¿Nadie responderá por esta pifia?

Un país arrasado pero no controlado, cientos de miles de iraquíes muertos,  y 3 220 bajas norteamericanas, son el saldo de la invasión

Autor:

Luis Luque Álvarez

El presidente había mentido. ¡Qué espanto! La prensa y unos adversarios «métomentodo», hacían lo indecible para sacarle lascas a cierto rumor sobre sus flirteos con una becaria del gobierno. El fiscal pedía sangre, mientras los legisladores republicanos, mayoría en ambas cámaras del Congreso, exigían la destitución. «Impeachment, impeachment!», vociferaba la derecha más extremista.

Tras mucho estira y encoge, el acusado fue ante las cámaras de TV, pidió perdón a la nación por mentir, derramó alguna lágrima, se hincó de rodillas delante de su esposa, y el asunto terminó. Mister President pudo concluir su mandato.

Años más tarde, el nuevo inquilino del Despacho Oval, intoxicado por un «mentirovirus» aun más peligroso, y mientras leía «Mi amiga la cabra» a la misma hora en que todo el planeta miraba hacia Nueva York no precisamente por cuestiones de glamour, decidió que Saddam Hussein tenía que pagar los platos rotos.

El cowboy se sacó de la manga entonces unas «armas de destrucción masiva», las colocó en sitios figurados en Iraq, y a este lo puso en el medio de un eje, que tituló «del mal»: un trío de Estados villanos prestos a acabar con la civilización occidental completa, y hasta con los calamares del Mediterráneo si se cruzaban en su camino.

El 20 de marzo de 2003 dio la orden de ir a «desarmar» a Saddam, quien prometió dar «la madre de todas las batallas». Y no hubo grandes líos para que el President anunciara, el 1ro. de mayo, que todo había salido okay. «¡Misión cumplida!».

Hoy, cuatro años después, el mundo se acuerda más de los calamares que de las armas del «monstruo de Bagdad». Cientos de miles de iraquíes han muerto, miles de hogares han sido arrasados por los cohetes del Pentágono, 3 220 soldados norteamericanos han vuelto a casa quietos para siempre, y la verdadera «madre de todas las batallas» —la de la resistencia popular al invasor— es el pan diario en Iraq. Y también en Washington.

Entonces, más de un tipo inteligente podría preguntarse: ¿A cuántos iraquíes y estadounidenses mató la aventura romancesca del «pillín» anterior, al que querían llevar al patíbulo por un desliz? El actual ha mentido al mundo entero, ha ridiculizado a la ONU, ha ordenado develar incluso la identidad de una agente de inteligencia que no quería respaldar su estafa, y sigue mordisqueando cadáveres de niños iraquíes y de jóvenes norteamericanos, sin tener la mínima idea de cómo salir del pantano...

¡¿Y dónde está el impeachment contra él?! ¿Dónde están los representantes y los senadores celosos del «bien público»?

Conclusión: si duermes en la mejor habitación de la Casa Blanca, puedes lanzar bombas donde quieras y discursear tus disparates predilectos, pero por favor ¡no se te ocurra tirar una cana al aire! «América te pedirá cuentas. ¡Buuuuh!».

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