El traspatio... vigilado - Internacionales

El traspatio... vigilado

Además de la aspirada absorción económica, EE.UU. no renuncia a la dominación militar. Todos somos sospechosos

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Soldados y radares para tener a mano a los contestatarios, sean individuos, grupos o gobiernos que conforman una propuesta contrahegemónica; leyes que reeditan el ambiguo concepto del terror impuesto por Bush para satanizar a los insurgentes, a quienes disienten, o sencillamente, a los que procedan de un sector social excluido y, por eso, «sospechoso»; prácticas judiciales amañadas que permiten arrestar a los individuos sin seguirles el proceso debido, forman parte del entramado dominador vigente en América Latina. La maquinaria no solo es útil para reprimir; tal vez lo fundamental sea no tener que llegar ahí, y desalentar a quienes luchan.

Esta faceta de un esquema hegemónico diseñado por Estados Unidos y que tiene en el «libre comercio» su arista económica, centró los debates de los movimientos sociales y populares latinoamericanos este jueves, en el VII Encuentro Hemisférico de lucha contra los TLC y por la integración.

Acuciosa siempre, la investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ana Esther Ceceña, alertó sobre los ajustes con que el Pentágono perfecciona su presencia militar en un mundo amenazado con la guerra decretada por Bush «al terrorismo».

Sus grandes bases están siendo cerradas, pero para reemplazarlas por enclaves más pequeños y sofisticados que tributan a una intermedia, desde donde se pasa la información a Washington. Ello refuta la aseveración de que EE.UU. esté desarticulando su sistema de enclaves militares. Por el contrario, los extiende, en tanto aligera y simplifica su labor.

Así, el número de sus bases fuera del territorio estadounidense ha aumentado de 737 a 823. Sumadas todas, el área total abarcaría un espacio territorial que significaría un México y medio; sin contar a muchas que no aparecen en los mapas y entre las que se podrían encontrar del tipo Forward Operating Locations (FOL), pensadas para dar una respuesta rápida y para el monitoreo, usadas en combinación con la «lucha antinarcóticos» y preparadas para cualquier eventualidad «brincando como una rana». Se añaden al esquema las más novedosas bases Micro: «movibles, ágiles y activas»; de menor gasto; colocadas en forma de red o con una disposición que les permita funcionar de forma coordinada, y dar también una respuesta pronta, «ambivalente, variada», apunta Ceceña.

Hace unos años, su trabajo de sistematización desde el Observatorio Latinoamericano de Geopolítica de una información que es pública, asegura la investigadora, permitió apreciar cómo el Pentágono apuntalaba su presencia militar en los sitios de América Latina donde hay efervescencia social, petróleo, o riqueza en agua y biodiversidad.

Ana Esther Ceceña. Foto: Roberto Meriño Ahora Ana Esther Ceceña advierte sobre una redistribución de los marines yanquis en la región que, sin embargo, no es tan reciente, afirma en breve intercambio con JR, poco después de su interesante disertación.

«Creo que se inició, por lo menos, en el año 1998; cuando empiezan a pensar en esto que se ha denominado “revolución en los asuntos militares”: en EE.UU. se dan cuenta de que su ejército era “muy pesado”, se movía con dificultad. Y los retos que estaban enfrentando eran de mucha movilidad; demandaban ser ágiles. Ahí empiezan a reestructurar su sistema de bases. Mantienen los costos, pero cambian las estructuras». Eso, dice, les ha permitido extender su presencia, sin gastar un centavo más.

A esta vigilancia de nuestras tierras, se añade la realización de ejercicios militares que los marines manipulan para mejorar su imagen en la región y, de paso, hurgar también, palmo a palmo, el sur del hemisferio.

Como las bases, los ejercicios se diseminan y con ellos el Pentágono efectúa una suerte de «peine». «Un año hacen una parte, al año siguiente, otra; y van cubriendo poco a poco el territorio», explica.

Pero ¿qué hacen los marines que desembarcan en nuestros países para reparar escuelas o realizar otras acciones aparentemente «humanitarias», como dar atención médica a la población?

Una denuncia llegada al Observatorio desde una localidad indígena boliviana, invita a la reflexión... Bajo la escuela del tamaño de una habitación que habían edificado, los soldados yanquis cavaron una suerte de fosa a la que no dijeron qué uso le iban a dar. Sin embargo, pocos días después, los habitantes de la comunidad observaron que una lucecita roja intermitente se había agregado al paisaje agreste.

Su función aún no se ha podido comprobar. Pero Ceceña es concluyente: todo el sistema está pensado como una estrategia regional que, con poco esfuerzo y escasos recursos, pretende mantener el control sobre el continente.

Ello es doblemente peligroso cuando, como han apuntado líderes sociales y estudiosos en el evento, surgen gobiernos que representan una alternativa real, y no es necesario ser un insurgente o un luchador social para que el Imperio y los enquistados grupos de poder consideren a alguien «un peligro». Mujeres defensoras de sus derechos, estudiantes inconformes, migrantes, desempleados, afrodescendientes o hasta los pertenecientes a grupos sociales calificados como excluidos, están en la mirilla. «Todos somos sospechosos».

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