Propuestas carnívoras desde la escena

Dos interesantes piezas coinciden en el Centro Cultural Bertolt Brecht, el unipersonal Carne rusa, de Vital Teatro, y de Teatro del Círculo, la obra Carne de perro

Autor:

Frank Padrón

Dos puestas han coincidido en el Centro Cultural Bertolt Brecht y tienen como centro semántico de sus títulos esa obsesión criolla relacionada con la proteína animal por excelencia: Vital Teatro con el unipersonal Carne rusa, y Teatro del Círculo con Carne de perro.

En el primer caso, Alejandro Palomino, director general del colectivo, es también el autor y responsable de la puesta en escena de ese monólogo que asume el actor Kelvin Espinosa (Un personaje difícil, Cuatro menos, del propio Vital…, así como no pocos desempeños en TV).

Las famosas latas importadas de la extinta Unión Soviética, que constituyeron alimento esencial del cubano durante aquellos años, son pretexto y nudo conflictual que desata los recuerdos y evocaciones de Jesús, «parqueador estatal» que antes fuera profesor de Filosofía y ahora reclama ante un tribunal la reasignación a su antiguo puesto docente.

El trayecto incluye sobreimpresiones temporales, asunción de diversos roles y sobre todo la narración de ese pasado que pesa, y en el que el hombre maduro y discapacitado —una imperfección física que metaforiza las cicatrices morales y espirituales— se desdobla y «desnuda» ante ese magistrado a quien suplica el regreso al ejercicio de su profesión.

El alimento-emblema, esa lata   peculiar y significante de tanta historia (también con mayúscula), implica a la vez una de las tantas paradojas que diseñan nuestra realidad en tanto nación.

Palomino empalma entonces las vivencias personales de ese hombre que trasunta decenas de vidas reales con el complejo y dilemático magma sociopolítico donde se insertan, analizan y plasman enveses y reveses con no corta lucidez y gracia escritural. Su texto no mantiene, a pesar de ello, fuerza y vuelo parejos durante su nada breve desarrollo —a veces quedan confusos ciertos pasajes, o aterriza en ciertas reiteraciones; otras, acumula referencias en demasía— lo cual no le impide sembrar en el auditorio suficiente interés hasta el desenlace.

Para ello cuenta con una rigurosa dirección que contempla  preciso movimiento escénico, expresiva banda sonora que ayuda notablemente a la evolución dramática del texto y un atinado diseño de luces.

Y claro, con el desempeño magistral —y no creo excederme en el elogio— de Espinosa: matizado, centrado, dúctil, el actor se luce en un trabajo que requiere lo mismo concentración que energía eufónica y gestual, pues su personaje (o los varios que incorpora) demanda tanto despliegue físico como emocional y vocal.

Carne de perro es la puesta que sobre un texto suyo dirige Edgar Estaco (El Monólogo de Casio) para su grupo Teatro del Círculo (La Mandrágora), que lidera Pedro Ángel Vera, responsable también aquí de la banda sonora.

Un custodio, un borracho y una agente de la PNR tratan de ver quién se queda con un «tesoro» que aparece «milagrosamente» durante una avanzada madrugada habanera en un tanque de basura aledaño a un almacén de alimentos: un filete de res.

Sencillo relato que sitúa sobre el tapete —o el escenario— problemas como la dignidad, el hambre que forcejea con las dignidades y el falso mesianismo, esos liderazgos impostados que convierten en ídolos a la gente más inapropiada, ítem que conecta con un Jesús que no es precisamente el de la obra anterior, sino el de Virgilio Piñera.

Estaco ha logrado esta vez un texto bien armado, que juega con los diferentes conflictos y situaciones desde una conseguida ironía, con personajes de una sencillez y a la vez de una esencia saludablemente realista, algo que no siempre consigue a plenitud el dramaturgo.

El minimalismo de la puesta ahorra complicaciones en su desarrollo: racional empleo del espacio, elemental por demás, basta para el despliegue de ideas que el espectador recibe desde el ropaje del humorismo a veces cínico, y que los actores (el veterano Argelio Sosa, Juan Carlos Ayón y Nataly Reyes) conducen a buen puerto.

Son dos obras donde la carne, enlatada o cruda, genera reflexiones que van más allá de la añorada proteína vacuna. Recomendadas.

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