Cuchilla a la hora del té

La pareja cubana de Jose Antonio Guerra-Jeinkler Aguirre concluyó quinta la plataforma sincronizada de los Juegos Olímpicos de Londres

Autor:

Abdul Nasser Thabet

Acúsenme ya de chovinista, loco, de lo que quieran, pero no pude apreciar otra cosa, aunque confieso, traté de no cegarme por la pasión. Mi histeria colapsó como una úlcera ablandada a puros mandarriazos, durante la discusión de medallas de la plataforma sincronizada de los XXX Juegos Olímpicos, acaecida este lunes en Londres, donde los jueces sacaron la cuchilla, cerraron los ojos y afeitaron como carniceros a unos, mientras le pasaban la mano a otros.

Y sí, trataré inicialmente el caso de los cubanos, a quienes los encargados de impartir ¿justicia? llevaron de la mano y corriendo, como si tomaran el te a la hora de evaluar cada salto. Ya se que debería abordar la noticia, hablar de los campeones, como dictan las reglas del ¿buen? periodismo, pero en definitiva la prioridad y lo importante es tan subjetivo como el mismo sistema de apreciación que impera en este bello deporte. Entonces, amén de la medalla de oro lograda por la pareja china Yuan Cao y Yanquan Zhang (486,78 puntos), soberbia, casi celestial en cada ejecución, hablaré de los cubanos José Antonio Guerra y Jeinkler Aguirre.

En definitiva, nuestros muchachos concluyeron quintos con 450, 90 unidades, pero después de un gran primer salto, evaluado equilibradamente (54,00 con casi todas las notas de 9 y una de 9,5 eliminada por discriminación pautada en la reglamentación), los árbitros comenzaron a apretar la mano y le pasaron factura en el segundo (51,60- tercera peor evaluación) y tercer brincos (81,60, la más baja calificación entre todos los comeptidores).

Por suerte el calambre cesó en lo adelante, lo que les ayudó a escalar desde la séptima hasta la quinta plaza, bien cerca del podio, pero fuera de este.

A los británicos, por estar en casa, claro está, le pasaban la mano una y otra vez, hasta que al fin fue muy evidente un error cometido en el quinto salto que ni un médico chino disfrazado de juez podía arreglar, los sepultó en la cuarta plaza.

Precisamente los de la Gran Muralla, salían como favoritos y así terminaron, con la corona bien ceñida, a pesar de sus 17 y 18 años. Y es que el clavados es deporte para algunos, pero para los chinos es algo genético, inefable, divino.

La plata fue para la dupla mexicana Iván García-Germán Sánchez (468,90) y el bronce para los estadounidenses David Boudia-Nicholas McCrory (463,47).

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