseñaron a asomarnos a los horizontes que abrían los libros, el estudio, la lectura crítica, más allá de simple entretenimiento, que también puede serlo; la lectura un puente de conocimiento del munddo y del ser humano, la lectura como base fundamental de la cultura.

A este concepto de la lectura, y a motivar a otros a leer, he dedicado muchas horas de mi vida, y también he disfrutado de la felicidad que en realidad ambas cosas producen. Siempre pienso que es mucho más lo que no alcanzaré a leer, que lo ya leído, y a veces siento un poco de envidia por los jóvenes que van a leer por primera vez tantos libros hermosos que los harán entrar en mundos misteriosos, vivir experiencias inolvidables.

Solo puedo sugerirles, como la maestra que soy, que lean todo cuanto puedan, y no solo las novedades editoriales, sino las grandes obras de todas las épocas, que son, en el permanente devenir de la cultura, sus cimientos y su fuerza como escudo y espada. Así sentirán siempre, como Borges, esa especie de felicidad.

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