El concierto de Manzanero

Fue una presentación única, en todos los sentidos

Autor:

Aracelys Bedevia

Eran pasadas las 9:00 p.m., y los músicos de Manzanero empezaron a probar sonido. Decepcionante es la palabra que mejor define lo sucedido durante el concierto único y gratis que, la noche de este domingo 15 de julio, tuvo lugar en el malecón habanero.

Un mar de pueblo de todas las edades esperaba con ansias el inicio del espectáculo. Las expectativas eran altas. Ver a Manzanero, aunque fuera de lejos, era lo que más deseaban quienes, desde horas tempranas, se encontraban próximos al malecón o en la calle 23 evocando las canciones del autor de Somos novios.

Muchos de nuestros padres y abuelos, esos que se enamoraron con las canciones de Manzanero y envejecieron sin poder disfrutar de un concierto en vivo de este músico, estaban ahí. Se veían felices, la mayoría acompañados de la familia completa (incluido los nietos), pues no fue este un concierto de jóvenes. Fue un concierto familiar, el espacio ideal para demostrarle a las nuevas generaciones que no es la música urbana la única que existe y que hay otros modos de crecer como seres humanos y engrandecer el espíritu. Al menos era eso lo que muchos esperábamos.

Sin embargo, poco a poco la alegría empezó a despintarse de los rostros de ancianas en sillas de ruedas o apoyadas en bastones, de mujeres fatigadas, de abuelos que apenas se sostenían en pie y de niños pequeños, que como el mío, terminaron por dormirse en medio de la calle con la cabeza apoyada en un pomo de refresco.

Todo se vino abajo a partir del momento en que, luego de soportar el ruido ensordecedor de un audio mal balanceado, Manzanero salió a escena y no se escuchaba prácticamente nada de lo que cantaba. Justo en ese momento, una gran parte del público que no logró pasar más allá de 23 y Malecón empezó a irse decepcionado, mientras la otra mitad, aquella que sí pudo aproximarse al escenario disfrutaba de un concierto que se interrumpía a ratos por la ausencia de un audio adecuado para la realización de un espectáculo masivo.  

La pantalla ubicada entre la cascada del Hotel Nacional y el malecón tardó bastante en proyectar las primeras imágenes. Fue entonces cuando la gran mayoría, la que a pesar de todo no desistió de vivir este concierto, pudo empezar a escuchar al mundialmente conocido cantante.

«Más vale tarde que nunca», había dicho varias veces Manzanero desde su llegada a Cuba. Estoy aquí, repitió, y agradeció una vez más la acogida del público, «la rica comida cubana, el ron y el tabaco».

Pese a los desperfectos técnicos, melodías de ayer, hoy y siempre fueron bañando el aire que llegaba desde el mar y, abrazador, nos recordaba la dicha de vivir en esta Isla. La noche estaba fresca y eso, en gran medida, compensó los contratiempos.

El concierto comenzó con Somos novios, un clásico de 1987, versionado por artistas como Luis Miguel o Andrea Bocelli; luego fueron escuchándose otros temas como Huele a peligro; Voy a apagar la luz; y Contigo aprendí coreados por el público, en ocasiones en solitario, cada vez que se apagaba la voz de Manzanero ante la ausencia de audio.

«Muy bonito canta Cuba, y muy lindo canta La Habana», dijo el artista emocionado, sin dejarse contrariar por los imprevistos o mal cuidados detalles de una noche tan esperada.

Fue un concierto único, en todos los sentidos, un concierto que, gracias a la calidad artística de sus protagonistas, logró realizarse y traerle gratos recuerdos a una gran parte de los asistentes.

La mexicana Aranza, conocida por cantar el tema principal de la telenovela Mirada de mujer, acompañó a Manzanero durante varios minutos. También lo hicieron los cubanos Eliades Ochoa y Haila María Mompié, quienes interpretaron cada uno un tema del afamado cantautor, que según expresó, espera que lo traigan otra vez.

No sé tú, Esperaré y Mía fueron interpretadas, igualmente, por el maestro de todos los tiempos, que con un toque de nostalgia cerró su concierto en La Habana, acompañado por Omara Portuondo, la diva del Buena Vista Social Club.

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