Artista de oficio

Conversamos con Dioscórides Borges Fuerte, un cubano que se hizo constructor de guitarras a fuerza de voluntad y talento

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Si la llegada a este mundo de Dioscórides Borges Fuerte hubiera ocurrido en la antigua Grecia, de seguro sus muchos admiradores se habrían explicado ese don tan peculiar suyo de extraerle sonidos infinitos a la madera, con el amparo divino del reverenciado Apolo. Pero este hombre con oficio de artista vio la luz en pleno siglo XX, el 8 de septiembre de 1938, en el barrio Ojo de Agua de Los Melones, ubicado en el actual municipio tunero de Jobabo, bien distante de la cultura helénica. Y sin embargo, nació con una gracia solo atribuida a los hijos del también dios de la poesía, de la luz y el sol: la de ser un auténtico lutier.

En medio del campo, el niño creció escuchando a su padre repentista, quien a los siete años le regaló un tres. Desde entonces su corazón latía con las vibraciones de las cuerdas. «Me aprendí tres o cuatro sonecitos. Tocar la guitarra se convirtió en una necesidad, aunque nunca pude estudiarla. La situación económica era muy compleja».

Un vuelco daría su existencia, cuando él contaba con 17 o 18 años. Dioscórides no puede precisarle a JR su edad exacta, pero jamás olvidará cuando unos parientes compraron dos guitarras nuevas. «Valían diez pesos cada una. ¡Una fortuna! Y a mí se me ocurrió pedirles una vieja que conservaban. Con ella realicé mi primera reparación.

«Estaba hecha de pino y parecía un ataúd. Le raspé la tapa, que era como de caja de bacalao, la pulimenté, le puse un juego de cuerdas y la afiné por las instrucciones que me habían dado —no sabía poner ni una sola nota—, y la colgué en un clavito.

«Cuando vino el primo de visita, la descolgó y la tocó. “¿Y quién la afinó? ¡Pero cómo va a ser, si tú no sabes tocar!”, dudó. Mi papá lo convenció: “Bueno, quien le ha puesto las manos encima ha sido él”, le aseguró. Así aprendí a afinar la guitarra desde el primer momento», cuenta este creador, tal vez todavía el único lutier del país que es miembro de la Uneac.

Lo cierto es que muy poco tiempo pudo lucir su «trofeo». «Comencé a formar parte de un conjuntico familiar, pero un buen día en que debíamos presentarnos en un baile no pude asistir, pues había una visita en casa. Me pidieron la guitarra prestada y aún la espero (sonríe). No podía decir nada. Eran sus dueños».

Dioscórides confiesa que apenas podía dormir. «Tenía que hacerme mi propia guitarra. Y puse manos a la obra, recordando todo lo que había visto por dentro. Sin nadie que me diera una noción, hice la primera, para asombro de la gente.

«¿Cómo? Le pedí a mi padre que me trajera una lámina de plywood muy finita, como de tres milímetros, que utilicé para la tapa. Entonces le hice unos dibujitos en la boca con un compás, los cuales pinté con tinta de bolígrafo.

«El cuerpo lo concebí de cedro, con un serruchito viejo, un cepillito y un cuchillo. La tapa la pegué sin cintillo. Era una guitarra  totalmente rústica, pero quedó con un sonido que impresionada.

«Cuando estaba la segunda a medio hacer nos mudamos para Las Tunas, el 16 de julio de 1958. En cuanto llegué a la ciudad me relacioné con otras personas que ya las fabricaban, como Pedro Escobar, Alonso Rivero, Ramón Milán... Poco a poco fui adentrándome en el oficio», narra este innovador natural, quien ha sido capaz incluso de idear cuerdas de cobre enrollado y cables de acero.

Hasta 1971 tuvo que esperar para dedicarse por completo a la construcción de guitarras, aunque ese era su principal entretenimiento los domingos y en vacaciones. «Pero ese año abrieron una fabriquita aquí, que después la trasladaron para Industria Locales, un taller donde se hacían otras producciones. Y se me acabó la felicidad cuando decidieron que las guitarras no eran costeables. Aguanté confeccionando portarretratos hasta que me percaté de que mi sueño se iba abajo...».

Ese fue el tiempo en que se convirtió en jefe de personal, administrador de restaurantes, chofer del Politécnico de la Salud... «Pero siempre en mi casa preparando a mis “niñas”. En 1991 me jubilé por enfermedad y así volví a retomar el oficio con más fuerza. Desde entonces no me he detenido».

—¿Cómo fue llegando el reconocimiento social a su importante labor?

—En el año 2001 tuve la oportunidad de elaborar una guitarra a un amigo, con la cual se fue a tocar a Varadero, mas se le hizo un rotico y se la llevó a Raúl Lage García, en La Habana, uno de los mejores lutieres de Cuba. Este le preguntó de dónde la había sacado. Cuando lo supo, le dijo: «Que me vea, lo voy a ayudar. Porque este es un maestro metido en un pueblo de campo». Viajé hasta la capital y aunque él había salido para Brasil, me dejó encaminado en la fábrica Fernando Ortiz. Presenté una de mis obras y mandaron a buscar al maestro Jesús Ortega para que la probara. ¡Me la ripió como un yarey! Sin embargo, me brindó la posibilidad de asistir a un curso que impartiría el reconocido lutier mexicano Abel García López (en total fueron 15 y yo participé en los últimos tres).

«Gracias a esos decisivos encuentros me especialicé más en la construcción de este hermoso instrumento, en los parámetros de las guitarras de concierto, en la calibración de las tapas..., cosas que hacía intuitivamente. Un año después, con unas maderas que me dieron, construí dos guitarras que me quedaron bastante buenas. Ortega se enamoró de ellas y se las enseñó a Abelito Acosta, entonces presidente del Instituto Cubano de la Música. ¡Y cuál no fue mi sorpresa cuando me enteré de que acompañarían para siempre a Marta Valdés y Miriam Ramos!

«Te cuento que estas artistas inmensas me hicieron el honor de venir a Las Tunas junto al maestro Roberto Chorens y una tunera ilustre: Rosa Matos, la primera mujer que triunfaba en el Concurso Internacional de Guitarras de La Habana, quien me regaló un concierto como agradecimiento y reconocimiento a la calidad de mis instrumentos. A partir de ese instante, se empezó a entender el valor de mi obra.

«Sin embargo, como reconozco siempre, el maestro Ortega, con su empuje, ha sido esencial en esta historia».

—Son muy caras las guitarras de concierto en el mercado...

—Es compleja la construcción de un instrumento como este, porque no se trata de ir al monte, cortar un gajo y hacerlo. Son maderas que requieren un tiempo de seca, que deben tener calidad. Cuando empecé a recibir los cursos, se pensó en un plan en el que participaron Lage y el mismo maestro Jesús Ortega para importar maderas y realizar guitarras de concierto entre los lutieres que estábamos regados por el país, la producción se sacaría por la fábrica Fernando Ortiz, que era lo ideal. Se han hecho cálculos, de hecho yo intervine en un trabajo para un fórum de ciencia y técnica donde se explicó lo que se podía hacer con el dinero que valen en el exterior. No sé qué ha pasado...

«Tal vez pueda parecer una autosuficiencia mía, pero me lleno de orgullo cuando un destacado concertista como Félix Ramos, quien posee una de mis guitarras (confeccionada de fresno, la madera que se utiliza para los bates de béisbol), dice: “Si con maderas que no son reconocidas para guitarras, este señor enloquece a la gente, por el sonido fantástico que emiten y su presencia, ¡qué no podría hacer con los materiales ideales!”. Se refiere al palisandro, nogal, sicomoro, arce, ciprés... Cierto que la madera vale mucho, pero es esencial el conocimiento, y el corazón y el interés que se le ponga. La cubana apenas posee la resonancia de las otras, por ello es tan importante, a partir de la textura, saber qué le pondrás por dentro para lograr un buen sonido. Porque la guitarra tiene su parte de misterio. Se lo digo yo que llevo 53 años en esta labor.

«Por otra parte, en mi opinión valdría la pena construir las guitarras en Cuba, aunque se deba compar la madera en otro país. ¿Cuántas escuelas de arte, cuántas orquestas de guitarras, concertistas, hay en Cuba? Los cuatro requintos con que cuenta la Orquesta de Guitarras Isaac Nicola, de Las Tunas, los construimos mi hijo Elder y yo. Y ahora Ortega anda buscando madera para que también construya para la suya, y así mismo sucede con la de Camagüey. Existen no pocas agrupaciones de este tipo en el país... Al mismo tiempo, cada guitarrista necesita una para sí».

—¿Cuáles son los mayores dolores de cabeza a la hora de elaborar una guitarra?

—Son muchos, pero últimamente he encontrado un «calmante», porque mi hijo de crianza me está enviando un pegamento que empleo principalmente para el puente, la parte más delicada. Son acetatos muy buenos. Nos golpea mucho el clavijero, que en Artex se vende a precios... (y levanta la mano para indicar que es casi inalcanzable); el traste está perdido. Uno tiene que estar pidiendo favores. Gracias a un amigo ahora estoy preparando dos guitarras para la Escuela Vocacional de Arte El Cucalambé. Con ello consigo tres o cuatro meses de tranquilidad. El tema del abastecimiento es tétrico, a pesar de que comercializo con el Fondo Cubano de Bienes Culturales, pero es un dolor de cabeza.

«Junto a Félix Ramos, vicepresidente primero de la Uneac del territorio, estamos luchando, desde hace mucho, para crear un tallercito donde poder enseñar lo que sé, pero nunca se ha podido concretar. ¿Será un problema de sensibilidad?».

—De todas maneras las felicidades no deben ser pocas...

—¿La principal? Construir mis guitarras. No importa que no cuente con equipo de ningún tipo, al no ser la sierrita y un compresor para barnizar. Todo lo demás es manual: picar las tapas, los fondos... y me apoyo en un serrucho y un cepillo de mano, cosas muy, muy artesanales, pero todos enfatizan que justo por ello son más valiosas.

«Ya mi esposa sabe que cuando estoy con mis “niñas” no debe enviarme a ningún mandado... Es que me meto en ese mundo y pierdo la noción del tiempo, y peor si estoy experimentando algo. Me operaron de la columna, padezco de cardiopatía isquémica, pero me siento “al quilo” cuando me “pierdo” con una guitarra. Prácticamente no me duele nada, eso viene después. Yo quisiera estirar el día, que me rindiera más.

«Soy feliz porque creo que se tiene un buen concepto de mis guitarras, lo que no solo aseguran Ortega, Marta Valdés, Miriam Ramos, Rosa Matos, sino también Eduardo Martín, el importante concertista alemán Pavel Steiner... Voy para 74 años y siento que hubiera podido hacer mucho más si me hubieran prestado ayuda... ¡Seguro, seguro! Pero pienso que el día que ya no esté, habrá quedado una obra. Sería muy triste pasar por la vida y no dejar una huella».

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