Jirafas o la soledad como principio redentor

A pesar del reducido número de obras cubanas disponibles en el 35 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en esta materia gozamos de muy buena salud. La calidad y la cantidad de propuestas del patio que están a punto de salir a la luz, dan fe de ello

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Joel del Río

Tras un carrusel festivalero que desplegó su máxima velocidad y llegó al final, entrego comentario para JR. Y como lo primero es lo primero, comencemos por el cine cubano. En la calle 23, entre amigos y enemigos, a lo largo de varios sitios web ajenos y propios, he leído o escuchado el criterio, condicionado por circunstancias que a veces propician equívocos, respecto a la dudosa calidad de la muestra nacional en concurso. La presencia de solo dos largometrajes, uno en clave de comedia (Boccaccerías habaneras), y otro de película intimista, de bajo presupuesto y muy escasas locaciones (Jirafas), junto con la ausencia de una representación cubana en el concurso de óperas primas, y el tradicional desdén de muchos opinantes respecto al documental y la animación, han sido los «argumentos» esgrimidos por los apocalípticos para hablar sobre «la más oscura decadencia» del cine nacional.

Antes de que prospere el rumor y suenen más las trompetas del supuesto cataclismo, sería preciso atender, valorar —por ejemplo— la promesa que significa la (ahora sí) próxima Meñique; en los meses venideros Fernando Pérez debe estrenar La pared de las palabras; Marilyn Solaya acaba de concluir Vestido de novia; Jessica Rodríguez hizo lo mismo con la esperada Espejuelos oscuros, y Fabián Suárez está en plena postproducción de Caballos. Carlos Quintela concluyó recién el cortometraje Buey y comenzará a rodar su primer largo; Enrique Álvarez profundiza en los conceptos y estética de Jirafas con la más reciente Venecia, que compitió en la sección Nuestra América primera copia; y además, para repetir como autómatas la retórica de la «crisis» sería preciso haber visto, y comprender la distinción que entrañan, documentales cubanos presentados en este Festival como Digna Guerra, de Marcel Beltrán, y Hay un grupo que dice…, de Lourdes Prieto, sendas reflexiones —en el primer caso sesgada, y en el segundo, directa— sobre los contextos socioculturales que engendraron las obras de la reconocida directora de coros, y del Grupo de Experimentación Sonora del Icaic.

Además, habría que echarle un vistazo a la lista de guiones cubanos que optaron por ser reconocidos en este Festival como un camino certero a la futura realización. Y por supuesto que menciono solo los proyectos y filmes de los que he tenido noticias. Estoy convencido de que hay mucho más. Todo ello tampoco significa que debamos ponernos a bailar en un tacón con las maravillas que vendrán. Hago lista y repaso nombres y obras solo con el propósito de que los criterios se amparen en el conocimiento de la realidad, y se distancien del tradicional estigma del no llegar o pasarnos, y eviten la derivada hacia los extremos de la autoflagelación o la complacencia. Que Brasil y Argentina ostenten este año embajadas fílmicas menos contundentes que sus homólogas mexicanas y chilenas tampoco significa que no hayamos visto en este Festival obras atendibles, incluso notorias, enviadas desde Buenos Aires o Río de Janeiro.

En lo personal confieso que me entusiasma, por ejemplo, el camino que abre, con vistas a verificar la actualización, e incluso la modernización del lenguaje en el cine cubano, Jirafas, dirigida por Enrique Álvarez. Desde su anterior película, Marina, la historia de aquella muchacha que huye a un rincón perdido de Cuba tratando de perderse, o de reencontrarse, el realizador ha emprendido una suerte de revitalización del combustible formal que reanima su manera de contar. A juzgar por esta suerte de crescendo minimalista apreciable entre Marina y Venecia, pasando por Jirafas, Enrique Álvarez intenta desproveer las historias de altisonancia oratoria (uno de los males básicos de nuestro cine en los últimos 30 años) y se dispone a buscar la esencia narrativa, temática, e incluso espiritual de cada historia, concentrándose únicamente en las pocas peripecias que den idea al espectador sobre el modo de pensar y actuar de sus personajes.

Los tres jóvenes que protagonizan Jirafas están abocados a la necesidad de encontrar una supervivencia decorosa, y de llegar a consensos de comprensión y de reconocerse a sí mismos en los deseos del otro o de la otra. En medio del litigio por tomar posesión de una casa, se desboca lo peor de cada personaje, primero, y más tarde (sin revelar detalles de la trama) puede decirse que se arriba a una especie de capitulación, entendida como independencia y epifanía. Porque tal vez han comprendido, desde el instinto, que la intransigencia y el desafío solo puede conducirlos al desalojo de sus mejores predisposiciones o a la desintegración entre los vientos de un huracán siempre acechante. La soledad y el rencor también amenazan a los protagonistas de dos muy notables producciones chilenas concentradas en personajes femeninos. Una de las más versátiles, expresivas y conmovedoras actrices del mundo en este momento, Paulina García, protagoniza, aportándole los más diversos matices, Gloria y Las analfabetas. Muy pronto encontró el Festival la primera postulante casi segura al premio a la mejor interpretación femenina. Al igual que en Jirafas, ambas películas se concentran en los espacios privados, en el mundo más íntimo de sus personajes, solo que las películas chilenas se encargaron de reforzar sugestivos nexos de significación con la contemporaneidad de un país abocado a la inminente reforma de su sistema de educación.

A pesar de que el realizador comete el pecado de la reiteración tal vez innecesaria en términos dramatúrgicos, Gloria recuerda temáticamente a mil películas anteriores pero las supera a casi todas en cuanto a franqueza, y en la consecución de un tono expositivo que constantemente se aparta del sentimentalismo y el melodrama, aunque juegue con todos sus recursos. De manera espontánea y benévola, Sebastián Lelio dirige, escribe y edita estas desventuras tragicómicas de una mujer que no puede ni quiere renunciar a la vida, a los placeres, al cambio, y para comprender esta voluntad es primordial la escena en que está conversando con unos amigos y se refiere a las protestas de los indignados. Total: cuando ella baila la canción de Umberto Tozzi que lleva su nombre, y levanta los brazos en la discoteca esperando quizá que «un milagro baje», ya el personaje se instaló en la sensibilidad de muchos espectadores como alguien simplemente entrañable.

En Las analfabetas, por el contrario de Gloria, Paulina García es ignorante y amargada, aunque de un cinismo pragmático que convierten la película, a ratos, en franca comedia. El debutante Moisés Sepúlveda entrega panegíricos —en abierta demostración de que puede solventarse la contradicción entre la sutileza y el encomio profundo— de las virtudes del conocimiento, la lectura, el aprendizaje, entendidos en tanto estímulo para el alma, instrumentos para entender quiénes somos, nuestras relaciones con los otros, y el lugar por donde avanzamos o retrocedemos. A partir de un cuidadoso estudio y contraste de sus dos caracteres femeninos, Sepúlveda nos entrega una película marcada por el más seguro pulso narrativo y por la despejada defensa del perdón y la comprensión a partir de un personaje rencoroso e intolerante. Para entender cómo el director consigue sortear semejante paradoja hay que ver Las analfabetas —aproveche, que aún le quedan horas a la fiesta del séptimo arte—, una de las películas infaltables en la agenda de esa multitud festivalera todavía aficionada, por suerte y con razón, a ver cine latinoamericano.

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