Cuando no cantaba la garganta, cantaba el corazón

Yaliesky Zaldívar, el ganador de los premios de la Popularidad y de Composición de Sonando en Cuba, no es ni sonero, ni timbero, ni rumbero, y nunca había cantado guaguancó. Simplemente afrontó los retos del programa y aprovechó la oportunidad para abrirse camino en los escenarios del país

Autor:

Liudmila Peña Herrera

HOLGUÍN.— Montado en su bici, con la visera de la gorra hacia atrás y un vestuario tan normal como el de cualquier joven de hoy, anda Yaliesky Zaldívar Corrales por las calles holguineras, sin poses de artista ni delirios de famoso.

A sus 25 años, es un muchacho de un atractivo natural y una sencillez y sinceridad que saltan a primera vista. Esa conjunción, unida a la elocuencia que lo caracteriza, hicieron que el diálogo con Juventud Rebelde fuese tan disfrutable como cada una de sus presentaciones en Sonando en Cuba.

Sus allegados le llaman Yali, por cariño y también porque, según él mismo reconoce, «mi nombre es un enredo».

Dice que desde los tres años le descubrieron sus dotes vocales, siempre disfrutó mucho el autoestudio y cree firmemente que «una escuela no define ni el talento ni el conocimiento de una persona». Así que por ahí mismo comenzamos.

—Si tanto te gustaba la música desde niño, ¿a qué se debe el salto de la casa de la cultura Manuel Dositeo Aguilera directo al Instituto Superior de Arte (ISA), sin pasar por una escuela elemental, por ejemplo, una escuela de canto?

—Ese salto se lo debo a Aracelys García, mi profe de la casa de cultura. La conocí a los cinco años y es la persona que me ha guiado siempre. Ojalá algún día pueda retribuirle todo lo que ha hecho por mí.

«Entré al ISA, sin pasar por el Conservatorio, por ejemplo, porque decidí hacer reposo de voz como ella me había recomendado, así que matriculé en el IPVCE José Martí. Claro, al final no reposé todo lo que debía, porque dábamos unas serenatas por las madrugadas… ¡Imagínate!», dice y ríe con picardía.

—Pero ya has dicho en otras entrevistas que el canto lírico no tenía mucho que ver contigo como para estudiar esa especialidad en el ISA…

—Siempre me gustó la música popular y me gradué de canto lírico porque era la única opción que tenía, dentro de esa rama, para ser universitario. Por eso, desde que ingresé a la Facultad tuve la idea de graduarme, pero con la finalidad de seguir defendiendo lo que me gustaba.

«No te niego que fue bien complicado. Tanto, como salir de una prueba de canto lírico e irme para un concierto en el Salón Benny Moré. De «palo pa’ rumba», imagínate, de estar ooooooh sooole mío y después, mano pa’rriba mi geeeeente».

—Luego te vas a «sonar» en Cuba. Totalmente diferente a lo que hacías. ¿Por qué?

Sonando en Cuba no tenía nada que ver conmigo, porque no soy sonero, ni timbero, ni rumbero; nunca había cantado guaguancó. Pero era el único camino que tenía para abrirme paso en los escenarios del país, y por ahí mismo me fui. Asumí los retos con el mayor decoro posible; pero con un programa de esa magnitud, enfrentándome a tan buenos cantantes que dominan los géneros de la música cubana tradicional, era muy difícil ganar.

—Antes de ir al programa, ¿a qué te dedicabas?

—Empecé con el cuarteto Feeling; estuve en SOS, CH3 y terminé en La Química. A todas esas agrupaciones les debo mi desarrollo artístico como cantante y compositor.

—Fueron alrededor de siete u ocho los temas tuyos que se defendieron en Sonando… Muchos se preguntan si te arrepientes de haber cantado tus canciones y no otras, o de haberles dado las composiciones a tus compañeros...

—Nunca me voy a arrepentir de las que canté. Son temas que quiero mucho. Tengo casi 200 canciones escritas. No fui a Sonando en Cuba con el ansia del premio. Por eso, a los que quisieron cantar mis temas no les di lo que me sobraba, les brindé lo que les ayudara a lucir bien.

—¿Y quién escogía tus temas?

—Los muchachos me pedían las canciones. Muchas las compuse allí mismo para ellos. Por ejemplo, a Antony le escribí No saben nada, sobre su propia experiencia. Él es un muchacho de muy buenos sentimientos y a veces no sabe expresarse. Por eso la gente lo malinterpreta. Creo que a partir de esa canción las personas entendieron la gran espiritualidad que guarda dentro.

«También le hice una canción a Niurka Reyes, inspirado en una experiencia personal muy dura que ella sufrió. Así nació Saldré adelante. Y la que canté con Laritza fue todo un reto, pues el sábado antes de la semifinal me llamó Paulo y me pidió un tema nuevo, pues ninguno lo convencía. Así que luego de mucho pensar e intentarlo, lo compuse de arriba a abajo, grabándome a mí mismo en el celular. Después la transcribí y, al otro día, cuando ella lo escuchó, le encantó».

—Con ese don, mucha gente puede tomarte más como compositor que como cantante. ¿Cómo te ves tú?

—Soy un cantante que compone. Lo que pasa es que al público le han gustado mucho las canciones y eso también me brinda felicidad. Ahora mismo tengo una cantidad de pedidos «terribles» de diversos artistas, como Heidi Chapman, Luna Manzanares, Mayito, Haila… y para mí es un privilegio.

«Pero debo tomarme “un diez”, porque estoy muy estresado. Ando loco por coger un día entero para dormir».

—Tuviste malos ratos durante los cuatro meses que permaneciste en La Habana. ¿Influyó eso en tu desempeño?

—Nadie se imagina lo que es pararse a cantar en un concurso de esa magnitud sintiéndose muy mal, sin poder hablar.

«Estuve con conjuntivitis hemorrágica. Antony se enfermó primero y, como dormíamos en el mismo cuarto, yo le ponía los fomentos. Las muchachitas me decían que estaba loco, pero cómo lo iba a dejar si no podía ni abrir los ojos. Y entonces a mí sí me cogió fuerte. Después vino la gripe. Parece que fue el estrés o el poco descanso. Imagínate cómo era actuar en esas condiciones, pero cuando no cantaba la garganta, cantaba el corazón».

—Amigo de un rival tuyo, ¿no es algo medio ilógico?

—Sí se puede ser amigo de un rival en el sentido musical. Mira, ahora mismo Antony está en mi casa comiendo tamales. Nosotros tenemos una relación sincera, sin miedo. Él y yo nunca tuvimos temor de ayudarnos.

«A veces, cuando la gente compite, está pensando en no dar por tal de que no le quiten. Nosotros nunca vivimos eso. Yo le hice su canción, y él me apoyó en lo que era la timba, por ejemplo. Me decía “oye, güirooooooooooo”, me enseñaba todos los dejes esos que él se sabe. Me aconsejaba: «dale, métete en esto, di esta palabra yoruba», todo eso de lo que él conoce. Así hemos ido iniciando una amistad. Esa palabra encierra algo muy grande.

«En la canción Amigo defiendo mi concepto. Yo quiero a ese negro con la vida y nos llevamos bien de corazón. Creo que con el tiempo seremos grandes amigos».

—¿Cuánto aporta un concurso como Sonando a Cuba a los jóvenes que se inician en la música cubana?

—Allí muchos de los que asistieron se encontraron como artistas. Hubo quienes llegaron con tantas ideas en la cabeza que no sabían con cuál quedarse. Entonces les dijeron: «Pruébate, experimenta, canta esta canción. Tú no eres baladista, eres timbero». En Sonando en Cuba ayudan a los jóvenes músicos a descubrir sus fortalezas.

—¿Qué ha pasado contigo después del programa?

—Voy a entrar a la Charanga Habanera. El maestro David Calzado me lo propuso y voy a entrarle a eso con todo mi corazón. Ya somos charangueros. Estoy trabajando en la línea de la composición, porque esta es una orquesta de grandes baladistas.

—¿Y cómo te lleva la popularidad?

—No esperaba el premio. Lo que quería era que el público me conociera y que la gente se identificara conmigo. Además, soy muy tímido. Me da pena todo eso del aspaviento y llamar la atención. Entonces, si cualquiera me reconoce en la calle y grita, yo trato de «resolverlo» todo bajito, de tirarme la foto tranquilamente. Quienes sí me han sorprendido son los niños, que me reconocen incluso antes que los mayores.

«No somos famosos. Solo somos muchachos que nos presentamos a un concurso y estamos fresquitos.

«La popularidad es efímera y cuando pasen dos temporadas más, nadie se acordará de nosotros si no somos capaces de mantener un trabajo sostenido».

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