Sin causas aparentes

La ejecución del francotirador que acosó a Washington en 2002 revive el drama detrás de la guerra

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Corría octubre de 2002 cuando la ciudad de Washington DC comenzó a vivir en un constante pánico. Indistintamente en varios lugares de la urbe, hombres, mujeres, blancos, negros, caían víctimas de un disparo preciso y mortal que les causaba la muerte instantáneamente, mientras el asesino desaparecía misteriosa y silenciosamente desde un punto perdido en la distancia.

La ciudad se paralizó por causa del miedo. En ningún lugar los habitantes de la capital norteamericana y sus alrededores parecían estar seguros. Nadie parecía escapar del «francotirador de Washington», nombre que le asignó la policía para identificarlo.

Trece fueron sus víctimas, diez de ellas fatales. Una persona fue abatida en Washington, seis en el vecino Estado de Maryland y tres en Virginia.

Millones de teorías se tejieron alrededor de la identificación del asesino en serie.

El terror finalizó el 24 de octubre. John Allen Muhammad, un afroamericano, y su joven pupilo, Lee Boyd Malvo, fueron mansamente capturados cuando dormían en una estación de camiones en Maryland dentro del propio automóvil desde el cual disparaban contra sus víctimas.

Desde la parte trasera de su Chevy Caprice, el cual habían modificado de tal manera que desde un pequeño agujero en el maletero sacaban la punta de un rifle Bushmaster calibre 223 con mira telescópica, lanzaban el disparo mortal de manera casi invisible.

Formado como francotirador de élite en el Ejército estadounidense, John Allen Muhammad había participado en la primera Guerra del Golfo, de la que regresó sin condecoraciones, y poco después fue ascendido a sargento. Abandonó el ejército tras comparecer ante dos tribunales militares por desobediencia y por haber golpeado a un superior.

Un año más tarde de su arresto, Muhammad fue llevado a juicio y condenado a muerte por inyección letal. Malvo, por ser menor de edad en ese momento, no fue sentenciado a la pena capital, pero cumple múltiples cadenas perpetuas luego de que se le probara ser el autor directo de dos crímenes capitales.

Los abogados defensores solicitaron a la Corte Suprema de Estados Unidos suspender la ejecución, pero esta fue negada incluso por el gobernador del estado de Virginia, Timothy Kaine, quien también rechazó otorgarle clemencia. John Allen Muhammad, de 48 años, fue finalmente ejecutado en la noche del martes en la prisión estatal de Greensville, Virginia, y dejó de existir llevándose consigo la razón por la cual segó la vida de una decena de inocentes.

Puede que sus motivos fueran similares a los que llevaron al psiquiatra militar Nidal Hasan a asesinar, hace algunos días, a 13 personas en una base del ejército en Texas, y que también, según trascendió, pudiera ser condenado a la pena máxima.

En declaraciones a la BBC, la ex esposa de Muhammad destacó que su personalidad cambió radicalmente cuando volvió de la denominada Tormenta del Desierto. «A su regreso estaba confuso, perdido, inseguro de sí mismo o de sus habilidades para hacer algo. Estaba absolutamente silencioso», apuntaba entonces.

Sin razones para defender o justificar lo indefendible o lo que no tiene razón bajo ninguna índole, trato de imaginar sin éxito cuántos jóvenes norteamericanos han crecido viviendo beligerancias y asesinatos, víctimas de la política agresiva de su país y cuántos madurarán para ser asesinos, como el francotirador o el psiquiatra. Es parte del precio a pagar por estar siempre en guerra.

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