Alicia

Gracias al talento de Alicia Alonso, Cuba, y con Cuba, América Latina toda, se ubicó por primera vez en el mapa danzario internacional

Autor:

Ahmed Piñero Fernández

Hace hoy 96 años nació Alicia. Así, sencillamente Alicia. Porque, al menos en Cuba, su apellido es innecesario. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar a un cubano que no sepa quién es Alicia Alonso. No importa su ubicación geográfica, tampoco su nivel intelectual. Cuántas veces hemos ido en un transporte público abarrotado, y en medio del calor y la incomodidad hemos escuchado esa frase jocosa y lapidaria: «Me tienes en puntas de pie, como Alicia Alonso».

Y si tiene alguna duda, lo exhorto, lector, a que repita el mismo experimento que hice en una oportunidad: acérquese a un niñito, a un ama de casa, un obrero, un constructor, un deportista, un escritor, un campesino… Pregúntele: «¿Sabe usted quién es Alicia?». Fíjese, entonces, en el rostro de su interlocutor y notará, seguramente, una mirada brillosa por el asombro y el orgullo: «¡Alicia!... ¡Alicia Alonso, una gran bailarina!», o como respondió aquel negro camionero sudoroso, con una sonrisa amplia y una voz emocionada por eso que llamamos «sentido de pertenencia»: «Coño, mi hermano, ¡Alicia!... Alicia es un pedazo de Cuba».

De Alicia Alonso se ha escrito mucho. Aún está pendiente una valoración múltiple de la artista. Sería hermoso y oportuno que alguna editorial cubana se decidiera a publicar, como lo merece, la recopilación de opiniones emitidas sobre su entidad humana, su arte y magisterio. Un riguroso trabajo de selección, ordenamiento y clasificación de los textos publicados en la Isla y el extranjero (incluso, algunos inéditos), de muy distinta naturaleza, en cuanto a su intención y características. Una suerte de bibliografía pasiva de la artista que constituiría, sin dudas, un inapreciable material de consulta para bailarines, artistas de las artes escénicas, investigadores, periodistas y público en general.

Y me refiero no solo a las opiniones de la crítica especializada y de otros profesionales de la danza, sino también a lo que han dejado plasmado escritores y otros intelectuales (aquellos juicios excepcionales de autores cubanos como José Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Antón Arrufat, Fina García Marruz, Jorge Mañach o Miguel Barnet, entre otros; o de extranjeros de la talla de Aquiles Nazoa, Antonio Gala, José María Caballero Bonald, Francisco Nieva…) y hasta lo que llamo la «Visión poética de Alicia Alonso», que agruparía los textos de Alejo Carpentier, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Carilda Oliver Labra, Nancy Morejón, Thiago de Mello… inspirados en el arte de la prima ballerina assoluta.

Gracias al talento de Alicia Alonso, Cuba, y con Cuba, América Latina toda, se ubicó por primera vez en el mapa danzario internacional.

No fue hasta sus triunfos en Estados Unidos, a principios de los años 40, que mundialmente se empezó a hablar del ballet cubano. La Alonso se hizo representativa de nuestro país, y con su arte lo situó, por primera vez, en la historia de siglos del ballet. Asimismo, aprovechó la proverbial facilidad de nuestra gente para el movimiento y la integró en su danza. Su peculiar y novedosa forma de bailar hizo que críticos y espectadores notaran marcadas diferencias en el sentido del ritmo, en el estilo, en el fraseo, en el acento…, al ejecutar los mismos pasos que otros bailarines. Sin proponérselo, inició el camino estético de la hoy mundialmente reconocida escuela cubana de ballet.

Profundamente cubana, no cedió jamás ante empresarios y directores —a riesgo, incluso, de su propia carrera—, quienes insistían en modificar su apellido auténticamente latino por otro de sonoridades eslavas.

La Alonso hizo del ballet en Cuba un arte popular y al alcance de todos. A partir de la fundación del hoy Ballet Nacional de Cuba en 1948, y hasta 1956, cuando la compañía se vio en la necesidad de interrumpir su trabajo, se presentó gratuitamente o a precios módicos en funciones populares en teatros, plazas públicas, estadios y anfiteatros. A una de esas funciones corresponde la siguiente anécdota, que habla por sí misma de la hermosa relación que la artista estableció con el público:

«Mantener la compañía no era cosa fácil —recuerda el tenor cubano Bernardo Rosas. El Gobierno ofrecía una ridícula subvención que no alcanzaba para nada y se necesitaba dinero para todo: alquilar el teatro donde se ofrecían las funciones, el vestuario, los decorados, para pagarle a los músicos de la orquesta y a los miembros de la compañía... Un día, era muy a principios de los años 50, se ofrecía en matiné Coppelia, con Alicia como Swanilda, y Enrique Martínez como Franz, en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso). La función estaba programada para las 10:00 a.m., y a las 10:30 a.m. no había comenzado aún. El público, que colmaba hasta el último asiento, comenzó a impacientarse. De pronto salió a proscenio Fernando Alonso, entonces director del conjunto danzario, y explicó que los músicos de la orquesta se negaban a tocar si no se les pagaba, por lo que había que suspender la función. De repente, desde lo más alto del teatro se oyó una voz que gritó: “¡Que sea sin música, pero que Alicia baile!”».

Ante esa espontánea muestra de admiración y cariño populares, la representación se ofreció, en su totalidad, acompañada por un piano. Cuando Alicia-Swanilda asomó su cabeza por la puertecita para hacer su entrada, el teatro se vino abajo con unos aplausos que no tenían para cuando acabar. Todo el vals lo bailó llorando de la emoción, y no al compás de la música de Delibes, sino de aquellos aplausos que le tributaba un pueblo agradecido. Esa fue, según Bernardo Rosas, su Swanilda más exuberante.

Después del triunfo revolucionario, la Alonso llevó el ballet a escuelas, talleres, fábricas, unidades militares y a las más intrincadas zonas rurales, posibilitando a todos el disfrute del arte coreográfico. Por eso no es solo nuestra «artista nacional», como la definiera Alejo Carpentier, es también un fenómeno sociológico.

En una oportunidad, Alicia fue a almorzar a un restaurante habanero. Al llegar, la calle estaba semidesierta. Nadie sabe cómo ni en qué momento comenzó a divulgarse la noticia de que ella estaba allí. Al salir, la calle estaba llena de gente, de gente de pueblo, que había ido a saludar y a aplaudir a su querida artista. De pronto, un niño, que por su aspecto procedía de una familia muy humilde, se le acercó y casi desafiante le dijo: «Yo sé quién tú eres. Tú eres Cecilia Valdés», lo que provocó la risa, ¡que no burla!, de todos los que estábamos, y es que había reconocido en la mujer que tenía delante de él, a un símbolo de nuestras esencias nacionales.

A principios de los años 80 llegó hasta la casa de Alicia Alonso un joven soldado, procedente de la zona más oriental de la Isla. Según él, había venido a La Habana solo para encontrarse con la artista y dar cumplimiento a un compromiso de guerra. Semanas antes aquel joven era un combatiente internacionalista, en Angola. Durante los días en África, a él y a sus compañeros les habían proyectado un filme en el que la vieron bailar. Ver el arte de la gran bailarina cubana desde la distancia provocó en todos una gran emoción. Días después, en medio de una batalla, derribaron un avión enemigo. Y entonces llegaron a un acuerdo: el primero de ellos que regresara a Cuba llevaría como «trofeo» un fragmento de ese avión para obsequiárselo a Alicia Alonso. Y es que aquellos jóvenes no vieron en el filme a una bailarina ni a una artista: tenían, como me dijo aquel camionero, un pedazo de Cuba».

El debut de Alicia Alonso en la danza ocurrió el 29 de diciembre de 1931 en el gran vals de La bella durmiente, y para mí ha constituido siempre un hermoso misterio: a principios de ese mismo año, en La Haya, dejaba de existir la notable bailarina rusa Anna Pávlova, cuyo nombre fue sinónimo de ballet para cientos de miles de personas en el mundo entero. A la edad de ocho años la pequeña Pávlova asistió, por primera vez, al ballet, y esa representación cambió por completo su vida. En el Teatro Marinsky se bailaba en aquella ocasión La bella durmiente.

Alicia Alonso, la bailarina, nació al arte el mismo año que Pávlova dejaba de existir. Es casi providencial tal confluencia de acontecimientos, como providencial parece la historia de nuestra gran bailarina, en la que una devoción absoluta, casi religiosa, al arte danzario ha sido una constante.

Sus primeras actuaciones profesionales tuvieron lugar en Estados Unidos en 1938, en comedias musicales. En 1940, el año de su fundación, se incorporó al Ballet Theatre, compañía en la que inmediatamente tuvo a su cargo destacados papeles. En 1943, al debutar en el personaje titular de Giselle comenzó una de las carreras más impresionantes y prolongadas de la danza escénica de todos los tiempos.

Hasta el momento, no ha habido, no ya quien la supere, ni siquiera, quien la iguale. Ella es, en la historia danzaria de nuestra época, un fenómeno único e irrepetible.

Alicia Alonso.

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