Rusia orgullosa, Norteamérica lo abraza

Tras sus muy exitosas presentaciones en el Conservatorio Tchaikovsky, en Moscú, y en el Festival de Ravinia, en Chicago, el maestro ofrecerá este domingo, en La Habana, un concierto dedicado a Mozart

Autores:

José Luis Estrada Betancourt
Agnerys Rodríguez Gavilán

Demoró demasiado tiempo para que por fin al maestro Frank Fernández se le diera la oportunidad de hechizar al público norteamericano, que hasta este reciente agosto no había vivido la experiencia única de apreciar ese don de despertar infinitas emociones del Premio Nacional de  Música nuestro, cuando pone en evidencia que todos los secretos que pueda «esconder» un piano le pertenecen; y le hace creer a quien lo escuche que, al menos por esa razón, vale la pena existir.

De ahí que uno no se extraña cuando conoce que al término de su sonada presentación durante su debut en tierra norteamericana, invitado a participar en el Festival de Ravinia, en Chicago, el virtuoso cubano lograra que «ese público efusivo que mostró su agradecimiento durante todo el recital» se hiciera tan cómplice, que lo acompañara cantando a viva voz la versión que Frank les entregara del clásico Somewhere Over the Rainbow.

Para que quedara para la posteridad, así lo dejó plasmado en The Chicago Tribune el reconocido crítico de arte John von Rhein, una autoridad en el tema al dedicarse a valorar, desde 1977, todo lo relacionado con la música clásica en el prestigioso periódico, en el cual, a raíz de la actuación del maestro, escribió:

«El programa de Fernández refleja sus raíces en ambos mundos musicales, el reportorio clásico y la música cubana y latinoamericana. Con este repertorio él utilizó un sonido lleno de valores expresivos con un dominio total del teclado y un gran poder de comunicación, que claramente refleja su formación en el Conservatorio de Moscú. Él está entre los pocos intérpretes de categoría internacional que no ha sido formado en el mundo occidental», hizo notar Von Rhein al referirse al también destacado compositor que este domingo 18 ofrecerá un esperado concierto.

Aunque Juventud Rebelde quiso sobre todo buscar detalles relacionados con las aplaudidas actuaciones de Frank no solo en Estados Unidos, sino también en Rusia, y por ese motivo se acercó al hijo ilustre de Mayarí, en la provincia de Holguín, Fernández no perdió la oportunidad de aprovechar este diálogo para invitar a sus muchos seguidores para que lo acompañaran en su intervención de mañana en el Festival Mozart-Habana.

«Será en la sala Covarrubias, a las 11:00 a.m. Allí tocaré, escoltado por la Orquesta Sinfónica Nacional que dirige el maestro Enrique Pérez Mesa —es la única presentación que tendrá este formidable colectivo durante el festival—, exactamente el mismo programa que hice en la Gran Sala del mágico Conservatorio Tchaikovsky. Por cierto, una de las mejores acústicas del mundo», explicó el   premiado productor musical, quien se encuentra, además, entre las sobresalientes figuras que estarán en la gala por el aniversario 50 de nuestro diario, el próximo 21 de octubre, a las 4:00 p.m., en el capitalino teatro Lázaro Peña.

«Entonces este domingo interpretaré la obertura de la ópera La flauta mágica Kv 620, la Sinfonía en Re mayor Kv 385, y el Concierto en La mayor para piano y orquesta, con sus tres movimientos: Allegro, Adagio y Presto. Este se halla entre los cinco más famosos de los 27 conciertos que el genio austriaco escribió para dicho formato.

«La de ahora es la primera edición del Festival Mozart-Habana, que preside mi alumno, el destacado pianista Ulises Hernández, y comenzó el viernes, auspiciado por la Oficina del Historiador de La Habana y el Lyceum Mozartiano de La Habana».

—Según lo señalado por el periódico Rossia, usted se mostró muy emocionado en el Tchaikovsky...

—¡Cómo no iba a estarlo! Ten presente que me gradué en ese afamado Conservatorio de Moscú en 1971, por tanto, era como tocar nuevamente en un lugar que también considero mi casa. De modo que imagino que no únicamente lo notó la respetada crítica y musicóloga rusa Valentina Shiguin, sino también el auditorio, que me recibió como si no nos hubiéramos separado nunca. Esta connotada especialista fue muy amable al clasificarme como «un verdadero patrimonio cultural de Cuba» y al expresar que el Conservatorio Tchaikovsky se podía sentir orgulloso de su discípulo.

Lo cierto es que V.S., como ella acostumbra a firmar, dijo mucho más: «El maestro trajo a Moscú el Concierto No. 23 de Mozart. Corrían rumores acerca de la fama del cubano. La sala y el gallinero estaban repletos a más no poder. Ya desde las primeras notas se hizo claro que teníamos ante nosotros a un fabuloso pianista. Los sonidos que sus manos extraían del instrumento eran hermosos y plenos como una lluvia cristalina. Su manera de tocar esta obra puede ser definida como de un perfecto distanciamiento donde una aparente simplicidad de la ejecución se combina maravillosamente con la inmensidad de Mozart.

«El Adagio estremeció al público. Era una música empapada de una tristeza otoñal. ¿Recuerdan las líneas del poeta Mijaíl Svetlov: “de dónde esta tristeza española en un muchacho ruso?”. Entonces yo pregunto: ¿de dónde esta tristeza otoñal en un cubano puesto que en Cuba no existe el otoño? Nos queda solo achacar este milagro a su talento y a la escuela rusa de piano».

—Maestro, no se puede quejar, porque un crítico tan exigente como John von Rhein, que pasa por ser «tajante», lo llevó de maravillas...

—Sí, la verdad. Lo que más me halaga es que estamos hablando de una persona con profundos conocimientos de música clásica. No se puede perder de vista que Von Rhein lleva más de 35 años ejerciendo la crítica en The Chicago Tribune, y siguiendo muy de cerca el desarrollo de la Orquesta Sinfónica de Chicago que, según afirman todas las encuentas, está ubicada de primera entre todas las que existen en Estados Unidos, lo cual ya puede darte una idea de su grandeza. Quienes conocen a John von Rhein, que estudió incluso violín y cursó Historia de la música en la universidad de California del Sur, saben que no regala elogios. Por tanto, me hace sentir muy bien tener la certeza de que no defraudé al público de Estados Unidos, a pesar de esta larga espera para encontrarnos».

No deja mentir a Frank el análisis de John von Rhein en The Chicago Tribune:

«Las obras escogidas por Fernández le permitieron demostrar su poderosa técnica y su desbordante “bravura Lisztiana”. El ciclo dedicado a Chopin, consistente en tres valses, y la Balada No.1 en Sol menor, fueron impresionantes e idiosincrásicos. Su deslumbrante y audaz interpretación de la balada y el gran Vals Brillante alcanzaron las más profundas sonoridades del gran piano Steinway, mientras el inspirador rubato que utilizó en el Vals en Do sostenido menor fue enriquecido con un sonido cristalino.

«Las danzas escogidas de las Suites Afrocubana y Española de su pianista coterráneo Ernesto Lecuona y su propia Suite para dos pianos, fueron realizadas con enérgica autenticidad, lo que le dio al recital una explosión de colores de la música cubana. Las danzas de Lecuona fusionan los mundos clásico y popular con tal creatividad que hacen irrelevantes las diferencias entre ambos géneros. La famosa Malagueña transmitió un sensual embrujo, pero aun más interesante fue la Comparsa con sus sutiles síncopas sobre el insistente ostinato rítmico.

«La Suite para dos pianos de Fernández superpuso el primer piano en vivo sobre una grabación algo distante, pero este efecto en vez de rigidez, provocó una fiesta explosiva de melodías y ritmos de Cuba y Sudamérica; particularmente impactó la Conga de Mediodía, la que evoca el disonante y polirrítmico sonar de la percusión del oriente cubano».

—Esa fabulosa Conga de Mediodía a la que hace referencia Von Rhein y que integra la Suite para dos pianos, manifiesta esa pasión suya por nuestras raíces africanas...

—Dice Pancho Terry, el Rey del chekeré, que estoy teñido (sonríe). «Este es negro», afirma. Y yo me siento orgulloso de ese elogio, aunque, claro está, hay también mucho español en mí, pues de lo contrario no habría salido Dolores, esa pieza que coreografió magníficamente la bailarina y directora Irene Rodríguez para su obra Emigrantes. No obstante, en el CD y DVD El canto de mis abuelos, que grabara con Colibrí, por ejemplo, no hay ni negros ni blancos, sino un cubano. Me da mucha, pero mucha alegría, que este disco, sin proponérmelo, saliera justo en el Año Internacional de los Afrodescendientes, aunque en esta Isla nosotros todos somos afrodescendientes, como somos también hispanodescendientes. ¡Deberíamos hacer una gran fiesta por ello!».

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