El mundo necesita un exorcismo

Las denuncias contra el desorden en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Explícita o implícita, la acusación al Imperio... «Huele a azufre», advierte Chávez

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Chávez invitó a leer el libro de Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia. Foto: AP La alusión, irónica, no obvió las afirmaciones contundentes con que otra vez Hugo Chávez conmovió este miércoles al plenario de la Asamblea General de la ONU que, al calor de sus vehementes palabras, pasó de las risas al aplauso sostenido y rotundo.

Nada de medias tintas. Su discurso fue otra vez un martillazo atronador que sacó las verdades diciéndolas por su nombre e, incluso, intentó hacer luz entre la ciudadanía estadounidense embotada por la perorata patriotera con que W. Bush ataca y depreda al planeta.

«El diablo está en casa», alertó el Presidente de Venezuela antes de abandonar el uso de una imagen que retomaría en la despedida, persignándose: «Huele a azufre… Que Dios nos bendiga a todos».

En Caracas, a esa hora, una multitud que conoce los dobleces imperiales denunciados por su Presidente aplaudía la intervención, escuchada en vivo en una de las principales plazas de la capital de Venezuela.

«Por todos lados ven extremistas, los imperialistas... No somos extremistas, es que el mundo está despertando, y por todos lados insurgimos los pueblos».

Enriqueciendo los hoy relativizados conceptos teóricos de la política con imágenes vivas y ejemplos concretos, Chávez era un látigo que demandaba el derecho de los pueblos, al reclamar la democratización del Consejo de Seguridad y condenando las guerras, al tiempo que fustigaba la manera falaz con que la administración de Estados Unidos manipula el vocablo «terrorismo»: desde su uso para justificar injustificables cruzadas, hasta la hipocresía expresa en la descarada protección con que mantiene en su regazo a Luis Posada Carriles, por cuya presencia sigue clamando la justicia venezolana.

«Yo acuso a Estados Unidos de proteger el terrorismo».

Voz del Tercer Mundo que emergía sin cortapisas, con la libertad de quien no está sometido a ataduras que la misma agresividad del Imperio cortó, Hugo Chávez replicó al emperador, quien se autoproyecta como «dueño del mundo», y denunció «la falsa democracia de las élites», que quieren imponer «a bombazos y a punta de cañones» bajo el disfraz de las llamadas guerras preventivas.

Aunque pletórica de emoción, la suya fue una intervención regida por la razón que dejó sin argumentos a los propios personeros norteamericanos, algunos de los cuales prefirieron no comentar cuando, en busca de un titular, acudieron a ellos los medios de prensa...

En el afán de proyectar el criterio de que el Jefe de Estado venezolano había propalado «insultos», la telemisora CNN solo encontró vocero en un entrevistado previsible: el presidente salvadoreño, Antonio Saca, uno de los oradores de la jornada inaugural y quien, a pesar de manifestar respeto a los discursos de sus colegas, exaltó el diálogo como vía para dirimir las desavenencias...

Claro que la opinión de cada quien está marcada por las experiencias personales y, como bien declaró el mandatario salvadoreño a la entrevistadora: «Vengo constantemente a hablar con Bush sobre distintos temas». Pero esa posibilidad no está dada a las naciones como Venezuela, agredidas por tomar el camino de su real independencia.

En todo caso, se sabe que la relación de Saca con el gobierno de Estados Unidos es casi carnal. Así que el Presidente salvadoreño defendió los TLC que los pueblos rechazan tildándolos como «una nueva forma de vivir el comercio y la globalización» y, autocrítico, hasta responsabilizó a los países pobres por los daños que esos acuerdos les infligen. «No los podemos ver (a los TLC) como un pretexto de nuestras incapacidades locales».

Una sola frase, sin embargo, lo retrataría de cuerpo entero como un aliado incondicional... «Hemos contribuido con nuestras tropas en Iraq para combatir el terrorismo», recordó.

MUCHA INSATISFACCIÓN

Pero, observar las insatisfacciones de muchos de los jefes de Estado que usaron hasta ayer de la palabra en la sede de Naciones Unidas, puede resultar tan impactante como el fogoso y transparente discurso del Presidente venezolano, o el tono persuasivo aunque igualmente radical de su colega Evo Morales, líder de la refundación de Bolivia, con su reivindicación de la soberanía de los pueblos sobre sus recursos naturales, e indoblegable en la renuencia a aceptar la falsa lucha antidrogas de EE.UU., en desmedro de la muy boliviana y legítima hoja de coca.

Unos, más directos; aquellos, menos confrontacionales, también otras intervenciones estuvieron plagadas de veladas o explícitas denuncias contra el desorden mundial. ¿Quién lo impone?

Demasiado aludidos los representantes de EE.UU. se retiraron del plenario cuando habló el Presidente de Irán. Foto: AP Centro de todas las miradas, a tenor con las amenazas reiteradas sin recato por el propio Bush ante la ONU, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, acusó a los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña por abusar de su posición en el Consejo de Seguridad, ratificó que su país solo pretende dar uso pacífico a la energía nuclear, y reiteró lo sabido: el mundo está plagado de hostilidades.

Desde el Afganistán invadido por la cruzada «antiterrorista» de Bush, incluso el presidente fruto de la invasión, Hamid Karzai, reivindicó la coexistencia entre las distintas confesiones, negada por el «dueño del mundo»; apoyó al agredido pueblo del Líbano, y defendió el derecho de los palestinos a tener un territorio y un país.

Con su tono mesurado, el panameño Martín Torrijos manifestó el deseo de que la ONU «funcione mejor», y se pronunció por una reforma del Consejo de Seguridad que valide su legitimidad y consiga eficiencia.

En un discurso que siguió los derroteros del brasileño Luiz Inacio Lula da Silva al externar la preocupación por la pobreza, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, pidió a los países ricos abrir sus mercados al Sur, y un sistema comercial y financiero más justo.

Pero, también anduvo sobre temas aún más ardientes la mandataria chilena cuando, sin usar membretes, advirtió que luchar contra el terrorismo «no debe convertirnos en sus cultores».

Crítica del régimen sangriento de Pinochet, y en homenaje al aniversario 30 del asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier en Washington —víctima de un atentado terrorista de la CIA y esa mafia de origen cubano protegida hoy por W. Bush—, las afirmaciones de Bachelet fueron otra vez recatadas aunque categóricas, cuando expresó que «nada justifica la violación de los derechos humanos». «Chile, dijo, rechaza la impunidad».

País dolido en ese mismo costado por las atrocidades de la dictadura militar argentina, también el presidente Néstor Kirchner llamó a preservar la memoria, a ejecutar la justicia, y se pronunció contra el terrorismo con una advertencia angular: el combate (al flagelo) debe estar «enmarcado en las leyes nacionales» y «sin violar la legalidad».

No faltaron las quejas por la voracidad e inoperancia de las instituciones financieras internacionales, cuyas erráticas e injustas políticas ha sufrido, como pocos, el pueblo argentino. De ahí, el respaldo manifestado por Kirchner a la reforma de la arquitectura financiera internacional.

Hasta el saliente secretario general de Naciones Unidas, al menos esta vez, en el último discurso de su mandato, no tuvo otra alternativa que reconocer que el planeta es peor hoy que hace diez años.

No engañó el olfato al Presidente de Venezuela cuando identificó olor a azufre en el podio por donde había pasado W. Bush. Si en el seno del Imperio no vive el diablo, lo cierto es que se parece mucho al infierno este mundo que, infructuosamente, quiere postrar a sus pies.

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