Miguel Barnet: Fidel nos ha iluminado con su pensamiento

Fragmento del libro Como el primer día, de la Editorial Letras Cubanas, que recoge entrevistas a 23 destacadas personalidades de la cultura, a 50 años del triunfo de la Revolución

Autor:

Pedro De La Hoz

Desde los días en que visitaba la casa de L y 27, donde vivía don Fernando Ortiz, y escribía versos cortos de imágenes rotundas a mano —«porque ni en la época de las computadoras dejo de concebir la poesía como un acto físico, artesanal, muy íntimo»—, Miguel Barnet sabía cuáles eran su meta y lugar: la indagación acuciosa del alma de su país y un anclaje permanente entre los suyos.

Ello es lo que le ha dado sentido tanto a una obra pródiga, que comprende los poemarios La piedra fina y el pavorreal, Isla de güijes, La sagrada familia, Orikis y otros poemas, Carta de noche, Mapa del tiempo, Viendo mi vida pasar y Con pies de gato; los libros de crónicas y ensayos Autógrafos cubanos y La fuente viva y sus novelas-testimonio Biografía de un cimarrón, Canción de Rachel, Gallego y La vida real, como a una incesante entrega pública como representante de Cuba ante el Comité Ejecutivo de la UNESCO, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, presidente de la Fundación Fernando Ortiz, y desde 2008 presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Fue galardonado en 1994 con el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra, y en el extranjero ha sido distinguido con lauros tan importantes como el Premio Internacional José Donoso, en Chile, y el Premio Internacional de Poesía, en Trieste, Italia.

Dialogar con Miguel puede depararle a cualquier entrevistador más de una sorpresa, por la agudeza de su conversación, su memoria prodigiosa y su proverbial capacidad de fabulación.

—Antes de 1959, ¿tenías idea de lo que era un país en revolución?

—Yo venía de la mediana burguesía y no tenia idea de nada. Mi padre tenía un negocio de piezas de automóviles en Infanta y Sitios, y allí había un hombre que era ponchero, negro, que era comunista. Entonces me hablaba de las ideas socialistas. A mí me gustaba que me hablaran de eso. Luego uno se daba cuenta de lo que pasaba alrededor: el adocenamiento, el latrocinio, la corrupción, los comentarios de la gente sobre los cadáveres de jóvenes que aparecían en el Laguito... todo eso me llevaba, aún siendo un adolescente, a aprobar algo que fuera distinto. Pero el que me habló muy seriamente por primera vez de marxismo y me recomendó lecturas, entre ellas las de José Ingenieros y nuestro Juan Marinello, fue Frank Pérez. Yo tendría entonces unos 16 años. Luego junto a Frank y otros jóvenes, sin que nadie lo orientara ni nos debiéramos a organización alguna, aunque llevábamos anudados brazaletes del 26 de Julio, tomamos la Escuela de Publicidad.

—¿Cómo despertaste el primer día de enero de 1959?

—Al amanecer del primero de enero llamó a mi casa, con mucha alteración, Miss Prieto, profesora de una academia norteamericana que vivía en lo alto de nuestro edificio en Calzada entre J e I. Creo que mi padre respondió la llamada. Yo, que tengo oído de tuberculoso, lo escuché todo sobre una noticia sensacional: Batista había huido. Mi padre se dio cuenta de que yo estaba despierto y me dijo: «No salgas a la calle». Hice todo lo contrario. Me encontré con De la Nuez, un dentista que era del 26 de Julio, y me puso un brazalete rojinegro. Con un grupo de gente salimos en caravana hacia el Focsa. Por supuesto, mis padres temblando.

—¿Adónde te dirigiste?

—Fuimos al Focsa porque se decía que allí estaba monseñor Pérez Serantes, quien haría una alocución. En verdad, nunca vimos al prelado, pero ante el Focsa y en las calles aledañas había una multitud enardecida, y todos confirmaban la noticia: Batista había partido junto a sus secuaces. Pero no estaba claro, para mucha gente común, qué era lo que pasaría. Una amiga mía me haló hasta su casa y me dijo: Quítate el brazalete que te pueden matar. Y no sé de dónde sacó una sotana de cura. Ponte esto, me dijo, para que regreses a tu casa. Es que a esa hora de la mañana se escuchaban tiros en la calle, se comentaba que los tigres de Masferrer y otros esbirros no se rendirían y sembraban el pánico entre la población. Así que vestido de cura, pero con el brazalete del 26 en mi brazo bajo la sotana, regresé a casa. Recuerdo que en el barrio donde vivía había un señor que era juez y servía a la tiranía. Ese hombre abandonó su casa, una mansión inmensa, y vimos su estampida.

—¿Cómo te ves a ti mismo, al cabo del tiempo, en medio de aquella vorágine?

Aquellos días inmediatamente posteriores al triunfo los viví como una epifanía. Nunca después en el orden personal, aun cuando he ganado premios literarios o me han distinguido por mi obra, he sentido una emoción tan grande. Seguí paso a paso, por las noticias, el avance de la Caravana de la libertad hacia La Habana. El día más conmovedor fue el 8 de enero. En casa de un primo mío, en Marina y Malecón, se reunió la familia y vimos entrar la Caravana. Vi a Fidel por primera vez.

—Sé que has conversado varias veces con Fidel. ¿Cómo te has relacionado con él?

—Nunca pensé en conocerlo personalmente, pero al mismo tiempo intuía que algún día nos íbamos a encontrar. La primera vez que lo vi de cerca fue una noche, ya me había mudado para la calle 10 entre 21 y 23; una amiga mía que trabajaba en el ICAIC, me dijo: Fidel está en 23 y 12. Ni corto ni perezoso corrí hasta allí. Había un grupo de intelectuales con los cuales todavía yo no tenía mucho trato; recuerdo a Jaime Sarusky, a Guillermo Cabrera Infante, que como se conoce traicionó algo después, Walterio Carbonell... Fidel estaba recostado a la puerta del carro, una máquina norteamericana; los parroquianos que tomaban café con leche en la cafetería de la esquina dejaron sus tazas humeantes y vaciaron el sitio para rodear al Comandante. Tuve la dicha de abrirme paso hasta muy cerca y escuchar sus palabras. Pasarían muchos años antes de que dialogáramos, privilegio que he tenido en varias ocasiones. Él nos ha iluminado con su pensamiento, con su comprensión, con su sagacidad, con su sabiduría. No solo es un gran líder político, sino un gran intelectual.

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