Conversaciones con Cintio Vitier

Cintio Vitier, a quien Ricardo Alarcón llamó «el Apóstol de El Apóstol», murió este jueves en La Habana a los 88 años. Juventud Rebelde les ofrece una síntesis del pensamiento del autor de Ese sol del mundo moral, expresado a través de varias entrevistas que él concediera a la periodista Rosa Miriam Elizalde

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Y de repente, la noticia sobrecogedora que deja el vacío de un meteorito caído en el mar. Cintio Vitier ha muerto. A duras penas las lágrimas me permiten ver entre la recortería  que otro muerto queridísimo, mi padre, ordenó durante años para que yo pudiera conservar mis trabajos publicados en Juventud Rebelde, papeles que traje de mi casa en Sancti Spíritus hace tres meses y que no había tenido el valor de tocar.

Por Cintio y por mi papá, no sé si como exorcismo o para aligerar las deudas de gratitud infinita que tengo con los dos, he juntado las entrevistas y conversaciones que durante años sostuve con el autor de Ese sol del mundo moral. Recién llegada del Cementerio de Colón donde Eusebio Leal, inolvidablemente, despidió el duelo, he hecho una selección torpe y apurada. Es este el penúltimo acto de un diálogo sostenido a lo largo de varios años, que ojalá les permita a ustedes asomarse a las cátedras deslumbrantes, a la fiesta de la inteligencia y la bondad que suponía escucharlo aferrada al sillón del apartamento que compartían Fina y él en los altos de El Potín, con toda La Habana rumorosa a los pies.

Releyendo a Martí

Siempre estoy releyéndolo y yo pido a los cubanos que no busquen al Martí convertido en consignas, en cintillos, en frases sueltas. Tenemos que leerlo esperando sorpresas, que siempre están ahí… En estos días releo algunas cosas que escribí, un poco vanidosamente. Acaba de salir el tomo seis de mis Obras —que yo llamo incompletas, porque ¿cómo van a estar completas las obras de alguien incompleto, por favor?—. También releo los dos primeros tomitos de mis Temas Martianos, que fueron el resultado de nuestros 15 años de trabajo —de Fina y mío—, en la sala Martí de la Biblioteca Nacional, antecedente del Centro de Estudios Martianos.

Allí hemos estado discutiendo, a propósito del noble intento por la cultura general del pueblo, que hay que tomar como paradigma, como guía, la cultura de José Martí. Él nos decía: «quien ni a Homero, ni a Esquilo, ni a la Biblia leyó ni leyó a Shakespeare, que es hombre no piense, que ni ha visto todo el sol, ni ha sentido desplegarse en su espalda toda el ala». El legado griego, el mensaje judeocristiano, el umbral renacentista de la modernidad, están en esas raíces culturales del humanismo integrador martiano.

Si respetamos a Martí en su integralidad, veremos no solo el mandato de un antiimperialismo radical y de una toma de partido por «los pobres de la tierra» que tanto nos compromete, sino también el puente ideal para que, más allá de polémicas divisionistas, podamos unirnos «todos los hombres de buena voluntad» (a los que él convocó al fundar el Partido Revolucionario Cubano) en la búsqueda y realización común de la justicia, el amor y la belleza. Creo que lo más importante es la superación de esquemas sectarios que durante décadas retardaron la apertura a una visión y revisión desprejuiciada del fenómeno religioso en nuestra sociedad.

Arma de combate

Recuerdo que a mi padre fueron a verlo para que se solidarizara con el manifiesto de los estudiantes contra la prórroga de poderes de Machado. En aquella ocasión pronunció un discurso en el Teatro Sauto de Matanzas, para mí inolvidable. Yo era un niño prácticamente y lo escuché temblando. Fue una disertación martiana y antimachadista, violentamente antimachadista, que no le costó la cárcel porque, en aquella época y en esta, en todas las épocas, hay personas buenas.

Un teniente de Matanzas, de apellido Madruga, lo protegió. Después de ese discurso mi padre tuvo que escapar para la finca de mi abuela en Empalme y esconderse allí. Claro, era un escondite relativo porque muchas personas sabían que allá estaba la finca de la familia. El teniente Madruga ocultó dónde estaba. Esas acciones son conmovedoras, porque podía costarle el puesto, e inclusive, ir a prisión, y sin embargo no dijo lo que sabía. En aquella ocasión, también debo decirlo, aprendí, a través de aquel discurso, que Martí no era ni podía ser solamente un motivo de estudio. Martí era un arma de combate.

Medardo Vitier

Sí, no hemos hablado de mi maestro: mi padre, Medardo Vitier. Fue un martiano cabal, que en 1911, diez años antes de mi nacimiento, fue premiado por el primer libro sobre el Apóstol de Cuba. Para mí su lectura y estudio ha sido la formación sustancial de mi vida. La casa en que me crié en Matanzas era una escuela, con la biblioteca personal de un maestro de la cultura cubana. Oí las mejores conferencias de mi vida siendo un niño. Lo escuché a él, y a Jorge Mañach, que fue un martiano indudable y escribió la mejor biografía que existe de Martí.

Un día me encontré con un paquete de cartas de mis padres, de la época en que eran novios. Estaban guardaditas en un escaparate desde siempre, zafé las cintas que las ataban y me puse a leer aquellas cartas. Y descubrí, entre otras cosas, que mi padre también era un poeta. Cosa que no dejó de demostrarme en otras formas, porque también escribió algunos poemitas. ¿Recuerdas los poemitas que nos escribió, Fina?

Escribí estos versitos pensando en esas cartas de amor que mi padre le dirigía a mi mamá —ella era su alumna en el colegio protestante Irene Tolland, de Matanzas—:

Pasó el tiempo de la flor,
el azafrán, el gallo
pasó el tiempo del amor,
un suave rayo.

Pasó el tiempo del amor,
la frente pura,
pasó toda la dulzura,
mi madre en flor.

Este noviazgo ocurría entre la ciudad de Matanzas y la finca que estaba en un caserío llamado Empalme, cerca de Ceiba Mocha, por eso aparecen estas evocaciones de tipo rural.

La chispa azabache, el verde
rayado por el Sol,
la naranja que se muerde
y la postal tornasol.

Pasaron las lecturas
de las cartas de amor.
Llegaron manos duras
Cayó la flor.

Aunque un poquito escéptico este final, me rehago a mí mismo pensando en aquellos amoríos, que dieron como resultado mi nacimiento. Y me atreví a escribir este poemita que se llama: Prosa para mi nacimiento. No sé si podré leerlo, realmente:

HIJO ÚNICO de la declaración de amor
que hizo mi padre hace setenta años
como un romántico, un modernista, un provenzal de la provincia,
celebro que abril y mayo le fueran tan inmensos y le inspiraran tanto
como a mí este mayo y este junio
que me han lavado los ojos con la lluvia del silencio.
El silencio era el tema mayor de aquella epístola.

Rompe el llanto el silencio donde estaba
gestándose la nueva criatura,
imposible de decir en términos verídicos,
porque la bienvenida general lo desdibuja todo
y únicamente los ojos de la madre
saben qué es, quién es, aquello, aquél, en su ignorancia
que es la más alta flor de la inocencia.
Se mece el niño en esa flor, y llora,
nostálgico ya entre sangrientos nubarrones
de aquél silencio que era el vientre de la madre.

Estos poemas están recogidos en un cuaderno que se llama Poemas de mayo y junio. Recuerdo una carta de mi padre a mi mamá —a la que iba a ser mi mamá—, de una belleza extraordinaria. Y en esta carta, el tema central es un elogio del silencio, cosa realmente tremenda entre dos novios: «El silencio —dice él—, ese gran trabajador». Son cartas de un lirismo precioso. Él era un poeta; cada vez lo siento más.

La poesía

En su última carta, dirigida a su amigo Manuel Mercado, aparece una frase que se cita mucho: «Mi honda es la de David». ¿Quién es David? El que se enfrenta con el gigante Goliat, en un duelo personal. Un gigante superarmado, así aparece en el mito del Libro de Samuel, que es donde se habla de esta historia. David, además, era poeta. Poeta y guerrero, como Martí. ¿Tú conoces otro caso igual? ¿De esa magnitud en las dos líneas? ¿Ambas fundidas? No, claro que no. ¿Sabes lo que creo? Que nos pasamos la vida discutiendo si esto es poesía pura y lo otro es poesía social, pero de algo sí estoy muy seguro: la poesía y la historia revolucionaria son indisolubles, cualesquiera sean las apariencias de una y otra. Se contraponían, por ejemplo, Nicolás Guillén y José Lezama Lima. Ambos supieron, finalmente, que esa diferencia era absurda.

Rolando Rodríguez —yo creo que no es investigador, sino detective— ha hecho un descubrimiento insólito: cuando mataron a Martí en Dos Ríos y revisaron en su bolsillito, traía entre sus papeles un poema de Sthépane Mallarmé. Como sabes, Mallarmé es un poeta «puro», tachado de evasivo, un poeta de la invención de las palabras, que nada tenía que ver con política ni con Revolución, y sin embargo, estaba allí acompañando en su muerte a José Martí.

Nuestro Apóstol estaba traduciendo «La chair est triste, hélas’, et j’ai lu tous les livres». Es el primer verso de su Brisa marina y dice: «La carne es triste ¡ay! y todo lo he leído». Desolado poema, que sin embargo, termina con un verso exultante: «Mais, ô mon coeur, entends le chant des matelats ?» «Mas oye, oh corazón, cantar los marineros?». Parece, de pronto, la despedida que pudo escribir Arthur Rimbaud al abandonar Europa.

A Martí, evidentemente, le gustó ese verso y lo llevaba con él en el momento más intenso, más incandescente de su sensibilidad revolucionaria, cuando ya había escrito su carta a Manuel Mercado y estaba a las puertas de la muerte. Mallarmé se nos revela, gracias a ese papel, como uno de los amigos de José Martí. Te digo esto y podría añadir que Antonio Maceo, mientras descansaba entre una batalla y otra o se tomaba un reposo en sus largos recorridos por la Isla durante la campaña invasora, leía a Gustavo Adolfo Bécquer, las Rimas, de Bécquer. ¿Pero te Imaginas cómo recibí esa noticia del más hermético y exquisito de los poetas franceses en plena manigua cubana?

¿Qué quiere decir todo esto? Que todos los poetas forman una sola familia que todos, en cuanto tales; son o llegan a ser revolucionarios. La poesía siempre es pura, y siempre es social. Y siempre es revolucionaria, aunque la ideología del poeta no lo sea. Ese es mi último disparate. ¿Está claro?

La música

«Cuando yo empecé a tocar el violín —y lo hacía bastante bien—, fui a amenizar la conferencia de Mañach, con una amiga arpista, cuyo nombre se me escapa en este momento. Fue un 28 de enero. Yo tendría unos 13 años. (Permíteme esta digresión: la música no es una sorpresa inesperada en nuestra familia. La madre de Fina era una pianista muy buena, y yo, que tocaba el violín, hacía dúo con ella. Estudié mucho ese instrumento y quería ser un gran violinista. No llegué a serlo porque pensé que no me acompañaban las manos)».

Como tantos niños, lo primero que leí de Martí fue La Edad de Oro. Comencé a leer con este libro. Mi casa era una escuelita. Mi padre era el director y mi madre, maestra normalista. ¿Qué encontré de particular en ese primer libro? La música. No sonaba como el periódico, ni como un libro de texto. Era otra cosa. El niño que yo era, como cualquier otro, no podía entender la mayor parte de las ideas, pero sí sentía algo muy especial cuando repetía las palabras. La música ya era entonces una pasión en mi vida, y la sigue siendo. Es extraordinaria esa frase de Martí, cuando escuchó en México al violinista José White —Joseíto, le decían—: «la música es el hombre escapado de sí mismo». ¿Sabes qué es lo más importante que ha pasado en mi vida? Mis hijos músicos.

La religión

Estoy convencido de que ese libro (se refiere al libro Fidel y la religión, de Frei Betto) fue un gran esfuerzo para allanar la conciliación. El propio Fidel ha dicho que la cultura religiosa no es asunto exclusivo de las iglesias, como la cultura política no es asunto exclusivo de los partidos. Le escuché a Fidel más de una vez: «el que traiciona al pobre, traiciona a Cristo». También dijo algo muy importante y sencillo, como son todas las grandes verdades: «Algo me enseñaron los jesuitas; la diferencia entre el bien y el mal». Imagínate tú.

La Cultura con mayúscula es una y pertenece a todo el pueblo. Ni la filosofía, ni las artes, ni la economía, ni la política pueden entenderse a cabalidad sin el conocimiento del contenido y la Historia de las Religiones. Ninguna ignorancia es buena. No hablamos de proselitismo, sino de información objetiva, aunque cierta inevitable atracción hacia las propias convicciones, siempre que no atenten contra la unidad del pueblo, es un derecho de conciencia.

Si decimos que somos hijos del Padre Varela, de José de la Luz y de Martí, tanto como de Céspedes, Gómez y Maceo, demos el lugar que ellos ganaron a sus convicciones para nuestra cultura nacional, incluyendo la masonería revolucionaria tan bien estudiada por el profesor Eduardo Torres Cuevas a propósito de Maceo, y desde luego, las que hoy llamamos religiones cubanas de origen africano, que en tiempos de Martí aún no se habían estudiado a fondo.

Gardel y el Che

Hemos tenido por años una intensa relación con «La Tribu», cuatro amigos colombianos. Uno de ellos, de oficio librero —Álvaro Castillo— es el dueño de una librería en Bogotá, «San Librario», un santo inventado, pero que casi lo es —«y él lo representa con el dibujo de un santito, con una diligencia llena de libros», dice Fina—. Es un librero que consigue ediciones raras para García Márquez y es también un melómano, como nosotros, aunque está más interesado que nosotros en la historia de la música.

Él nos envió un casete con interpretaciones de Gardel, desde las primeras canciones que se le conocen hasta su madurez. Hace pocos días, Fina me propuso escuchar aquellas viejas grabaciones. Nos sorprendimos al encontrar una versión, antiquísima, de la única canción que le oyeron cantar al Che los campesinos de la Sierra Maestra, según reveló el periodista Félix Guerra: Como abrazado a un rencor, un tango que popularizó Gardel.

Yo quiero morir conmigo,
sin confesión y sin Dios,
crucificao a mis penas
como abrazao a un rencor.
Nada le debo a la vida,
nada le debo al amor:
aquella me dio amargura
y el amor, una traición.

En una conversación que tuvimos con Don Ernesto, el papá del Che, nos confirmó que su hijo solo cantaba un tango. Sin embargo, Don Ernesto lo confundía con otro tango de Gardel, Rencor, cuya letra es: «Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir esta pena sin ti…».

Pero los campesinos no recordaban exactamente el estribillo que dice «como abrazado a un rencor». Decían que él cantaba algo así como «agarrao a un rencor». Sin dudas se trata de esta vieja grabación de Gardel, una de las primeras que hizo en París en los años 30.

La Revolución

Yo creo que nadie hizo elogios más grandes que José Lezama Lima de la Revolución en sus primeros años. Ahí está «la invocación al Ángel de la Jiribilla»: «Mostramos la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo en la tierra» (1960). Después, en el 67, a raíz de la muerte del Che, lo llamó «el hombre de todos los comienzos». Lezama fue un revolucionario. Lo que pasa es que hay dos maneras de ser revolucionario: una, tácita; la otra, explícita. Se puede ser revolucionario proyectándose más allá de lo fáctico, de lo concreto, de lo visible. Nosotros tenemos la locura de lo invisible, es verdad. Hay un verso que me viene inmediatamente a la mente: «un puente, un gran puente, pero he ahí que no se le ve…». Ese puente es la poesía, del presente hacia el futuro. Cuando se establece lo invisible, lo visible viene después. Creemos en eso, somos locos, y «los locos somos cuerdos», como decía Martí.

La política no es el reino de los valores absolutos, y en este punto no debemos hacernos ilusiones excesivas. La política es sucesiva, relativa, y a lo que debemos aspirar es a que sea —como dijo Silvio Rodríguez con un adjetivo que agradecemos— «perfectible»; un «socialismo perfectible», por ejemplo.

Como creyente —cosa que para mí es inseparable de mi adhesión a la Revolución— pienso que la sustancia de la vida sigue siendo la esperanza, e incluso la memoria. Esa fue la enseñanza de nuestra gran maestra, María Zambrano, española, una mujer que se sintió en Cuba como «en su patria prenatal». Ella nos dio un seminario sobre las Confesiones de San Agustín, y nos decía que para él la memoria no era la nostalgia, no era el pasado. Era la esperanza. Esa idea me parece importante, en el campo religioso y en el político. No se deben separar, y siempre estoy en contra de estas dicotomías. Dije antes que la política no era el campo de los valores absolutos, pero sí es el campo de batalla para lograr esos valores, y preservar esos valores, preservar al ser humano, ese es el único sentido que tiene la Historia.

La Patria

¿Qué es la Patria? Martí dijo aquello que siempre se cita: «Patria es Humanidad»; sí, pero dijo otra cosa: «La patria no es el objeto de unos cuantos tercos…». Eso es muy interesante, porque es casi una defensa de sí mismo. Y dijo también: «la patria es cosa divina». Me di cuenta de algo: la patria no es la nación, no es el Estado, no es el país. La patria es la patria; una obviedad, que no es tal. La patria es algo por lo que un hombre es capaz de morir y también ese algo que está en un pequeño sabor y en un gran combate. Es el dulce de guayaba y la Batalla de Las Guásimas. La patria es algo mínimo y máximo. En el buen sentido de la palabra, es un misterio, una fe. Algo a lo que se llega por una circunstancia misteriosa.

Fidel

Vino a verme (cuando Cintio ganó el Premio Juan Rulfo, en el 2002). Yo le comenté cosas que no sé por qué le daban risa. Por ejemplo, le dije: «Fidel, sin tabaco no hay Revolución». «¿Cómo?», me preguntó. «Mire, con todo el genio de José Martí, si no es por los tabaqueros de Tampa, Cayo Hueso y otras ciudades de Estados Unidos, por sus sacrificios, no hay Partido Revolucionario Cubano». Hubieras visto: se reía como un niño. Y yo le dije: «es verdad». Tal vez pensó al principio que yo me había parcializado por mi afición al tabaco y luego le hizo gracia que pareciera que ponía el esfuerzo de los tabaqueros por encima del de Martí.

Fidel y yo somos dos cubanos de buena voluntad, para decirlo lo más martianamente posible. No te olvides que el Partido Revolucionario Cubano no se basó en una ideología, sino en el esfuerzo reunido de todos los hombres de buena voluntad. Eso me parece de una gran sabiduría. Fina, a quien no le gusta aparecer en público ni publicar mucho tampoco, siempre ha hablado de Fidel como un gran patriota. Eso es lo fundamental. Después de eso se puede ser islámico, protestante, católico, marxista, pero se es, sobre todo, un patriota. Y por ahí es que nos toca el corazón.

El Imperio* por Cintio Vitier

El imperio sólo ve adictos, cómplices o enemigos, no personas.
El imperio sólo concibe mercancías.
El imperio se coloca a sí mismo en la puerta del Infierno.
El imperio de que hablo no es el de César ni el de Montezuma,
sino el de la mediocridad.
El imperio no tiene más remedio que desaparecer, o desaparece
todo, y él con todo.
Lo primero que el imperio ha sacrificado es a sus poetas.
El imperio promete su desaparición como un paraíso.
No se puede creer en ninguna promesa del imperio.
El paraíso sólo puede consistir en la libertad de la obediencia.
El imperio prostituye la libertad y prostituye la obediencia.
El imperio no existe nada más que para proclamar que existe.
El imperio sólo existe como existe el vacío.
El imperio adora el vacío que deja a su paso.
El imperio está en cada instante del aire que se respira.
Una islita dice: no.
9 de enero 2004

* Cintio escribió este poema inspirado en los alegatos de los Cinco Héroes, como le explicó a la autora de este material.

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