Otro templo para la música

Guantánamo es de las poquísimas provincias del país que pueden acoger a los más sobresalientes concertistas de la Isla y del mundo. El maestro Frank Fernández obsequió las primeras notas que bautizaron el nuevo templo para la música de excelencia

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Una y otra vez Guantánamo me sorprende por su belleza siempre en ascenso. Pareciera como si, entre visita y visita, la capital más oriental de Cuba se propusiera lucir bien coqueta para no dejar indiferente a quien tenga el privilegio de desandar sus sensuales sinuosidades. Y lo que más me admira es cómo se ha empeñado en seguir creciendo, en no permitir que el tiempo llene de arrugas y achaques a sus edificaciones, sus calles, su gente.

En un lustro, la tierra cuyas hijas inspiraron a Joseíto Fernández, muestra satisfecha más de 800 nuevas sonrisas: valiosas obras sociales que acaban de nacer o regresan con reanudados bríos, e instituciones culturales recién abiertas que pudieran provocar la envidia hasta del más recto. Porque no todos los días abre una sala de conciertos de espléndidas condiciones y tan agraciada. De hecho, ahora Guantánamo se halla entre las poquísimas provincias elegidas del país, preparadas para acoger, como se merecen, a los más sobresalientes concertistas de la Isla, y hasta del mundo. Y ese significativo hecho ameritaba, por supuesto, una inauguración por todo lo alto. Por eso fue invitado el maestro Frank Fernández para que obsequiara las primeras notas que bautizaron al nuevo templo para la música de excelencia.

Ubicada en el mismo centro de la ciudad, en una casona que primero fue un taller de corte y costura —según cuentan—, y luego se convirtió en el sitio donde hacía más mítica su obra quien fuera calificada como la madre de la música guantanamera, la sala de conciertos no podía llevar otro nombre que el de Antonia L. Cabal, «Tusy».

Porque admiraba profundamente a la destacada pianista, pedagoga y directora de coros, Fernández inmediatamente accedió a centrar la apertura de la sala. Por eso, y por su apego a esa región del país. Tanto que años atrás concibió su Son Guantánamo y la música que hace de la Mariana Grajales una Plaza de la Revolución diferente.

Así, el extraordinario concierto constituyó, sobre todo, un merecido homenaje a Tusy. Inició con los dos más afamados cantos a la virgen que se hayan compuesto jamás: los Ave María, de Bach-Gounod y de Franz Schubert, defendidos a partir de la versión de Frank para piano.

Fue el concertista quien pidió que le permitieran interpretar ambas piezas sin la interrupción lógica de los aplausos. Supongo que el auditorio debió imponerse «atarse» las manos para evitar que estallara la primera de las ovaciones, cuando Fernández, en verdadero acto creador, logró sublimar ambas obras y entregarnos dos Ave María verdaderamente líricas y conmovedoras.

También dos monumentos de Federico Chopin avivaron el recuerdo de Tusy: el Vals en do # menor Op. 64 No. 2 y el nombrado Vals del minuto Op. 64 No. 1, en el que nunca la innegable velocidad que distingue al maestro (sus manos parecen retar la rapidez del relámpago) atenta contra la claridad y la belleza de la pieza.

Mientras tanto, la interpretación que hace el virtuoso del Vals en do # menor Op. 64 No. 2, el cual forma parte de la música del ballet Las Sílfides, es capaz incluso de inspirar al auditorio a «encarnar» al mismísimo Mikhail Fokine. Y es que es inevitable que la emoción, la perfecta expresividad, el sentido del tiempo y la plasticidad de la poesía que resultan de una ejecución impecable, ayuden a evocar los más inspirados movimientos.

Llegado a este punto, en una instalación con capacidad para poco más de 150 personas —diseñada con gusto y sabiduría en su interior por Alberto Brauet—, el público, que el maestro hizo suyo desde el principio, recibió con contagiante calor La comparsa y Gitanerías, para luego protagonizar una escena impresionante. Sucedió que, después de las populares danzas de Ernesto Lecuona, Frank presentó cuatro canciones en estilo trovadoresco. Y de repente, motivados todos por un «acompañamiento» de lujo, comenzaron a entonar Perla marina y Alma con alma, que levantaron (literalmente) a sendos solistas de sus butacas.

El embeleso fue total. Lo provocaron no solo las creaciones de Sindo Garay y Juanito Márquez, sino, sobre todo, Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero; y Gracias a la vida, de Violeta Parra. No podía ser de otro modo cuando, con su fraseo cautivante, mostrando su enorme musicalidad y acentuando el aspecto cantabile, Fernández hizo alarde de expresividad y delicadeza.

Admito que si bien Gracias a la vida destaca por la sencillez de su melodía, también puede ser muy «peligrosa» para una versión instrumental, por su tono repetitivo. Y, sin embargo, justo con el himno latinoamericano de la Parra, este completísimo artista llegó a crear mundos poéticos y expresivos inimaginables, convirtiendo en una joya su versión.

Autor de más de 650 obras, para ofrecer una muestra cabal de su versatilidad el maestro concluyó su inolvidable actuación con su rotunda Suite para dos pianos. Bolero, Vals joropo, Conga de mediodía, Habanera y Zapateo por derecho vienen perfectas para demostrar no solo su genio creativo, sino que constituyen un prodigio de técnica. De Suite para dos pianos asombra ese modo como Frank consigue que el piano se transforme en el arpa andina, en el violín y el cuatro que necesita el joropo; y en los quintos, requintos, bocúes, pilones, galletas, campanas y cornetas chinas, que intentan matar de envidia a la conga santiaguera de Los Hoyos.

Admirables los pianissimos de la Habanera, que hace creer que, como acto de pura magia, la melodía solo nace de la energía del maestro, y por eso nos llega un cálido susurro que arrulla y abraza. No obstante, lo más brillante de esta Suite para dos pianos, abundante en contrastes dinámicos y potencia sonora, es el Zapateo..., que posee la propiedad de despertar todos los sentidos. Sí, porque escucharlo, lo mismo te hace imaginar gallos en plena contienda, rodeados de palmas, arroyos y sinsontes, que sentir el olor inconfundible de la hierba mojada de nuestros campos.

Porque razones le sobran, imagino a Frank Fernández muy satisfecho de su presentación en Guantánamo, a la que asistieron, entre otros, Luis Antonio Torres Iribar, primer secretario del PCC en la provincia; y Raúl Leliebre, al frente de la Cultura. De ahí que ya se prepare para sorprendernos próximamente con la grabación, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, de los cinco conciertos para piano de Beethoven. Y mientras tanto, los guantanameros pueden sentirse orgullosos de su sala. Ahora solo falta que en esta tierra de grandes pianistas (recordamos a Lilí Martínez, Ivette Hernández y Zenaida Manfugaz) no solo repita su visita el maestro del piano cubano, sino que se sumen  otros grandes artistas cubanos y extranjeros, para que la felicidad sea completa.

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