Repensando la escena

Juventud Rebelde les propone un acercamiento crítico a lo más reciente visto en la escena de algunas salas capitalinas

Autor:

Frank Padrón

En estas últimas semanas, entre ferias y otros eventos extramuro, hemos descuidado un tanto el sistemático análisis de las tablas, aunque sin dejar de visitarlas. Por ello hoy proponemos un acercamiento a lo más reciente visto en las salas capitalinas.

Cachorro, un texto de la española Paloma Pedrero puesto en escena por Arnolys Pierre mediante el grupo de Nelson Dorr, centra su discurso en el vórtice de la homofobia: tres seres desnudan sus interiores en el apartamento de uno de ellos, tipo despreciable que integra una banda agresora a los gays, y exige a su amigo —cuyo mote da nombre a la pieza— una «iniciación» en tal «selecto» club, maltratando a una transexual que consigue en la calle y con la que, presuntamente, debe tener relaciones íntimas.

La autora se luce en la sicología de los personajes, sus lados oscuros y recónditos, aquello que exteriorizan (o no) de su esencia, y navega con éxito en la cuerda floja que divide lo humorístico de lo serio, incluyendo la tragedia.

Arnolys Pierre logra una puesta decorosa, a la que, sin embargo, sobran ciertos excesos, como la actuación de Alex Daudinot (Surco) —demasiado enfático en su desempeño—, y sobre todo un final que, cargado semánticamente en la letra, debió aligerarse un tanto sobre las tablas para evitar altisonancias en el tono general de la puesta.

Teatro El Público nos acercó a dos puestas que constituían caras de un mismo hecho teatral: 200 mil años después, de Marcos Díaz, con dirección de Rolando Boet y asesoría de Xiomara Palacios.

Partiendo de dos famosos títulos de Antón Chéjov (La gaviota y El jardín de los cerezos) no estamos solo ante la ya habitual actualización de referentes decimonónicos o de otras épocas: Boet privilegia la importancia de modernos registros fílmicos, no ya en los linderos representacionales, sino en la propia vida.

Lo más original son los vasos comunicantes de la(s) obra(s), simultáneamente en salas contiguas de la Casona de Línea, y donde sendas pantallas reflejan tangencialmente lo que ocurre en cada una, mas formando parte decisiva de la diégesis individual de ambas.

La constante des-dramatización de motivos, nada reñida con la exposición de pequeñas y grandes miserias que ocultan o explicitan los personajes, los distanciamientos brechtianos conviviendo con las asimilaciones y rupturas a lo Stanilavski —algo desmedidas en la segunda pieza, que alude a La gaviota— matizan estas puestas, en las que hallamos una continuidad entre los presupuestos del célebre dramaturgo ruso y muchas inquietudes contemporáneas de gente relacionada (o no) con el teatro y el audiovisual, que confieren a la obra una encomiable visión performativa.

Boet ha cuidado los detalles, ante todo los relacionados con el movimiento escénico: es un logro el empleo creativo del espacio, que multiplica sus propias expectativas, junto al vestuario que, siguiendo la línea atemporal del discurso, mixtura con gracia lo actual con lo «de época», y (faltaba más) el desenfadado trabajo actoral, que incluye desempeños de Ismercy Salomón, Yoelvis Lobaina, Mayra Mazorra, Laura González, Carlos E. Riverón, Walfrido Serrano...

Así, entre los vaivenes lúdicros del pastiche y la gravedad de lo que se cuestiona (desvalorizaciones contemporáneas, rejuegos con la posesión y el «poderoso caballero», ambigüedades eróticas y estéticas…), 200 mil años después significa una de las valiosas propuestas en la más reciente escena del patio.

En semejante cuerda experimental figura otro título del colectivo que lidera Carlos Díaz, esta vez partiendo de un texto escrito por Rogelio Orizondo (Antigonón, un contingente épico) que mereciera la Beca de Creación Milanés 2012, que otorga la Asociación Hermanos Saíz: Aleja tus hijos del alcohol, bajo la dirección de José Ramón Hernández y que puede apreciarse los fines de semana a partir de las 8:30 p.m., en el teatro Guiñol.

Dentro de la línea habitual del autor, en la cual la escatología y la obscenidad perfilan un contra-discurso, estas fungen como vías de escape al dolor y la rabia ante males demasiado fuertes que van desde lo elementalmente doméstico hasta lo general-sociohistórico (con frecuencia, apenas escindibles) y que lo mismo se expresan literalmente que mediante los saltos de la metáfora, la pieza (subtitulada con propiedad Un karaoke escénico) alterna las experiencias de dos jóvenes actrices (una de ellas sueca radicada en Cuba), quienes sacuden sus frustraciones y reclamos literalmente compartidos con un público que, cercano a la manera del teatro-arena (el espectáculo transcurre en el sótano del coliseo) intercambian conflictos generacionales, imperfecciones en modelos caducos y emplazamientos (est)éticos.

Así, los monólogos devienen con frecuencia diálogos, e incorporan música en vivo —una pianista, un trovador—, algún baile, juegos, acertijos y sorbos de Cuba libre, conformando una verdadera ósmosis con los espectadores, alejados de la contemplación pasiva e incorporados al intercambio que emiten Hilde Gorpe y Rosalia Gorpe, en sólidas y fluidas actuaciones.

Como apunta la asesora Yohayna Hernández en el programa de mano, aquí «los hijos tienen la palabra, forman una “bulla escénica”, se empinan, crecen, creen y construyen, desde sus voces famélicas, un cuerpo liberado teatral y espiritualmente».

Muy cerca de allí (El Sótano, 25 y K) también pueden verse monólogos interrelacionados por ciertos hilos comunes, en este caso escritos por Elio Fidel López Velaz, en versión y dirección de Juan Carlos Cremata (Las viejas putas) para la puesta Todo x 1.

Seres igualmente transidos por la soledad y la incomprensión, a quienes discriminan o acorralan su propia familia o la sociedad toda, saltan de la máquina de escribir o la laptop mientras los conforman el escritor y su esposa, para exhibir todo el sufrimiento y la inconformidad de que son capaces, muchas veces exorcizados por la ironía o el sarcasmo.

López Velaz se nos revela como un dramaturgo dotado para admirables retratos sicológicos, desarrollados en relatos donde se alternan el humor en sus diversas variantes con las desgarraduras de lo serio y hasta trágico, lo cual ha sido entendido por Cremata en una puesta sencilla, con iluminación acorde a los cauces dramáticos y un acertado transcurrir escénico.

A pesar de ello, los cuatro monólogos no gozan de la misma salud: por ejemplo, El mundo sin ellos carece de la chispa y la gracilidad necesarias, sobre todo, para una arrancada en firme, y tampoco el actor Hugo Alberto Vargas logra conferirle a su Pupi un desempeño óptimo; mientras Homenaje, de una actriz notable como Sheila Roche (la China), se resiente a veces por algunas reiteraciones y «zonas muertas», lo cual se traduce en una actuación con irregularidades.

Lo mejor, sin dudas, radica en El tiempo lo puede todo, que da paso a un trabajo encomiable, habitual por otra parte, en Maridelmis Marín (Cristina); y Ha muerto un héroe, que con tanto ingenio y altura histriónica indaga en la marginalidad y su germanía lingüística, amén de revelar las potencialidades de un joven como Carlos Estévez (el Rata).

Todo x 1, entonces, merece una visita al teatro, desde donde seguiremos comentando muy pronto, nuevas propuestas.

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