Días de gloria en Villa Clara

A finales de enero, Villa Clara disfrutó la comunión de no pocos acontecimientos que alcanzarían a colmar todo un año de viveza artística

Autor:

Rufo Caballero

Acabo de regresar de Villa Clara, impresionado por la ebullición de la cultura artística en esa ciudad y, lo que resulta para mí más importante, el alcance y la riqueza, la ética de la cultura ciudadana. A finales de enero, Villa Clara ha disfrutado la comunión de no pocos acontecimientos que alcanzarían a colmar todo un año de viveza artística, y que la hermosa y cálida ciudad ha experimentado en solo días.

Rochy, la estrella por excelencia de la canción inteligente (esta construcción parece una paradoja, pero tranquilos: la artista la resuelve), la Ana Belén cubana, decidió cerrar la década de su consagración definitiva con una gira nacional que le permitiera reencontrarse con su público selecto y cada vez más amplio. La cantante sacó chispas al teatro La Caridad, donde el público coreó el antológico himno bossa Tal vez, y aplaudió agradecido tantos otros éxitos de la intérprete, quien paseó su provechosa adicción por los temas de Vanito, Gerardo Alfonso (una muy sentida versión de Quisiera) y Carlos Varela. Acompañada por capaces instrumentistas, lo mismo locales que habaneros (se destacó la expresiva digitalización de Tony Rodríguez en el piano), Rochy se lució con ese estilo tan suyo: cuando advierte que está a punto de despeinarse —por el vuelo de la emoción o por la necesidad de bailar los temas (nadie dude un segundo que la Rochy es una cubana cachonda)—, algo le avisa de que la contención es buena consejera, y entonces la posibilidad del desborde queda apenas sugerida. Memorable, al punto de pedir grabarse ya, resultó el dúo con Diego Gutiérrez, a propósito del bellísimo tema La felicidad, rubricado por el cantautor de la Villa.

Pero no sonó únicamente la voz de Rochy, sino que sobrecogió a los visitantes el trabajo de Ferrer y su trío. Ellos han rescatado para la música la poesía íntima de Nicolás Guillén (algunos prefieren llamarle «romántica»): Desde los versos del gran poeta, cada arreglo se apropia de y rinde tributo a un gran músico o género cubano. Nicolás aparece en clave de son, danzón, feeling, bolero, balada (cuando no se montan dos y hasta tres géneros en uno); como propiciador de otros homenajes a Sindo Garay, Martha Valdés, Pablo Milanés o Meme Solís. El resultado es muy hermoso: las difíciles armonías de los arreglos permiten que emerja, límpida y cautivante, la música interior de los versos de Guillén, no ya en esa poesía mal llamada negrista, que baila sola, sino en este otro registro íntimo, no menos comunicativo.

Como si fuera poco, en el Mejunje se acogía una incitante muestra de teatro de pequeño formato, abarrotada de jóvenes todas las noches; al tiempo que el Ballet Nacional de Cuba —nada menos— entregaba a la ciudad un variado programa, asumido por relevantes figuras de la Compañía. Annette Delgado, la elegante y pulcra bailarina, honró a Villa Clara. No se sabía quién era más bella y más artística, si Annette o la ciudad; si Villa Clara o Annette.

Y mientras que en el mundo del espectáculo tenía lugar todo esto, abría sus puertas la edición 25 del Salón provincial de artes visuales. Una exposición múltiple, desigual como toda muestra colectiva, pero donde estimula la fuerza con que imperan los jóvenes, en los más dispares géneros y manifestaciones, códigos y gestos estéticos. La instalación y la pintura, de cualquier modo, son las expresiones más afortunadas. Dos de los Premios fueron a manos de cultores de esos campos: Delain Rodríguez (Reflejo del vacío) y Carlos Manuel Lóriga (Los animalitos del bosque no se matan). La instalación presentada por Delain rendía un brillante homenaje a Jorge Luis Borges, cuando sumergía al espectador en un juego de ilusiones visuales.

Si la pieza de Delain deja ver un sereno y muy meditado pensamiento artístico, Carlos Manuel Lóriga es definitivamente un gozador. Ganó con una pintura desfachatada, simpática, donde el ocurrente joven desplegaba una figura y un fondo gestual que hibridaban, de modo personal, cualquier cantidad de fuentes culturales. El aliento iconoclasta de Carlos Manuel resultó la gran revelación del Salón.

El Salón y sus alrededores aportaron el escenario para que se prodigara una de las mayores (pre)ocupaciones del arte hoy día: la perspectiva de género, el sujeto y sus elecciones sexuales, eróticas, comunicacionales. Otro premiado, Lester García-Merás, ofrecía un posible díptico en la dirección, perversa y desalienante, de observar comportamientos íntimos e ironizar con ciertos dobleces de la identidad. En un caso, la obra misma funcionaba como espejo (caramba, ¡cómo hay espejos en Villa Clara!), donde el espectador era violentado a mirarse. La imagen resultante entregaba una situación de autocomplacencia y narcisismo que ponía en fértil crisis el gesto de la recepción. En la otra pieza, una sabrosa instalación, Lester rodeaba los tópicos bates de pelota —tomados de común como pronombres fálicos de la agitada masculinidad— con atributos propios del estereotipo de lo femenino, como por ejemplo bragas, encajes o colorcitos asociados a la engañosa fragilidad femenina, y desataba así la productiva contrariedad entre las condiciones…

Pero si de perversidad, simpatía y revelación antropológica hablamos, hay que aludir a la performance Este pan está de…, con que participaron y obtuvieron Mención, Riddier Rodríguez y Linet Sánchez. En plena esquina céntrica de Villa Clara, Riddier vendía unos panes con mayonesa en forma de falos. Había que ver, y disfrutar, las reacciones de la gente, luego documentadas y exhibidas en la galería. Sobre todo las expresiones de los hombres que de pronto se veían con un apetecible falo entre las manos; sometidos, con violencia y gracia simbólica, a degustar aquello que el rol y las compulsiones sociales les permiten aceptar nomás como expresión de su mismo ego…

Y es que en Villa Clara todo resulta desembarazado, desprejuiciado, vivo. Debo confesar que me sentí como en una Cuba de años por venir, gracias a la frescura y la mente amplia con que la ciudad fluye en rumbos muy diversos, dinámicos siempre. Villa Clara se distingue por una palabra: Limpieza. Limpieza por dentro y por fuera; de la ciudad y de la gente.

Disfruté la sanidad de los jóvenes que se congregaban cada noche alrededor del parque central, adonde van a dar algunas de las principales instituciones culturales de la ciudad. Jóvenes ávidos de saber, expectantes, divertidos; y no sorprendí entre ellos una sola conducta turbia o torcida.

En el Santa Clara Libre coincidimos con los peloteros del belicoso equipo provincial. En los elevadores, el chiste de los muchachos era: «¿Vamos al ballet, o a la pelota?». Yo me hacía el gruñón y les peleaba: «¡A todo! ¡Hay que ir a todo! A la pelota, al ballet, al Salón de artes visuales. ¡No es esa edad para prescindir de nada!».

Puede entenderse que regrese con los pulmones llenos de aire blanco. Para los que creemos en el proyecto de nación y de cultura cubanas, Villa Clara es un fiestón; una ciudad ancha y pródiga.

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