Damas solitarias reconquistan hijos extraviados

El melodrama telenovelero es dignificado por el oficio y los recursos de notables actrices, que recrean el imaginario colectivo de varias generaciones de televidentes

 

Autor:

Joel del Río

El otro día, mientras veía algunas de las telenovelas actualmente en el aire —me refiero a la segunda temporada de la cubana Bajo el mismo sol, la argentina Valientes, y a las brasileñas Passione, Por amor y Páginas de la vida— pensaba en la cantidad de tiempo que hemos perdido en Cuba, y me incluyo sin falsos pudores, enredados en la bizantina polémica sobre la artisticidad de los productos destinados a la pantalla hogareña, y los falsos distingos entre lo culto y lo popular, lo elevado, lo espiritual y el entretenimiento, la amenidad que desconecta y refresca. Me refiero al tema, porque en varios países de Latinoamérica, como el nuestro, existen, por ejemplo, actrices del más alto rango consumadas en el cine y el teatro, que figuran sin complejos de ninguna índole en la serie dramática o telenovela de moda.

A pesar de sus largas y celebradas trayectorias en varios medios escénicos y audiovisuales, o precisamente como complemento a tales itinerarios, las cubanas Asenneth Rodríguez, Mariela Bejerano o Beatriz Viñas, la argentina Betiana Blum o las brasileñas Fernanda Montenegro, Susana Vieira o Regina Duarte, decidieron, lejos de infundados prejuicios o pudores elitistas, convertirse en heroínas de melodramas, personajes complejos por sus problemas con los hombres, la soledad e incomunicación, o la imposibilidad de permanecer en pareja, además de que la mayor parte está pendiente de rescatar a sus hijos del infortunio, la desgracia, la malquerencia, o los malos caminos.

Con notables currículos en el cine y el teatro, Asenneth Rodríguez y Beatriz Viñas interpretan en Soledad a una abuela y una madre precisadas a cuestionar los valores que traspasaron a sus respectivos descendientes. Mediante interpretaciones que brillan por su mesura, nítida construcción del físico del personaje y capacidad para expresar lo introspectivo, ambas actrices —junto con esa progenitora idealizada que hace Regina Duarte en Por amor y Páginas de la vida— reinterpretan esa figura clave del drama lacrimógeno internacional que ha sido la madre mártir. Las mencionadas actrices cubanas han logrado algunos de los mejores momentos histriónicos de esta segunda temporada, sobre todo porque sus conflictos tienen que ver con la discordancia entre lo que pudiera dictar la teoría sobre la crianza de los hijos, y ciertas prácticas sociales, económicas y culturales que contradicen los ideales. Sus hijos deciden encaminarse en direcciones que se apartan de lo que ellas consideran saludable, honrado y valedero, y de este modo asistimos a la dramatización de incomprensión entre las generaciones, el arrepentimiento y la culpa, tres fuertes estandartes del eterno melodrama, que también fluctúan sobre las cabezas de algunas madres de las que presentan las series brasileñas mencionadas antes.

Muy destacada también por su trayectoria en radio, teatro y en la misma televisión (Doble juego, Salir de noche, Destino prohibido) Mariela Bejerano ha bordado la autenticidad de uno de los papeles femeninos menos complacientes de esta serie. Mujer libre y amante de su libertad, dueña de relacionarse con quien quiera y en el momento que lo decida, Lesly resulta quizá víctima de su propio anhelo por ejercer su autodeterminación, y termina, al parecer, pagando un alto precio por poner en práctica la negativa a «aguantar paquetes» y que le «metan líneas». Estamos viendo cómo el machismo nunca extinto le cobra carísimo su negativa a dejarse domeñar, amarrar o socavar. Sin que le falten virtudes como la generosidad y cierto espíritu positivo y optimista, el personaje, como tantas mujeres que conocemos, termina atravesando el largo túnel de los constantes reveses, el error y la desesperanza.

A diferencia de estos tres personajes con diversas facetas discutibles, plenos de conflictos, que evolucionan y suscitan el afecto de muchos espectadores y, sobre todo, de espectadoras ávidas de ver reflejados sus problemas, la mujer abusada que hace Tamara Castellanos está marcada por una victimización monocorde (remarcada al nivel del guión y por la extremada intencionalidad de la interpretación) y lo menos creíble proviene de los súbitos e incomprensibles arranques de rebeldía y protesta. A la hora de representar tan delicados desbalances, la violencia doméstica merecía cuidadosa sagacidad para distanciarse de la dicotomía estática y absurda que implica, de un lado, el abusador, malvado, intolerante y represor; y del otro, la víctima, bondadosa hasta la irritación, deseosa de vivir otra vida pero atrapada, infiero, en un claustro de cobardía e intereses creados. Bajo el mismo sol no es Cuando una mujer, y ni siquiera debe parecérsele, porque a ambos programas los animan opuestos intereses, de modo tal que sobran el aire didáctico y las poses interpretativas que ilustran un tema desde la obviedad y la redundancia.

Conocida esencialmente por su participación en teatro y en más de 30 películas (Esperando la carroza, De eso no se habla, Convivencia, Bajo bandera...), la argentina Betiana Blum destacó por su ángel para la parodia, y por sus feraces recursos en la improvisación. En 2009 y principios de 2010 la Blum volvió a consagrarse en la serie de corte criminal titulada Valientes, por la extrema simpatía de su personaje Argentina Próspera Varela, una madre separada y humorísticamente obsesiva y deslenguada. No obstante la gracia de la caracterización, el personaje se concibe, desde el guión, sobre el molde de la mujer solitaria, golpeada por la adversidad y el despoblado de los afectos. Sus intervenciones le confieren especial brillo a una serie cuyo fuerte nunca fue el histrionismo, ni la capacidad de un guión (muy endeble) para profundizar en la psiquis de los personajes. En la trama central, son los hijos varones quienes andan en busca de la madre extraviada, perdida, que les negaron, pero Betiana Blum se roba el show, y uno casi se olvida del verdadero argumento.

Soberana presencia, incluso a los 80 años, de la dramaturgia brasileña (solo en cine alcanzaron categoría de clásicos sus papeles en La difunta, Ellos no usan smoking y Estación central) Fernanda Montenegro, o más bien su personaje de Doña Bete, intenta recuperar con todas sus fuerzas al hijo, separado de ella por el azar y la mentira. Aunque Passione incursione también en el género criminal, con el suspense, las intrigas y los delitos típicos, también el eje fundamental de la historia manipula numerosos recursos del melodrama relacionados con la identidad extraviada y el estatus recuperable, los buenazos perseguidos por la mala fortuna, los malvados capaces de cometer los peores engaños e infamias... Al centro de todo ello están las respectivas familias de la pareja madre-hijo que conforman la Montenegro y Tony Ramos, y los 160 capítulos se concentrarán, más o menos, en describir las aproximaciones y distanciamientos entre estos dos seres marcados a hierro candente por los errores de otras personas, el desamparo y la necesidad de redención.

Escrita por Silvio de Abreu con muy claros conceptos sobre el entretenimiento y el ritmo televisual contemporáneo, Passione tiene el incentivo de sus exteriores y paisajes filmados a medias entre São Paulo y varias localidades italianas. Para cumplir con las agendas del género criminal, presenta como contrapeso a las caridades de las damas bondadosas puestas en aprieto, a varias mujeres nada maternales ni virginales, auténticos monstruos de egoísmo y amoralidad. Porque la telenovela, sea melodrama o criminal, necesita malvados, a veces muy carismáticos, como la Blanca que hace Susana Vieira en Por amor (Canal Habana), madre obsesionada por la preferencia con solo uno de sus tres hijos, con la idea de tener un nieto, y dispuesta a manipular cualquier circunstancia, y a todo el mundo en derredor, con tal de mantener el estatus económico, las apariencias y su enfermiza arrogancia.

El oponente natural de Susana Vieira en Por amor es la Elena de Regina Duarte (Malú, Roque Santeiro, Vale todo, Páginas de la vida), otra vez en situación de aleccionar, y en ocasiones emocionar, con un personaje presentado cual dechado de virtudes y capacidades, pero con excesiva tendencia al autosacrificio hasta la inmolación de sí misma, además del handicap de haber malcriado demasiado a una hija, en la misma medida consentida y desventurada.

Estrenada en 1997 con una versión de 191 capítulos, Por amor se refocila en el antagonismo de cuatro mujeres: Elena y su hija (Regina Duarte y su hija en la vida real, Gabriela Duarte) y esas hipócritas, desleales e inescrupulosas que interpretan no solo Susana Vieira, sino también la muy versátil Vivianne Pasmanter (Laura). La rivalidad y la puja entre estas cuatro mujeres es el núcleo fundamental de una serie que apuesta, con toda honestidad, por los recursos clásicos del melodrama femenino, que el lector sabrá identificar a la perfección.

En resumen: el melodrama telenovelero sigue siendo la llave para garantizar el intercambio entre la pequeña pantalla y su amplísimo auditorio, a partir de presentar una versión idealizada, y más o menos ilusoria, sobre la realidad, si exceptuamos la cubana Bajo el mismo sol, que se ocupa más bien de dramatizar la contemporaneidad de la Isla sobre la constatación de algunos de sus conflictos más visibles. Además, el género del sentimiento y la conmoción emotiva está siendo dignificado por el oficio y los ingentes recursos de muy notables actrices, encargadas de ensanchar y matizar los arquetipos y prototipos que simbolizan tanto virtudes como maldades, el orden y el desorden patriarcales, modelos de comportamiento que continúan poblando y contruyendo el imaginario colectivo de varias generaciones de televidentes.

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