«Juego» de tronos (II)

Telespectadores más cultos, más exigentes, menos banales, necesitan estos tiempos en que se exhibe tanta dañina chatarra audiovisual; una audiencia que sepa discernir dónde están las propuestas entretenidas y a la vez enaltecedoras

Autores:

Yelanys Hernández Fusté
José Luis Estrada Betancourt
Jaisy Izquierdo
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Aracelys Bedevia
Lourdes M. Benítez Cereijo
Litzie Álvarez Santana
Elayna Espina Sierra
Nelly Osorio Llanes
Adianez Fernández Izquierdo

Como ocurre en la fantástica historia que recrea la recién estrenada serie Juego de tronos, donde las principales casas nobles se enfrentan con el fin de hacerse de los Siete Reinos, al parecer en la Cuba de hoy también se da una «pugna» por la supremacía en el favor del público en torno al universo que conforman series, teleplays, videoclips, realities shows, películas... Solo que esta no es ficticia. Por el contrario, se trata de un asunto bien serio: ¿Cómo estimular la capacidad culta y crítica en la audiencia que consume tanto audiovisual sinónimo, por lo general, de dañina chatarra? ¿Cómo hacer que prime la calidad de los consumos culturales, sobre todo en los públicos más jóvenes, a la hora de elegir entre la oferta de los cuentapropistas y la institucional?

Para algunos, estamos ante una pelea de león contra mono amarrado. El crítico y ensayista Frank Padrón expone a Juventud Rebelde las razones por las cuales no pocos anuncian como «vencedores» a quienes comercian o alquilan este tipo de producto: «Ofrecen justamente las opciones que no tenemos, o tenemos desventajosamente, además de que ellos (los cuentapropistas) logran “vender” comodidad y confort. Si se adquiere a precios módicos películas, series, telenovelas, que se pueden ver a la hora que uno desee sin moverse de casa, entonces no hay que esperar que la TV las programe, o que lo haga con otras menos atractivas, y mucho menos, trasladarse al cine».

Sin embargo, Frank considera que, «de cualquier manera, y pese a las deficiencias, nuestros organismos encargados (ICRT e ICAIC) hacen un esfuerzo considerable por combinar en sus programaciones calidad y entretenimiento; pero de veras se enfrentan a un monstruo en una competencia leonina: ofertas de todo tipo, sin filtros cualitativos, sin deslindes, sin una guía u orientación especializada mínima; contra eso, ni la TV ni el cine nacionales pueden, al menos suficientemente, porque es el receptor quien decide. Por ello pienso que no hay otra alternativa que la lenta pero sistemática e insustituible batalla por la cultura: a medida que ella crezca, tendremos telespectadores más cultos, más exigentes, menos banales».

Un estudioso del séptimo arte como Luciano Castillo se reconoce como enemigo número uno de toda esa parafernalia comercial. «No pocos disgustos me he ganado por tratar de que algunos amigos comprendan lo nocivo que puede resultar el consumo indiscriminado de estos materiales para sus propios hijos. Siempre me justifican con que los videojuegos ejercitan la inteligencia, pero por naturaleza me niego a entenderlo».

Luciano comprende la magnitud de este fenómeno global dentro de nuestras fronteras. «Los perjuicios pueden ser permanentes: me preocupa que pueda estarse tirando por la borda más de medio siglo de trabajo del ICAIC en la formación de un público cualitativamente superior. Es cierto que ahora todos tienen a su alcance la posibilidad de elegir, pero ¿qué y con cuáles criterios? Para colmo, violando ciertos mecanismos, ya hasta logran ingeniárselas para extraer subrepticiamente de las instalaciones de posproducción del mismo ICAIC las copias de las películas, incluso sin culminar el proceso de posproducción.

Algo está claro: nada se resolverá con prohibiciones, a partir de que el consumo de audiovisuales se mueve por canales alternativos, en los que no es posible intervenir. Y lo cierto es que Alfredo, un joven de 27 años, quien dejó a un lado la enfermería y exhibe sus discos en el Vedado, está tranquilo, porque la demanda de sus clientes, dice, aumenta por día.

«A nosotros quienes nos “resuelven” son los chamaquitos adictos al reguetón. Porque la competencia está dura: por esta misma zona hay como cinco que hacen lo mismo y están portal con portal. Así que ofertamos discos que traen una compilación de videoclips. Y eso se vende como pan caliente. Si eso es lo quieren y lo que vende, pues...».

Víctor Escobar, del Cerro, lleva casi siete años en este negocio, cuando aún no existían las licencias, confiesa. Interrogado sobre lo que más le solicitan, responde: «Las ventas dependen del tipo de público. Hay dos clases: el corriente que te pide videoclips de reguetón nada más, y por lo general ve filmes de terror, y patadas y tiroteo; y el otro, más culto, para el cual trabajo, que busca películas con buen guión, fotografía, actuaciones destacadas, trama inteligente, etc. Yo soy de los pocos que trabaja con ese tipo de clientes, de edades entre los 30 y 40 años. Te sorprendería la cantidad de usuarios que he logrado conquistar durante todo este tiempo: aproximadamente cien personas fijas y regulares; cifra que a veces aumenta a 200».

¿Equilibrio?

Tal vez en territorios como Artemisa, la situación sea más favorable para que la actividad de los cuentapropistas adquiera mayor fuerza. Esta provincia posee 24 cines, de los cuales diez permanecen cerrados, mientras el resto no cuenta con las condiciones necesarias, razones que condicionan la poca asistencia a las salas. Al menos por eso Brayan González no se toma esa molestia. «Prefiero alquilar en la videoteca y ver con tranquilidad lo que me gusta».

Ese es el caso de Brayan, pero otros, como Yaneisy Piñón, estudiante de Ciencias Médicas, deciden ir «al seguro». «Es cierto que la videoteca es más barata, sin embargo, ya he visto por televisión los filmes que ofrecen, o lo que me llama la atención no está. Entonces, no me queda otra que acudir a quienes casi siempre consiguen lo que pides».

En cines como el Apolo, ubicado en Güira de Melena, se crean variantes para atraer a los espectadores, como aprovechar el amplio lobby para proyectar filmes en la noche, según explica su directora Nery de la Caridad de la Nuez. «Sin embargo, como promedio, no acuden más de diez personas».

Por otra parte, la televisión territorial, que pudiera ser una contrapartida, ha ido perdiendo seguidores. En un inicio el telecentro ARTV —ahora con carácter provincial— presentaba espacios dedicados a los audiovisuales, la música..., que llegaron a alcanzar un raiting de audiencia elevadísimo, pero desde el 2009, tal como apunta Tessy Cintado, especialista de Programación, «la recepción ha disminuido de manera considerable desde que se decidió suprimirlos de la parrilla para producir otro tipo de materiales.

«En ese entonces la gente nos seguía, pero hemos perdido tanto, que hoy no incidimos en que la población joven pueda disfrutar de propuestas cinematográficas de calidad, pues no contamos con programas encaminados en ese sentido».

De igual modo, la falta de referentes de lo que significa cine de calidad ha hallado resquicios entre los cienfuegueros, en cuyas salas cinematográficas no existe la tecnología para disfrutar de filmes en pantalla grande. «Aunque hay 22 funcionando, todos lo hacen con televisores y DVD, lo cual ha provocado la pérdida de público», expone Emilio Díaz Quintana, especialista del Centro Provincial de Cine (CPC).

Dayana Curtiella Garrido, comunicadora de dicha institución y graduada de Estudios Socioculturales, alude también a otra de las problemáticas que inciden en este asunto: «La mayoría de las veces no llega lo mejor de los ciclos programados habitualmente por el ICAIC, por eso la gente se decepciona y no vuelve al cine».

Acá las videotecas tampoco colman las expectativas. Yamet Barrueta Martínez, especialista de la del municipio cabecera se pregunta: «¿Cómo vamos a crecer en asociados, con un servicio tan deficiente en cuanto a la variedad, y más cuando existe un cuentapropista que toca la puerta de tu casa con lo que anda en boga?».

Personas de interés

Lejos de lo que se imagina, la realidad en la capital en cuanto al estado técnico constructivo de los cines no difiere mucho de la que se halla en otras partes del país, a excepción de aquellos que pertenecen al Proyecto 23 del ICAIC: de los 23 manejados por el Centro Provincial de Cine, diez no prestan servicio, y las pantallas grandes continúan «perdidas» en La Habana del Este, Playa y La Lisa, aunque no faltan las salas de video (26 activas de 38 que eran), mientras ascienden a 34 las videotecas distribuidas por la geografía habanera.

Lo cierto es que, dada la compleja situación económica del país, ya se conoce que después de discutido el anteproyecto de presupuesto del 2013, el CPC capitalino no dispondrá de fondos para inversiones. «Es nuestra responsabilidad sacar adelante las instalaciones cinematográficas, pero solo será posible con la ayuda de los gobiernos, como ha pasado en el Cotorro, donde muy pronto resurgirán el Salón Rosa y el Paraná», enfatiza Omar Paz Tizón, jefe de Mantenimiento y Transporte.

«Hay una verdad, esclarece Sixto Febles Palma, jefe del Departamento de cine, video y videoteca, los nuestros son “monstruos”, y repararlos cuesta una millonada: un metro cuadrado de alfombra, que varía de acuerdo con la acústica, vale entre 53 y 75 dólares; una luneta de tercera está por encima de 181 la unidad, un videoproyector (lo más asequible), sale en 8 000 en China, y no vamos a hablar del audio Dolby 7.1, de la climatización...

«El cine Regla, donde hubo un 50 por ciento de componentes de donación, se “remendó” hace siete años y costó más de un cuarto de millón de dólares, sin contar la moneda nacional», ejemplifica este hombre con más de 30 años en el sector, quien se queja de la pérdida de la Exhibidora Nacional de Películas, «la única empresa con personal especializado que atendía los cines. Ahora ni siquiera hay brigadas que se encarguen del mantenimiento».

«Lo más triste, señala Omar, es que a veces los cines están reparados, como sucede con el mismo Regla o con el Sierra Maestra, de Boyeros, que es una joyita, y sin embargo, la gente no va con la asiduidad que se espera. Dicen que debido a que la programación no es atractiva. Esa situación únicamente cambia con las películas cubanas, con las cuales no importa si las salas se están cayendo».

Con ese cuadro de fondo, los vendedores de discos y quienes se dedican a alquilar se hallan a sus anchas, según constató el diario en un sondeo, al encuestar a más de dos centenares de cuentapropistas no solo en La Habana, sino también en Artemisa, Cienfuegos y Ciego de Ávila. En todas partes, como regla, estos mercaderes tropiezan unos con otros en las calles más populosas. De sus respuestas se deduce que, por lo general, no existe en ellos un criterio estético a la hora de conformar sus catálogos. «Aquí tratamos siempre de tener lo último, lo que está buscando la gente», dicen, como también aseguran que la televisión, el cine y las videotecas no representan competencia.

El criterio de Alejandro Painceira resume la opinión de la mayoría: «No creo que esas alternativas rivalicen con nosotros. La televisión tiene horarios bastante difíciles y no siempre responde a los deseos de la gente».

Un cienfueguero, Heydrix González Alfonso, está convencido de que «lo artístico no camina. La gente busca shows faranduleros y esas cosas, con el único objetivo de entretenerse». Como muchos, este joven ya posee, además, estrategias para mantener su clientela: «Le caigo atrás a las premiaciones de los Óscars y otros festivales para saber qué películas están nominadas y luego proponérselas. Me funciona incluir en los discos los trailers de los filmes más próximos a estrenarse, así la gente se embulla y te preguntan por ellos, y yo me mato para conseguirlos».

Cuando indagamos por las fuentes que les brindan los productos actualizados, mencionan los paquetes que reciben cada semana, los cuales vienen en discos duros externos de 200 y 250 gigas, frecuentemente con la programación capturada de la antena de manera ilegal.

La ley ¿Y el orden?

Hay que ver la cara de Dayron Roberto Aguilera, estudiante de preuniversitario, cuando el proveedor del famoso paquete no aparece. «Eso es lo que consume toda la familia en mi casa: las novelas y los shows para que mi mamá y mi hermana se “relajen”; los muñequitos de mi hermanito y primito, sin los cuales no se comen la comida; los filmes de Jackie Chan y Steven Segal para el “puro” (él dice que las del sábado son peores); y las series para mi novia y para mí... ¿Televisión? ¿Para qué? Demasiado aburrida».

Fabio Fernández, al frente de la programación de la TVC, escucha estos comentarios y no se desanima. Por el contrario, es consciente de que el quehacer del ICRT debe ser superior en medio del contexto actual, en que tanta banalidad y seudocultura entran a través de DVD, memorias flash, Blu-ray disc; la antena, lo cual es ilícito..., y a pesar de que no se comporte igual en todas las provincias. Sí le preocupa enormemente, por ejemplo, el excesivo tiempo que los niños cubanos permanecen expuestos a los audiovisuales.

«En los hogares es muy frecuente que desde muy pequeñitos se les deje con la pantalla muy cercana por horas, y eso les está creando problemas como lo que algunos especialistas llaman falso autismo. Es algo tremendamente nocivo, cuando en verdad deberían, sobre todo, jugar con otros niños», alerta el reconocido investigador, quien conoce que el espectador siempre elegirá a partir de su nivel de instrucción, de su cultura, de su universo de referencias, de sus intereses como individuo.

«Algunos seleccionarán cosas buenas, otros regulares y unos terceros muy malas, explica. ¿Qué trata de hacer la TV? Bueno, lo primero es decir que creo que los cuentapropistas nunca serán competencia para la TV, porque esta siempre intentará ofrecer, de manera intencionada, un producto de calidad que enriquezca la cultura y la espiritualidad de su público, al cual respeta por encima de todo. Por tanto, nuestro medio intentará evitar la exhibición de materiales con contenidos pornográficos, desnudos injustificados, excesiva violencia, expresiones de xenofobia... Siempre habrá un proceso de selección. Por supuesto, que en el “mercado” ese filtro, por lo general, no estará.

«La televisión tiene un reto enorme, a partir de sus limitaciones financieras que le impiden adquirir todo lo que quisiera poner, como series y películas europeas y latinoamericanas —la media de un filme está entre 500 y 1 500 dólares—, mas debe hacer todo lo posible por obtener aquello que desea compartir con su público.

«Para alcanzar la añorada calidad hace falta invertir, no solo en equipamiento técnico, sino también en compra de productos, capacitación, en intercambios profesionales, y producir, de conjunto con las instituciones, en función de las mejores expresiones culturales del país, que sean acompañadas por las más sobresalientes de las inglesas, africanas, latinoamericanas, australianas, caribeñas...

«Y no resulta tarea fácil, porque el mundo tiene patrones de consumo impuestos por Estados Unidos, el mayor exportador de enlatados, que nunca podrán insertarse en la realidad cubana. Todo eso se enfrenta, casi únicamente, con producción nacional. Si Cuba es un exportador nato de música, hay que aprender a promoverla mejor en casa. Asimismo, tiene la posibilidad de sentar a su público con sus telenovelas y policiacos. Eso es un lujo. Entonces, ¿qué hace falta? Proyectos, ideas, y llevarlos a pantalla con un nivel decoroso de realización.

«Necesitamos aprovechar al máximo el talento que se ha ido formando y que también está en las provincias, y que a veces no lo visibilizamos desde la capital. Debemos atraer a la pantalla nacional los de mayor relevancia, pero que no se quede en palabras huecas ni discursos. ¿Cuántos graduados del ISA hay en la actualidad...? Debemos crear las condiciones no para el verano o terminar el año, sino para la TV que se requiere todo el tiempo, donde tienen que estar presentes las altas intenciones culturales del país, sin olvidar que este medio exige espectáculo (escenografías, luces, maquillajes, ambientación, vestuario, estudios digitales...), programas en vivo, caras que puedan ser reconocidas, presentadores de puntería, actores y actrices jóvenes...

«Por supuesto que se trata también de producir a un costo aceptable en relación con la calidad, porque la televisión es cara. Hay que abrir espacios a la producción alternativa que existe en la Isla y vemos en eventos como la Muestra Joven del ICAIC, Almacén de la imagen..., pero primero hace falta disposición y reconocer que eso es necesario. Después utilizar más racionalmente el presupuesto para garantizar estas producciones, identificar a qué dedicarles las mayores partidas, es decir, jerarquizar, lo cual no significa hacer más con menos, sino con lo que realmente lleve».

Benigno Iglesias está de acuerdo con Fabio Fernández en que es imprescindible afinar más la puntería, «máxime cuando el ICAIC puede ofertar una programación muy atractiva en las videotecas estatales y, sobre todo, de excelencia para cualquier tipo de público», asevera el experimentado vicepresidente de la mencionada institución.

«Ahora bien, enfrentamos limitaciones serias para lograrlo. La primera, y más importante: aún es escasa la red de videotecas estatales: menos de 200, cuando debería existir una cantidad mucho mayor en toda Cuba. El segundo inconveniente surge con la poca disponibilidad de discos vírgenes para las copias que se necesitan, para que el usuario tenga mayores probabilidades de hallar el título que le interesa».

Iglesias, quien atiende la programación del ICAIC, opina que se hace imperioso ir modificando el esquema de funcionamiento de las videotecas. «No se puede seguir esperando a que el consumidor venga hasta nosotros, más cuando la nuestra sigue siendo una oferta de calidad y seductora —en ese sentido los cuentapropistas son mucho más dinámicos—. Solo si pensamos en géneros, cinematografías, directores, actores y actrices, temas..., existe una variedad enorme de películas de probado nivel estético que no poseen los particulares.

El tema legal es otra cuestión esencial. Se aprobó la actividad de la venta y alquiler de audiovisuales y música por cuenta propia, sin embargo, está haciendo falta una legislación complementaria que norme la utilización del producto; un serio problema que pone en franca desventaja a las videotecas en su labor de promoción del buen cine.

«No es un secreto, apunta Iglesias, que abundan las salas deterioradas —asimismo encontramos provincias donde el panorama es completamente distinto, en dependencia del grado de prioridad que le otorgue el Gobierno local—, lo cual contribuye a que ir al cine no aparezca entre las opciones más llamativas. También ha sucedido que el Acapulco, por ejemplo, bien situado y en buenas condiciones, solo ha ofrecido tres funciones a la semana por insuficiente asignación de energía eléctrica...

«Para compensar lo expresado también están, claro, los bancos de video estatales, la oferta de la TV. Pese a todo, el cine sigue teniendo una especie de reserva para un sector importante del público. Lo demuestran los festivales Internacional de Cine Latinoamericano, de Cine Francés, las semanas dedicadas a diversas cinematografías. Para nosotros el cine nunca será una cuestión de dinero, sino una opción cultural que nos enriquece, nos convierte en mejores seres humanos».

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