Más prometedor será el mañana - Cultura

Más prometedor será el mañana

Este fin de semana vuelve al Gran Teatro de La Habana La leyenda del agua grande

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

La leyenda del agua grande, que concibiera el talentoso coreógrafo Eduardo Blanco, les ofrece a los balletómanos del Gran Teatro de La Habana la oportunidad del reencuentro con dos jóvenes figuras de enorme valía del Ballet Nacional de Cuba: Amaya Rodríguez y José Carlos Losada, después de sus exitosas presentaciones en tierra española.

Durante dos meses, los bailarines principales de la compañía que dirige la prima ballerina assoluta Alicia Alonso tomaron parte de la prestigiosa Gala de los virtuosos, que impresionó no solo en Madrid, sino también en Castilla la Mancha, Castilla y León, Barcelona y en la Obra Social de Nova Caixa.

En total fueron 26 presentaciones, que constituyeron un homenaje a las grandes estrellas de la danza mundial del siglo XX, y contaron con la dirección artística de los maestros cubanos Marta García y Orlando Salgado, según explicó a JR la Rodríguez. Ella y Losada tuvieron la responsabilidad de demostrar la alta clase de la escuela cubana de ballet con los afamados pas de deux Cisne Blanco y Cisne Negro de El lago de los cisnes, y el paso a dos del tercer acto de Don Quijote.

«En verdad solo bailamos en seis ocasiones Cisne Blanco, porque el público pedía que interpretáramos una y otra vez Don Quijote y Cisne Negro, impresionados por la fuerza técnica y la interpretación de estos pas de deux», aclara Amaya. «Era una gala de una hora y 20 minutos sin intermedio, y estaba combinada con videos y fotos de esas personalidades a las cuales homenajeábamos, entre las que destacaba nuestra maestra Alicia Alonso, y nos fue muy bien. Nos sentimos muy satisfechos con los resultados. Recorrimos buena parte de España y la acogida fue maravillosa».

José Carlos admite, por su parte, que resultó altamente gratificante que se pensara en ellos para hacerles honores «a quienes tanto nos han inspirado: desde nuestra Alicia, hasta Anna Pávlova, Isadora Duncan... Y el intercambio fue extraordinario, pues participaban reconocidos bailarines del Ballet del Teatro de la Ópera de Barskiriam, Ballet del Teatro de la Ópera de Bulgaria, Ballet Sansapie de Milán y del Ballet de Cámara de Madrid...

Aunque la García y Salgado los conocían desde antes, en la decisión final de que fueran los elegidos, de seguro pesó el hecho de que hubieran visto en escena a José Carlos Losada como partenaire de la primera bailarina Sadaise Arencibia en Cascanueces, y a Amaya Rodríguez en su debut como el Hada de las Nieves del mencionado clásico. Y estos jóvenes lo agraden profundamente.

«Es genial, dice Losada, porque uno aprende constantemente. Y es que cada escuela tiene su estilo, su manera de bailar... Fue muy provechoso en todos los sentidos. No nos podemos quejar, el público se portó de maravillas, sobre todo en Madrid».

Amaya está convencida de que le costará olvidar aquellas ciudades donde no había mucha cultura para apreciar el ballet. «En esos casos ni siquiera notábamos que el teatro no estuviera lleno, porque aplaudían tanto que daba la impresión de que no cabía allí un alma más. Y no solo sucedía con nosotros, por ese peculiar cariño que los españoles les profesan a los cubanos, sino con todos los participantes».

Ambos coinciden en que el training fue muy fuerte. «No es fácil enfrentar en una misma noche dos pas de deux de tanta exigencia. Estábamos al principio muy asustados y nos preguntábamos: ¿Lo conseguiremos? ¿Podremos acopiar toda la fuerza que necesitamos para llegar al final?», reconoce José Carlos, mientras Amaya confiesa que tenía un «miedo» que la atormentaba: ¿cómo llegar a 64 fouettés por función?

«Nunca había experimentado algo así, asiente este bella muchacha. Y desde el punto de vista técnico Don Quijote y Cisne Negro se hallan entre los pas de deux más complejos que tiene en su repertorio el BNC. Bien lo saben los cubanos... Una prueba de fuego. Porque cuando se trata de un ballet completo —solo he tenido la oportunidad de protagonizar El lago de los cisnes y Cenicienta— son solo 32. Y yo pensaba: ¿Lo soportará mi pierna izquierda? Felizmente lo logramos. Los dos nos mantuvimos en excelente forma, tanto física como anímicamente, y terminamos sin lastimaduras u otro problema».

A veces hacían tres presentaciones seguidas y luego descansaban dos jornadas; o dos con una para el sosiego, aunque el día a día era... ¡montados en una guagua! «Esa es otra de las experiencias que jamás olvidaremos, afirma ella. ¡Nuestra casa rodante! Allí comíamos, dormíamos, armábamos picnics, cantábamos, nos comunicábamos en todos los idiomas... Ofrecíamos hasta clases para que nuestros colegas aprendieran algo de español. Todo era muy simpático, aunque no descuidábamos las clases que recibíamos lo mismo de Marta y Salgado, que de Adolfo Roval, una suerte inmensa».

Tiempo atrás

Amaya Rodríguez es la primera artista de su familia. El amor por el ballet le llegó por su papá, quien le descubrió este mundo apasionante por medio de una función de El lago de los cisnes.

«Me llevó al teatro y me inculcó este amor que me ha marcado por siempre. Falleció cuando cumplí 15 años, justo en el momento en que entraba a la Escuela Nacional de Ballet (ENB), en Prado. Y te puedo asegurar que me acompaña cada vez que se abren las cortinas o pongo un pie en un salón. Gracias a él soy hoy una bailarina, porque sin el apoyo de los tuyos, como mi abuela y mi mamá; de tus amigos, es casi imposible avanzar».

Antes de llegar al arte de las puntas, Amaya había incursionado por la gimnasia y el baile español. Y a pesar de que no la aceptaron en la escuela Alejo Carpentier, ubicada en L y 19, ya el ballet la había conquistado. Por ello no se resignó.

«Empecé con la maestra Laura Alonso en Prodanza, donde hice mis cinco años de nivel elemental. En mi noveno grado también matriculé en el Taller Vocacional del BNC, lo que me permitió, por mis condiciones y mi esfuerzo, presentarme a las pruebas para la ENB.

«Como no había cursado la escuela de ballet Alejo Carpentier, entré en un grupo especial. Unos seis meses después me evaluó la maestra Marta Bosch y me aceptaron. En ese primer año gané con Esmeralda la medalla de plata en el VIII Concurso Internacional de Academias de Ballet. A los 18 años de edad comenzó a materializarse mi sueño: la entrada al BNC».

El baile atrapó a Losada desde pequeño. Por eso se incorporó a la Compañía de Narciso Medina. Pero su mamá, siempre previsora, le dijo: «No basta con bailar, necesitarás también un título». Entonces se presentó a L y 19, aunque llevaba un año de atraso. «Cuando vine a ver, el ballet estaba dentro de mí».

Al igual que Amaya, José Carlos tuvo la oportunidad de impresionar en certámenes internacionales. Sucedió en sus inicios en la ENB, cuando obtuvo la medalla de plata, y en tercer año, el último, en que vivió un momento inolvidable: conquistó el Grand Prix con Diana y Acteón... Después la llegada a la compañía danzaria más reconocida de la Isla.

«Formar parte del Ballet Nacional de Cuba, con la guía de la maestra Alicia Alonso y esos maîtres increíbles que ayudan constantemente a que podamos superarnos, es lo máximo a lo que aspira un bailarín en Cuba. Ello explica que siempre nos hemos considerado muy dichosos. Es el fruto de una entrega anterior ilimitada, aunque sabemos que en ese logro no termina todo. Porque hay que continuar trabajando a diario, sin respiro. Nuestra carrera lo exige. Esta es mi vida, es todo para mí», enfatiza Amaya, quien añora poder interpretar a la Kitri de Don Quijote, personaje que la atrae por su sensualidad, su alegría, su vitalidad.

Giselle, sin embargo, constituye la meta de Losada, después de tener en su hoja de vida clásicos como Cenicienta, El lago... y Don Quijote, donde se estrenó acompañando a la primera bailarina Yanela Piñera. «Es que Giselle representa un hito para la compañía y requiere además de una técnica depurada, una interpretación cabal. Todos los grandes aseguran que mientras no te conviertas en Albrecht serás un bailarín “incompleto”».

Veintiséis años tiene José Carlos Losada —uno más que Amaya—, en los cuales ha trabajado muy duro para conseguir el reconocimiento que hoy lo escolta. «Pero queda mucho por recorrer, lo iré consiguiendo con el apoyo de mis profesores —como Javier Sánchez, quien tanto vela por nosotros. Me satisface que no haya sido fácil crecer».

A pesar de que ambos muestran un currículo impresionante, aseguran que el tiempo se les está «escapando» demasiado rápido. «Estos siete años me han parecido siete días, destaca Amaya Rodríguez. Todo pasa muy deprisa con las funciones, los ensayos, las giras nacionales e internacionales... La vida es agitada y hay que aprovecharla al máximo. Pero estamos tranquilos, creemos que más prometedor será el mañana».

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