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Un Platero para Juan sin nada

Los miembros de la brigada cubana Moto Méndez hurgaron entre matorrales y desfiladeros de Bolivia para encontrar la presencia de personas con discapacidad, y cumplieron las promesas del Che

Autor:

José Antonio Fulgueiras

Bolivia.— Juan sin nada, condenado por la vida y la miseria a la invalidez y al silencio, se arrastra por el suelo polvoroso del Abra del Picacho.

Él malvive desamparado y triste a la sombra de su madre y de una choza de adobe que se yergue descolorida y solitaria en las márgenes del Río Grande, testigo fluvial del martirio traicionero al grupo guerrillero comandado por Joaquín (Comandante Vilo Acuña) el 31 de agosto de 1967, cuando sus aguas se tiñeron de sangre internacionalista.

El cauce semeja ahora a un toro disecado desde que la intensa sequía le evaporó las aguas y el bramido, y la arenilla del fondo se limita a informar hacia lo alto de la rivera que por allí en algún momento pasó el torrente, y solo San Ernesto de la Higuera pudiera llamar a la lluvia para que el río vuelva a bramar.

Benita Calzadilla, la madre de Juan, tejió este diálogo con los miembros de la brigada cubana Moto Méndez que hurgó entre matorrales y desfiladeros de Bolivia la presencia de personas con discapacidad.

—¿Cómo lo parió?

—Parí solita; en aquel año no había médico por aquí. Luego fui a Santa Cruz y me despacharon a Pucará. Un hombre me dijo que me había dado una embolia en el vientre. Eso me dijo.

—¿Juan caminó y habló cuando niño?

—No caminó nada; así era como un animalito. No se movía y más bien ha sido hasta hoy. Yo «comprarle» tónico, una cosita por lo «meno» para que engorde; flaco como un esqueleto humano, así era. Nunca habló.

—¿Lloraba?

—Yo iba por agua lejos y lo dejaba solito durmiendo. Me iba al agua y cuando volvía lo encontraba llorando, moradito moradito.

—¿Y esa quemadura en la cara?

—Estaba haciendo un maicito en la cocina. Gateando vino, yo lo alcé y no sé cómo rebulló la caldera con la comida y se le cayó en la carita. Estaba chiquito; tendría un añito.

El doctor Juan Miguel Barrero, de Holguín, y su colega boliviano Elvin Sulcata se inclinan sobre el paciente tendido y comienzan a examinarlo palmo a palmo por los pies deformes hacia arriba.

«Se trata de un hombre de 43 años con un retraso mental moderado, secundario a una discapacidad a consecuencia de una hipoxia perinatal. El parto fue demorado con sufrimiento fetal por lo que ha quedado con discapacidad físico motora», diagnostican los galenos y una muchacha del grupo lo asienta en una planilla.

Benita está sujeta a un horcón renegrido del portal. Ella tendió una manta sobre un banco carcomido en una muestra sana de hospitalidad. El día 26 de septiembre de 1967 el Comandante Ernesto Guevara escribió en su diario: «Derrota. Llegamos al alba al Picacho donde todo el mundo estaba de fiesta y es el punto más alto que alcanzamos. 2.280 mts.; los campesinos nos trataron muy bien y seguimos sin demasiados temores, a pesar de que Ovando había asegurado mi captura de un momento a otro».

Entonces le pregunto a Benita si conoció de la presencia del Che.

«Estaba yo aquí cuando él ha pasado. Yo tenía unos 35 años; ya tengo 76 y Juan era no más un “guagüita” así…

«El Che llegó montado en una mula y el Coco (Roberto Peredo) también en otra mula. A la siete de la mañana han llegado arribita a la casa de la tranca voladora, arribita no más al mojinete de la casa, ahicito llegó.

«Largaron sus mochilas y él pidió que le toquen una música y la han tocado y han hecho bailar a mi cuñada Linda Galiano que ya es muerta.

«El señor Justo Flores le compró asado de chancho y comieron. Lo han sacado en empanizado, así en parrilla y han repartido así en pedacitos. “Dispué” ellos estuvieron un rato y se fueron.

«Sí lo vi pues, y he charlado con él. No se notaba bien su cara porque él era así patillú», y se lleva las manos al rostro y forma con sus dedos una barba cerrada.

«Estábamos en la fiesta del 26 de septiembre. Él dijo que estaba luchando por los campesinos y que un día iba a haber médicos aquí. Ni yo ni mi hermano le creímos, por eso cada vez que ustedes vienen a mi casita me acuerdo de lo que nos prometió el Che.

«Nos hemos mirado un rato y él dijo: “A ver, que suene la orquesta”, y han “apegado” y la han hecho sonar y bailaron. Los de la orquesta ya son muertos. Uno se llamaba Crispín Cortés, el otro Donaciano Muñoz y el guitarrero no me acuerdo cómo se llamaba.

«El Che también charló con mi hermano. Dijo que quería llegar a Vallegrande que era su último fin, dijo eso y no me acuerdo qué más dijo».

En el patio, a Juan Calzadilla lo están adiestrando a caminar con una andadera que le obsequió la brigada médica cubana. Práctico a aferrarse a cualquier palo, piedra o pared, ve los cielos abiertos con este burrito de metal blanco, evocador del Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, y que en lo adelante eliminará su andar a rastras como miserable reptil.

Luego, apegado a Benita, nos dice adiós sujeto a su nuevo órgano de locomoción. Él aún no se transmuta en el Juan con todo de Nicolás Guillén, pero al menos ya cuenta con algo para encarar una vida humana y vertical.

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