¿Cómo cocinar velocistas?

Los corredores cubanos de 100 y 200 metros planos hace mucho tiempo que no aportan a la tremenda cosecha del deporte rey en eventos internacionales

Autor:

Abdul Nasser Thabet

Repasando el título a primera vista se pudiera pensar que trato de introducir una nueva receta en el menú de la cocina criolla. Quizá algún platillo exótico y escurridizo en la boca. Pero no, la cuestión es tan clara como el ente viscoso que rodea a la yema del huevo. ¿Cómo formar corredores rápidos en Cuba?

En el proscenio internacional del deporte rey, cuando se menciona que un deportista de Cuba está en competencia, tiembla la tierra, y no exagero. El prestigio de los antillanos es tan evidente, y hasta visible, como la Muralla china (única construcción arquitectónica que se divisa desde el espacio exterior).

Sin embargo, el susto deviene suspiro para los «de a-fu-era» cuando nuestros exponentes comparten carriles en el hectómetro o en los 200 metros planos. ¿Qué le ha pasado a la escuela de la velocidad cubana? ¿Por qué nuestros corredores no usurpan tronos dorados a la usanza de saltadores, vallistas, jabalinistas y martillistas?

No es secreto para nadie que en el pasado varios correcaminos del patio le sacaban chispas a cuanta pista pisaran. El mítico José (Pepe) Barrientos, el fenomenal Rafael Fortún, el inolvidable Enrique Figuerola (quien corrió 38 veces por debajo de 10:30 segundos) y el supersónico Silvio Leonard consiguieron, a puras zancadas, títulos centroamericanos, panamericanos, e incluso olímpicos.

En cambio, hoy su legado anda empantanado en los pobres resultados que viven las disciplinas más trepidantes del atletismo en la Mayor de las Antillas.

De otra forma no se explica cómo el propio Leonard rompió la barrera de los 10:00 segundos (cronometró 9:98 el 11 de agosto de 1977, durante la Copa América en Guadalajara) y ahora, parafraseando al cantante español Julio Iglesias, la vida sigue igual.

Entonces Cuba emergía como el segundo país con mejor récord nacional, superada solamente por Estados Unidos, pues la plusmarca planetaria estaba en poder del norteño Jim Hines (9:95 en México 1968).

Hoy en día, ¡a 34 años de la proeza del cienfueguero!, ningún cubano ha podido ponerle nitro a su tanque de gasolina para firmar números electrizantes que, al menos, se acerquen a esa marca. Igualmente, después de tres décadas, Leonard también mantiene el récord nacional en los 200 metros lisos con crono de 20:08, logrado el 19 de junio de 1978.

Otros nombres como José Alberto Torriente, Jacinto Ortiz, Raúl Mazorra, Hermes Ramírez, Pablo Montes, José Triana Matamoros, Osvaldo Lara, Leandro Peñalver y Andrés Simón evidencian una época floreciente en la velocidad cubana que ahora, bien marchita, no encuentra la manera de ramificar.

En las décadas de los años 60 y 70 nuestros velocistas congelaban los relojes con tiempos respetables y muchos llegaron a dejar su firma en el listado de las 50 mejores marcas del período. Pero, sorprendentemente, hace 24 años que no se desciende de los 10:10. El último en frisar la quimérica cota fue Andrés Simón, con 10:06 en 1987.

¿Acaso nuestra histórica generación de la velocidad está como los Buendía de García Márquez, condenada a cien años de soledad?

Si de herencia genética o situación geográfica se tratase tuviéramos, sin duda, el plato medio cocido, pues bien cerca tenemos a Jamaica, con similar ascendencia y características. Ya saben el corre-corre que forman esos jamaicanos. Pero, por desgracia, hay que sazonar mucho para formar un buen potaje y no solo con físico y condiciones se llega primero a la meta.

Actualmente, más de una decena de países poseen un registro nacional mejor que el de Cuba, y más de 300 marcas superan el 9:98 que aún figura como tope del patio.

La ventaja que nos llevan nuestros contrincantes es abismal, pero trabajando podemos acortar distancias. Me atrevo a asegurar que los mayores problemas de nuestra escuela de velocidad están en la base.

Increíblemente, los talentos cubanos a la edad de 11 años logran correr los 60 metros en 8:00 segundos. Ya a los 14 pasean los 80 metros en 9:40 segundos y a los 16 andan el hectómetro con tiempos inferiores a los 10:70.

En cambio, la mayoría de esos grandes prospectos no han podido desarrollar una lógica progresión de sus rendimientos en categorías juveniles y mayores.

Pareciera entonces que en algún punto se empiezan a violar las premisas teórico-metodológicas establecidas para un exitoso entrenamiento en estas edades, lo cual aumenta los niveles de riesgo para alcanzar la óptima forma en el orden biológico, psicológico y didáctico. De otra manera no se explica el estancamiento de nuestros jóvenes correcaminos.

Talento y potencialidades nos sobran. Si de algo nos jactamos en esta Isla es de las tremendas capacidades de nuestros atletas. Solo resta echar, en el orden preciso, todos los ingredientes en la sartén. Quizá así, de una vez y por todas, incluyamos en el menú del deporte rey cubano un plato bien veloz.

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