La búsqueda de la felicidad

La Cinemateca de Cuba y la Embajada de Suecia le rinden tributo a este notable cineasta nacido hace un siglo en Uppsala, el 14 de julio de 1918

Autor:

Luciano Castillo

Sorprendía el descubrimiento del sueco Ingmar Bergman cuando un año después de los críticos aclamar El séptimo sello, en Cannes, Fresas silvestres obtenía el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1958, mientras en el de Venecia el jurado le otorgaba el Premio Especial a la mejor dirección a El rostro. No era un debutante, contaba ya con 15 títulos desde Crisis, su ópera prima de 1945. Ahora, este octubre la Cinemateca de Cuba y la Embajada de Suecia le rinden tributo a este notable cineasta nacido hace un siglo en Uppsala, el 14 de julio de 1918.

En la cartelera del teatro de Gotemburgo aparecía como director de resonantes puestas en escena hasta un total de 128 producciones. Carl Anders Dymling, presidente de la Svensk Filmindustri, asistió a una de esas funciones y lo invitó a trabajar en el cine. En la dramaturgia y la novelística hallaría las tramas de sus cintas iniciales. Hacia la felicidad (1949) resultó su primer guion sobre un argumento original inspirado en sus progresivas complicaciones matrimoniales, a lo cual atribuye su autenticidad. Juegos de verano (1950) evidencia su entusiasmo por no depender de pautas, personajes o estructuras determinados por otros autores.

Las féminas conquistan protagonismo en sus películas y en Mujeres que esperan (1952) concibe un espléndido trío de ellas con sus historias. «Me gusta mucho trabajar con las mujeres, escribir papeles para ellas. Creo que tienen más matices, que a su alrededor ocurren muchas cosas».

Un verano con Mónica (1952) es una declaración de amor a Harriet Andersson, una de sus primeras musas. Sin la expresividad de su rostro, su relación con la cámara y la fuerza que transmite, sería inconcebible Noche de circo (1953). Perfecciona la dirección de los intérpretes en dos ejercicios estilísticos: Una lección de amor (1954) y Sueños de mujer (1955). Recuerdos y sueños le sirven para persistir en su indagación en personajes femeninos. Son el preámbulo de una de sus primeras obras maestras, laureada en Cannes con el premio al mejor humor poético: Sonrisas de una noche de verano (1955).

A fines de los 50, la obra bergmaniana alcanza un esplendor e intensidad que presagian el tránsito hacia un nuevo período. El séptimo sello (1957) se remonta al Medioevo para explorar temas que le preocupan. Fresas silvestres (1957) confronta la vida, la muerte, la juventud y la vejez, los sueños y la memoria. El rostro (1958) bucea en las falsas identidades y en sus obsesionantes problemas espirituales. Los tres títulos sobrecogen, desconciertan y estremecen a cinéfilos y críticos de todo el mundo, mientras nutren las listas de los mejores filmes de todos los tiempos. Esa trilogía que tanto le exigió, contó con la fotografía de Fischer, artífice del blanco y negro.

Del guion de La fuente de la virgen (1960) le seduce retornar a la Suecia medieval con esta historia de violación, muerte y venganza. Los miembros de la Academia de Hollywood, que nominaron Fresas silvestres para el Oscar al mejor guion original, entregaron a dicha película la estatuilla al mejor filme de habla no inglesa. Por primera vez trabajó con Sven Nykvist, pronto devenido uno de sus más recurrentes directores de fotografía y, como él, enamorado de la luz. Otro Oscar distingue a Como en un espejo (1961) que integra, junto con Los comulgantes (1962) y El silencio (1963), la «Trilogía del silencio de Dios», marcada por las imágenes de Sven Nykvist. 

Persona (1966), otro clásico que aporta a la historia del séptimo arte, representa una compleja aproximación al universo femenino que le incitó a proseguir sus indagaciones por caminos desconocidos. En el papel de la actriz que deja de hablar, dirige a la noruega Liv Ullmann con quien sostiene una relación sentimental. «Persona me salvó la vida —escribió. No es una exageración. Si no hubiese tenido fuerzas para terminarla, probablemente hubiera quedado fuera de combate. Hoy tengo la sensación de que en Persona —y más tarde en Gritos y susurros— he llegado al límite de mis posibilidades. Que, en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar a la luz».

Decide instalarse en Fårö, isla del Mar Báltico que descubrió en la búsqueda de locaciones para Como en un espejo, la primera que rodó en un lugar dotado de la atmósfera propicia para una vida aislada y concentrarse lejos del mundanal ruido. Allí comienza la actividad de su propia productora, la Cinematograph, con la filmación en el otoño de 1968 de Pasión, una variación sobre La vergüenza, concebida expresamente para Liv Ullman. Realiza con destino a la televisión Fårö-dokument (1969) y, de inmediato, otro dueto: el telefilme El rito (1969) y El toque (1971). Ese año, la Ullman recoge en su nombre el premio Irving G. Thalberg por la significación de su obra, que le otorga la Academia hollywoodense, antes de que la Mostra de Venecia reconociera su carrera con un León de Oro.

Temas de Chopin y Bach acompañaron Gritos y susurros (1972), pieza de cámara para cuatro actrices trémulas por el sufrimiento. Honrado con el Gran Premio Técnico en Cannes, distinción a la maestría de Nykvist (Oscar en su categoría) y el David di Donatello al mejor filme extranjero, recibió además nominaciones para el Oscar al mejor guion original, mejor película y director. «Puedo decir sin vanagloriarme que Persona y Gritos y susurros son dos películas inclasificables. En esos casos logré llevar este medio a algo que estaba fuera de sus límites normales. Y a mí mismo. Esas dos películas son la cumbre de mi obra».

Ese fue el preludio de la miniserie televisiva en seis capítulos Escenas de un matrimonio (1973), recital de potentes actuaciones que originó un largometraje y para sus participantes fue un gozo lograr algo así, sin apenas recursos ni las exigencias del cine. Bergman consiguió en 1975 el presupuesto requerido para su viejo sueño de filmar La flauta mágica, una personalísima mirada a la ópera de Mozart. No pocas de sus películas podrían titularse Cara a cara por enfrentar o desnudar a sus personajes, pero finalmente lo escogió para la que rodaría en 1976. Ese año señala un antes y un después en la biofilmografía de Ingmar Bergman. Problemas fiscales con la Hacienda de su país le conducen a trasladarse a Munich. Allí el célebre productor italiano Dino de Laurentiis le proporciona cuantiosos medios para rodar El huevo de la serpiente (1977). Evoca los tiempos de ascensión del fascismo como telón de fondo para el viaje a los infiernos de la pareja de una trapecista prostituida y un acróbata judío.

Sonata de otoño (1978) significó el ansiado encuentro entre los dos grandes Bergman de la historia del cine: Ingrid e Ingmar. Por mucho tiempo desearon trabajar juntos hasta que el realizador escribió expresamente para ella el personaje de una famosa pianista que sacrificó a su familia en aras de una exitosa carrera internacional y al cabo de los años se rencuentra con su hija mayor.

Documento sobre Fårö 1979, nuevo sondeo en los problemas de la isla donde vive y trabaja, precede a otra producción televisiva, De la vida de las marionetas (1980). Alterna el blanco y negro con el color en el relato del matrimonio de un hombre de negocios y la directora de una casa de modas, que convive con la incomunicación. Bergman, tras ser absuelto de todos los cargos de evasión fiscal, alcanza el máximo preciosismo al retornar a Suecia para rodar una pieza de orfebrería: Fanny y Alexander (1982). Explora recuerdos de su infancia que traslada a una familia reunida para festejar la Navidad. Obra maestra absoluta de principio a fin, fue concebida como una versión televisiva en cuatro capítulos, sintetizada en un largometraje. A sus siete meses de rodaje dedicó uno de los mejores documentales sobre los entresijos de la creación: Dokument Fanny och Alexander, que estrenaría en 1986.

Fanny y Alexander posee la connotación de testamento del artista cuando declara en 1983 que se trata de su última película y a partir de ella decide dejar la cámara y retirarse del cine, consciente de que el conjunto de su producción «hablaba, de buena gana, de lo pasado». Confesó en una entrevista que el proceso lo divirtió tanto «que ahora sería un sacrilegio volver a hacer cine. Sería como traicionar aquella relación. Así que ya jamás volveré a hacer cine. La felicidad fue Fanny y Alexander. Y eso es el cine: la búsqueda de la felicidad».

No puede resistir mucho tiempo estar alejado de las cámaras, pero rechaza el pesado aparataje del cine con su tensión tan aterradora como fascinante, y en la televisión halla el clima tranquilo que tanto desea, similar al del teatro. La comunión que establece con pequeños equipos le conduce a trabajar allí los últimos 25 años de su vida, generadores de una docena de telefilmes. En uno de ellos confluyen sus dos grandes pasiones, el teatro y el cine: Después del ensayo (1983), reflexión sobre sus propios conflictos como teatrista y homenaje a los actores que tanto ama. «Es una clase de ensayo sobre lo que pienso del teatro y del trabajo que he hecho. Si muero mañana este podría ser un testamento maravilloso».

Admitió que consideraba más importante su labor en el teatro, pero que paradójicamente su reconocimiento internacional lo recibió por sus películas. Su vínculo con el teatro, del que habló con devoción y gratitud, era más profundo que con el cine, que estimó despiadadamente neurótico, le resultó mucho más difícil abandonarlo. El Festival de Cannes lo galardonó con la Palma de las Palmas por la producción televisiva En presencia de un payaso (1997). Bergman, casi octogenario, reincidió sobre temas que no cesan de atormentarle, entre estos la vulnerabilidad del artista y la sensación de la proximidad de la muerte.

Otra de sus antológicas piezas de cámara, pletórica de serenidad, es Saraband (2003), en la que, a tres décadas de la separación de la pareja protagónica de Escenas de un matrimonio, por un impulso repentino, ella decide buscarlo en la casa veraniega donde reside en una isla. Fue la última película de Bergman pensada para la televisión. En enero del 2004 vació su apartamento en Estocolmo y su despacho en el Teatro Dramático, donde escenificó obras por 40 años, y no volvió a salir de Fårö. La sonata de los espectros, sobre el texto de August Strindberg, su último telefilme, fue estrenado el 25 de diciembre del 2007, cinco meses después de la desaparición física de Ingmar Bergman, ocurrida en su Fårö el 30 de julio, a los 89 años.

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