Dialogar con los jóvenes es un privilegio

Para ser escuchados hay que saber escuchar, sostiene la doctora Graziella Pogolotti, quien, al llegar a los 80 años, siente que conversar con las nuevas generaciones la ayuda a mantenerse espiritualmente joven, a vivir dentro de la época, a ser más útil

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Por más que un folio amarillento certifique que todo comenzó en París, el 24 de enero de 1932, a pocos parece importarle. Nadie pone en tela de juicio su cubanía absoluta, ni siquiera a sabiendas de que por su cuerpo fluye sangre rusa e italiana.

Si algo la define es que para ella todo proyecto es viable, siempre y cuando se tengan la lucidez y la valentía suficientes para encauzarlo. Más que temida, es respetada por el filo de su prosa y la vehemencia con que se ha entregado desde su juventud a la batalla permanente en pro de la cultura y de todo lo que considera justo y provechoso para la colectividad. Hoy, al tocar la cresta de una edad prehistórico-redonda, el temperamento, la sencillez, la capacidad de trabajo, la nobleza y la voluntad de esta mujer aparentemente recia, hermética, se me hacen cada vez más admirables. Su nombre es Graziella Pogolotti Jacobson. Para muchos, para casi todos, es La Pogolotti o, simplemente, La Doctora.

—Esta pregunta puede parecer obvia, pero quisiera que usted refiriera lo que entiende por cultura.

—La noción de cultura es muy amplia; comprende la memoria de los pueblos, o sea, las tradiciones, el modo de recrearse, de relacionarse, de confraternizar, las costumbres, el modo de vida cotidiano, los hábitos culinarios y el mundo de los oficios, donde cabe todo lo que hace el ser humano, de manera que se relaciona con lo que podría llamar la «vida del espíritu».

«Incluye, por supuesto, el espacio artístico-literario, pero desborda ese marco, lo cual explica que se mantenga en la vida de las comunidades y constituya un componente indispensable para articular la sociedad, para establecer vínculos entre quienes la integran. Con estas características, la cultura es unitiva y al mismo tiempo diversa. Así, en un país pequeño como el nuestro, se sostiene una unidad lingüística, histórica y geográfica, dada por la condición insular. No obstante, hay diferencias, hay sutilezas que no se pueden obviar a la hora de implementar políticas culturales».

—Precisamente, ¿cuáles usted señalaría como deficiencias que han permanecido latentes por muchos años, en detrimento de nuestra política cultural?

—Creo que nos ha golpeado, como en otros aspectos, la falta de coherencia suficiente entre la teoría y la práctica. Decimos que la Campaña de Alfabetización constituyó una revolución cultural, y en verdad lo fue; no solo por lo de enseñar a leer y escribir, sino porque ello se tradujo en un intercambio entre el adolescente de la ciudad y el poblador del mundo rural más recóndito. El impacto fue positivo: ayudó a revelar lo que éramos como país, propició el descubrimiento mutuo, el hallazgo del otro, tan importante para entablar una relación dialógica entre las culturas. Sin embargo, de esa experiencia maravillosa, no hemos derivado, en la práctica, todas las consecuencias.

«Temprano empezamos a impulsar el trabajo comunitario, pero sin una base conceptual sólida. Todavía se opera un poco empíricamente, y con frecuencia se insiste en trasladar un mismo modelo a comunidades que son diversas, lo cual perjudica su propia identidad. Quisimos aplicar un modelo, privilegiando un repertorio y los modos de hacer de la alta cultura, y no exploramos las potencialidades latentes en las comunidades. No nos percatamos de que lo esencial y duradero estaba en asimilar aquello que es característico en cada zona. Había que propiciar que la gente se reconociera en su singularidad.

«Por otra parte, hemos demorado mucho en incorporar elementos de la cultura artística y literaria a la educación formal. Pienso en los libros de texto, mediante los cuales se les puede transmitir a los niños un acercamiento creativo en la lectura, despertar vocaciones, lo que no implica que mañana se conviertan en artistas, pero sí se fomenta el cultivo de la sensibilidad y la capacidad de apropiarse de saberes, de disfrutar del caudal que está en nuestras manos».

—Hay quien dice que el pueblo cubano ha alcanzado un alto índice de instrucción, y sin embargo no es culto. ¿Qué opina al respecto?

—Naturalmente, más allá del nivel de escolaridad, el pueblo cubano es portador de una cultura. De no ser así, no hubiera conservado su identidad a lo largo del tiempo. Pero sucede que el término cultura es tan confuso, que se piensa en la tradición de la cultura letrada. En este sentido hay deficiencias. Resulta lamentable que el conocimiento de nuestra propia historia y de la literatura sea insuficiente, e incluso de la música, pese a que este es un pueblo musical y danzante.

«Tampoco existe una sensibilidad desarrollada en relación con los valores de la ciudad, que constituye, en sí misma, una auténtica dimensión cultural. Gracias a la labor que durante años ha desarrollado la Oficina del Historiador, en la capital se ha tomado conciencia del valor intrínseco de La Habana Vieja, pero no del resto. Y no afincar un sentido de pertenencia tiene la consecuencia práctica de que no la cuidamos, y ni siquiera reaccionamos colectivamente contra los depredadores. Tengo la impresión de que en otras ciudades no es tan grave, que se mantiene cierto respeto por el entorno urbano. Aun así, queda mucho por andar».

—Aun desde posturas críticas, discrepantes o polémicas, sus planteamientos en el espacio de la cultura son tomados en cuenta tanto en los consejos de la UNEAC, como en las aulas de nuestras universidades, e incluso en otros escenarios del país. ¿A qué cree que se deba este fenómeno?

—No lo sé, creo que no podría decirlo... Tampoco considero que siempre sea atendida, pues unas veces me escuchan y otras no. Sí puedo asegurar que hago lo que pienso que debo hacer. Trato de comunicar, aunque no consiga que se analicen ciertas cuestiones con la celeridad que requieren. En lo concerniente a la cultura, llevo muchos años repitiendo e insistiendo, inclusive con los mismos argumentos, y no pierdo las esperanzas.

—Hace casi dos años JR publicó un trabajo suyo que gozó de una repercusión envidiable: Para dialogar con los jóvenes...

—No puede ignorarse que la juventud es una etapa contradictoria, de afirmación personal, de configuración de expectativas de vida, que no tienen por qué ser las que tuve yo, que me formé con otros referentes, que crecí sin la televisión, mucho menos la computadora y las posibilidades infinitas de acceso a la información que hay hoy. Padres y maestros no nos acostumbramos a que los hijos crezcan y forjen su personalidad. Junto al paternalismo, ha habido cierto olvido de lo que fuimos nosotros mismos a tu edad.

«Los jóvenes necesitan construirse la idea de un futuro, para la sociedad y para ellos mismos dentro de esta. No quiere decir que las aspiraciones se materialicen, de hecho, casi nunca sucede; pero esa suerte de diseño del mapa vital es un impulso indispensable para la integración activa y creadora, para los resultados en colectivo.

«Creo, en suma, que para ser escuchado, uno tiene que empezar por saber escuchar. Vencer esta barrera es el primer paso para valorar y respetar las inquietudes, las inclinaciones de cada cual, y adecuar el discurso propio a esas particularidades. Mi experiencia profesional como docente me ha hecho tomar conciencia de cuánto se aprende de los alumnos. A veces ellos formulan preguntas que conducen a advertir lo que tenía por sabido desde otra perspectiva, a iluminar ángulos soslayados. En el orden personal, este privilegio me ayuda a mantenerme espiritualmente joven, a vivir dentro de la época, a ser más útil».

—Doctora, ¿qué la llevó a asumir la presidencia de la Fundación Alejo Carpentier? ¿Acaso no pudo vaticinar lo que vendría después?

—Acepté, en primer lugar, por el vínculo con Alejo y Lilia —gestado desde los días de mi niñez—, y para tratar de darle continuidad a una obra que ella inició. Con pasmosa ingenuidad, pensé que entraría, de esa manera, en una etapa apacible, en la que me entregaría al estudio y la investigación; algo así como un regreso a los tiempos de docencia activa.

«Pero sucede que la realidad se impone: debo reconocer que no he tenido oportunidad de cumplir mi intención inicial, a pesar de lo atractiva que resulta la papelería de Carpentier que estamos procesando, mucha de ella inédita. Ciertamente, he acumulado un alto grado de estrés, pero a pesar de todo no me arrepiento».

—Hablemos de sus Memorias: Dinosauria soy. En primer lugar, ¿por qué darlas a imprenta ahora?, y luego, ¿cómo explica tan sui géneris título?

—En realidad, no escogí el momento. A mí me incitaron a escribir las memorias, y lo fui haciendo poco a poco, en los ratos de que disponía. Por eso los relatos se eslabonan a través de varios años de escritura. En vista de que no fue un proyecto que surgió de manera espontánea, y que lleva un buen tiempo caminando, cuando creí haber concluido, entregué el mecanuscrito a la UNEAC.

«Respecto a la segunda interrogante, es evidente que el título se instala en mis 80 años de vida. Implica un reconocimiento de que mi formación es otra, de que muchos de mis rasgos, de mis comportamientos, se fueron creando y sedimentando en períodos diferentes. Por tanto, soy —y como tal me reconozco— una especie de observadora, una testigo de un ya largo período de tiempo, y para muchos debo parecer una variedad de fósil. Debo decirte que acepto esa condición también como un desafío; a fin de cuentas, Dinosauria soy».

—Pero usted parece dar la espalda al calendario, ignorar sus limitaciones… ¿En qué radica, si existe, el acertijo?

—La clave, ese «acertijo» que refieres, está en la curiosidad, en mantener la curiosidad en relación con todo lo que sucede a mi alrededor, por más que escape de lo que pudieran ser mis intereses primarios. Me importa todo; me interesan y conmueven los desafíos del mundo moderno... Como supondrás, el peso mayor recae en la literatura. Leyendo y releyendo descubro cosas nuevas, y otras no vistas con anterioridad. El descubrimiento constante me da fuerzas para seguir.

—Sin resultar demasiado apocalíptico, ¿ha pensado en el final?

—La idea de la muerte siempre nos acompaña. Recuerdo que desde pequeña me atemorizaba, y ello se debe a un elemento muy poderoso: la imagen de la nada, la idea de no saber qué va a suceder, de no despertar mañana; y junto a ese pensamiento impactante, la angustia del deterioro que pueda aparecer, fenómeno que tiende a acrecentarse a estas alturas. Por eso, a quienes quiero, les pido que me alerten cuando empiece a patinar. Mientras tanto, mientras pueda, seguiré trabajando, siempre que funcione adecuadamente. Esa, y no otra, es mi aspiración máxima.

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